Lo federal languideciente: tesis sobre el colonialismo interno argentino

La tradición federal argentina, pese a su languidecimiento tras la derrota y la defección de los últimos caudillos federales del siglo XIX, encontró una reactualización creativa en distintos autores del siglo XX. En el presente trabajo nos proponemos reseñar y analizar los aportes de tan solo dos de ellos. Partiremos entonces desde figuras tan disímiles como la de John William Cooke y la de Ezequiel Martinez Estrada, para recuperar su elaboración complementaria de una crítica histórica y geopolítica a la organización asimétrica del territorio, la economía y la estructura jurídico-política argentina. Avanzaremos para ello valiéndonos de conceptos como el de heterarquía y el de colonialismo interno¸ realizando una interpretación en clave decolonial del federalismo en tanto praxis crítica y descolonizadora. Presentado en el 1er Encuentro Filosófico en torno a la Filosofía de la Liberación, San Salvador de Jujuy, Mayo de 2017.

Calibrando el probrema: federalismo, heterarquía y colonialismo interno

Lo nacional, lo popular, y por supuesto la conjunción “nacional-popular”, ha ido confundiéndose con el correr de las décadas (desde los años 40 del siglo pasado) hasta formar en nuestro país una sugerente sinonimia con la tradición justicialista, es decir, con el peronismo en tanto identidad, doctrina y tradición política. Sin embargo, múltiples han sido las tradiciones nacionales y populares en la historia argentina[1], pese a haber corrido suertes dispares. Sin dudas, aquella que ejerció una mayor influencia durante el siglo XIX fue la corriente federal, cuya principal figura fuera el líder oriental José Gervasio Artigas[2]. El federalismo[3] ha sido comparable, por su productividad política e institucional, la magnitud de su arraigo y su capacidad de movilización y convocatoria, con la honda huella dejada por el peronismo histórico en el siglo XX, cuyos vasos comunicantes, aquellos “ríos profundos” de los que hablara el escritor y antropólogo peruano José María Arguedas, se proyectan hasta la actualidad. En el presente trabajo nos enfocaremos en analizar su reactualización, durante el siglo XX, de la mano de dos figuras disímiles en múltiples sentidos pero complementarias en el tema que nos atañe: nos referimos al ensayista Ezequiel Martinez Estrada y al teórico y militante peronista John William Cooke, quiénes, pese a sus divergentes trayectorias intelectuales, aportaron, desde nuestra perspectiva, al análisis de las determinantes históricas y geopolíticas del colonialismo interno argentino, que es como conceptualizamos a las asimetrías regionales (económicas, políticas, raciales y culturales) a las que el federalismo opuso su praxis durante el siglo XIX y el XX.

hablamos del federalismo como de una tradición nacional y popular: como una tentativa (derrotada) de organización social nacional de un determinado contingente humano, proyectada y concebida desde los segmentos dominados de las diferentes relaciones sociales de poder características de la modernidad colonial: los indios, los negros, los mestizos, los trabajadores, las mujeres y los provincianos

Cabe señalar que no entendemos aquí a lo estatal como sinónimo, y ni siquiera como producto, como resultante obvia, de lo nacional, contrariamente a la concepción convencional que profesan las corrientes liberales: no hay aquí un pasaje típicamente aristotélico de la potencia al acto. Lo nacional[4] es aquí entendido como un fermento, una posibilidad contingente, pura apertura histórica, susceptible de ser operada políticamente (y no una suerte de destino manifiesto a la usanza romántica). Lo nacional expresa, en nuestras latitudes, una amalgama de sectores sociales, una superposición, un palimpsesto de edades históricas, un campo de fuerzas contrarias posible de ser trocado en organización política (sea estatal, comunal o de cualquier tipo) en función de cual sea la resolución de esa pugna de posibilidades antagónicas. En este sentido, más bien pensamos que lo estatal ha fungido, al menos en los territorios de América Latina incorporados a la modernidad colonial de Occidente desde las postrimerías del siglo XV, como un vector de poder vertical comandado por oligarquías vernáculas (auténticas etno-clases en el sentido dado por Anibal Quijano[5]) asociadas mediante el fenómeno de la dependencia histórico-estructural[6] a las élites centrales, primero europeas, y más tarde norteamericanas. Fueron éstas las que depuraron compulsivamente lo nacional-popular, unciéndolo al carro de un modelo estatal modernizante, monocultural, colonial y excluyente, segregando ese campo de posibilidades inciertas, sectores sociales diversos, y memorias solapadas que anidaban en una nacionalidad difusa pero en ciernes.

En ese sentido, entonces, hablamos del federalismo como de una tradición nacional y popular: como una tentativa (derrotada) de organización social nacional de un determinado contingente humano, proyectada y concebida desde los segmentos dominados de las diferentes relaciones sociales de poder características de la modernidad colonial: los indios, los negros, los mestizos, los trabajadores, las mujeres y los provincianos[7] (así como el liberalismo triunfante expresó, especularmente, la victoria de la tentativa de los segmentos dominadores de estas mismas relaciones: los blancos, los criollos, la oligarquía, los varones, la ciudad de Buenos Aires). Es necesario ahora, antes de continuar, reseñar un concepto vertebrador para nuestra perspectiva: la heterarquía, tal y como la entiende el sociólogo decolonial puertorriqueño Ramón Grosfoguel:

Me refiero a que simultáneamente a la construcción de una división internacional del trabajo de centros y periferias donde el capital domina y explota a través de diversas formas coercitivas de trabajo (esclavitud, servidumbre, salario, etc.) en los pueblos de la periferia se construyeron otras jerarquías globales tales como etno-raciales (donde los occidentales son considerados como superiores a los no-occidentales), de género (donde los hombres dominan sobre las mujeres), sexuales (donde los heterosexuales con la familia monogámica nuclear cristiana domina sobre otras formas de sexualidad y de organización familiar no-occidentales), epistémicas (donde a través del sistema universitario global los saberes occidentales dominan sobre los no-occidentales), espiritual (donde los cristianos -católicos y protestantes- a través de la iglesia cristiana global dominan sobre las espiritualidades no-cristianas y no-occidentales), estéticas (donde las formas de arte y belleza europeas se privilegian sobre las no-europeas), pedagógicas (donde las formas de pedagogía occidental dominan sobre las pedagogías no-occidentales), lingüísticas (donde las lenguas europeas se privilegian sobre las no-europeas), etc.(GROSFOGUEL; 2007)

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Caricatura española en torno a los debates entre posiciones constitucionalistas unitarias y federales.

 

La intelección de esta matriz heterárquica de poder, de esta malla de relaciones verticales entretejidas en torno al fenómeno histórico de la modernidad colonial europea y su expansión global, busca alejarse de los enfoques reduccionistas que creen poder explicar la complejidad de la realidad social mediante algún eje reductor: de clase, nacional, etno-racial, o cual fuere. Al respecto, afirma el citado autor:

Lo que ha pasado con la izquierda del siglo XX es que siempre privilegió una de las jerarquías de poder (ej. el asunto de clase) asumiendo que resolviéndola por sí misma y automáticamente resolvía todas las demás. De ahí que en la lucha del movimiento socialista del siglo XX se construyeran jerarquías patriarcales, racistas y elitistas que terminaron produciendo un capitalismo de estado en lugar de una nueva sociedad. La radicalidad consiste en no dejar que ningún elemento de las ideologías y jerarquías de poder del sistema-mundo quede sin ser atacado. (…) Los medios construyen los fines. (GROSFOGUEL; 2007)

El federalismo, entonces, reinterpretado desde la perspectiva decolonial, a la luz de la heterarquíay el colonialismo interno, aparece como una corriente teórico-política tendiente a confrontar y subvertir, principal más no exclusivamente, la relación jerárquica establecida entre las regiones centrales de una organización estatal y sus segmentos periféricos

Ahora debemos tomar nota de otro aporte sustantivo para nuestra perspectiva. Nos referimos al concepto de colonialismo interno. Esta categoría, ya de largo recorrido en las ciencias sociales latinoamericanas, se gestó paralelamente en las labores de dos autores mexicanos: Rodolfo Stavenhagen y Pablo González Casanova, siendo retomada y actualizada en los últimos años por el argentino Walter Mignolo, el peruano Aníbal Quijano y la boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, entre otros. Tomamos de González Casanova esta apretada síntesis, que diferencia la noción tradicional de colonialismo, asociada a la dependencia externa de un estado-nación u otra entidad política equivalente frente a otra, del colonialismo en tanto fenómeno interno, intra-nacional:

Rechazo que el colonialismo interno sólo deba contemplarse a escala internacional (…) Este también se da en el interior de una misma nación, en la medida en que hay en ella una heterogeneidad étnica, en que se ligan determinadas etnias con los grupos y clases dominantes, y otras con los dominados. (…) También (…) lo relaciono con las diferencias regionales en la explotación de los trabajadores y con las transferencias de excedente de las regiones dominadas a las dominantes. (GONZALEZ CASANOVA; 2006: 415)

El colonialismo interno, por lo tanto, no solo expresa una relación asimétrica de carácter político entre un centro estatal (coincidente, en la mayoría de los países latinoamericanos, con las grandes ciudades-puertos y sus zonas asociadas) y una o varias regiones periféricas, sino también una relación de desigualdad económica (tasas diferenciales de explotación por región y transferencia de excedentes), etno-racial (en tanto el Estado central, racialmente estructurado, es comandado por élites blanco-criollas), y, añadiríamos nosotros, cultural, ya que las expresiones culturales regionales son subordinadas mediante mecanismos diversos a una cultura nacional que se elabora y significa como sinónimo de la cultura central, mediada de por sí por la pronunciada influencia aculturadora que allí ejercen los centros metropolitanos, dando lugar a un cosmopolitismo netamente colonial.

El federalismo, entonces, reinterpretado desde la perspectiva decolonial, a la luz de la heterarquíay el colonialismo interno, aparece como una corriente teórico-política tendiente a confrontar y subvertir, principal más no exclusivamente, la relación jerárquica establecida entre las regiones centrales de una organización estatal y sus segmentos periféricos: relación que se expresa en la mencionada transferencia de excedentes, mediante la constricción, eliminación o re-adecuación de las economías regionales, y en la negación colonial de las expresiones culturales y políticas regionales. Vigente en nuestro país como tentativa histórica pese a sus derrotas sucesivas, en tanto la asimetría intra-nacional centro-periferia, traducida en argentina como Buenos Aires-interior se expresa hoy por hoy como parte de la cadena de mediaciones típica de un país en el que el colonialismo ha dado paso a una condición de colonialidad. El federalismo, entonces, expresa en el campo de las relaciones coloniales internas, algo equivalente a lo que el feminismo en el campo de las desigualdades sexo-genéricas, el indigenismo radical, el indianismo o las teorías de la negritud en el campo de las relaciones etno-raciales, o el anticapitalismo en el plano de las desigualdades económicas estructuradas en función de clases sociales y fracciones de clase.

el potencial explicativo del lugar, de la constitución geográfica, geohistórica y geopolítica de un territorio, frente a la epistemología moderno-colonial que privilegia un lugar de enunciación abstracto, deslocalizado, desterritorializado

John William Cooke y Ezequiel Martínez Estradahistoria y geopolítica del colonialismo interno

Así como no es cierto que la poesía gauchesca haya fenecido en el siglo XX, tampoco es prudente afirmar que el federalismo rioplatense haya desaparecido hacia fines del siglo XIX, aunque es innegable que el exilio de José Artigas, su indiscutido referente, tras la derrota inapelable de Tacuarembó el 22 de Enero de 1820, signará su declive. Y es hacia la mitad del siglo que se eclipsará como perspectiva teórico-política con la derrota militar y la defección de los últimos caudillos federales. Durante el siglo XX, distintos autores, desde variadas tradiciones políticas y diferentes afluentes intelectuales, han rescatado, revisado y reactualizado buena parte del ideario federal. Tomaremos aquí a algunos de ellos, no como un muestrario exhaustivo ni cabalmente representativo, sino tan solo como un ejemplo del amplio espectro de sus resonancias. Priorizaremos, para el caso de John William Cooke, el análisis de un autor prospectivo preocupado no solo por la reflexión académica y la producción intelectual, sino también por la intervención político-práctica: en este caso, emplazado en un lugar de privilegio en el campo de enunciación del peronismo[8]. Distinto será el caso de Ezequiel Martinez Estrada[9], ensayista de vinculaciones más laterales con el campo político, que desde un liberalismo inicial fuertemente refractario al peronismo y a las tradiciones nacionales y populares, virará progresivamente, Revolución Cubana mediante, a una reflexión antiimperialista en clave latinoamericana, en donde creemos que el latinoamericanismo se vuelve una operación de fuga respecto de las propias tradiciones nacionales (centralmente el peronismo que el autor es incapaz de comprender y/o asimilar) en favor de la reivindicación del nacionalismo cubano de la figura señera de José Marti[10].

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Alicia Eguren y John William Cooke, dirigentes del peronismo revolucionario

Empezaremos con John William Cooke, cuya temprana adscripción al peronismo (tras un breve tránsito juvenil por el radicalismo en las filas de la Unión Universitaria Intransigente), lo colocará como un protagonista de primera línea en los avatares de su época, ya que

en el lapso de veintitrés años cumplió todos los papeles posibles que puede desempeñar un político (…) diputado nacional, profesor universitario, periodista, prisionero, prófugo, exiliado, clandestino, conductor máximo del Movimiento -por expresa voluntad de Perón-, activista revolucionario, guerrillero combatiente y teórico fundamental. (BASCHETTI, 2010: 23)

Es esta participación protagónica en el peronismo lo que explica su afinidad con el revisionismo nacionalista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con exponentes destacados como Manual Gálvez, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, José María Rosa y Arturo Jauretche. Pese a no ser, por tanto, el autor nacional más prolífico en estos desarrollos, si ensaya Cooke una apretada síntesis teórica federal que vincula activamente con su praxis política como intelectual y como militante. Nos valdremos, para su análisis, de dos textos fundamentales: “Perspectivas de una economía nacional”, de 1947, y “La lucha por la liberación nacional”, de 1959[11]. Ambos claves para inteligir una primera dimensión del federalismo en tanto programa crítico frente al fenómeno de lo que denominamos como colonialismo interno.

En su texto de 1947, parte de un señalamiento central, continuamente reiterado en la actualidad por las teorías decoloniales[12]: el potencial explicativo del lugar, de la constitución geográfica, geohistórica y geopolítica de un territorio, frente a la epistemología moderno-colonial que privilegia un lugar de enunciación abstracto, deslocalizado, desterritorializado, constituyendo lo que el filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez llama la hybris del punto cero, por la cual se persigue, afanosamente, un

punto de vista irrebatible de la absoluta objetividad sin compromiso de ninguna posición subjetiva, en el que los filósofos racionalistas ilustrados pretenden elevarse sobre cualquier situación social particular. El pensamiento derivado de Dios de la escolástica es reemplazado por la razón de los pensadores ilustrados. La Hybris como el pecado entre los griegos clásicos de querer asemejarse a los dioses, el Punto Cero de pretender observar el mundo desde un locus neutral, objetivo y absoluto. (PARDO ROJAS, 2006)

Dentro de esta neutralidad y esta objetividad pretendidas, la negación del lugar como sustrato político y epistemológico es una operación decisiva, que permite y justifica la libre circulación de ideas, teorías, paradigmas y cosmovisiones, así como el liberalismo económico habilita la profusa circulación de capitales y mercancías ultramarinas. Veamos lo que sostiene al respecto, también desde la perspectiva decolonial, el antropólogo colombiano Arturo Escobar: “la ausencia de lugar -una condición generalizada de desarraigo, como algunos la denominan-, se ha convertido en el factor esencial de la condición moderna (…) en la que el lugar ha sido ignorado por la mayoría de los pensadores” (ESCOBAR, 2009: 147). Para revertir esto es necesario “enfocar de nuevo la constante importancia del lugar y de la creación del lugar, para la cultura, para la naturaleza y la economía” (ESCOBAR, 2009: 148-149). No otra cosa hace Cooke (y también Martinez Estrada, como veremos), con algunas entonaciones propias del telurismo tan caro a la tradición ensayística nacional, al analizar la conformación geo-morfológica del territorio argentino, la decisiva presencia explicativa de los grandes ríos navegables del cono sur latinoamericano para su desenvolvimiento histórico, así como las corrientes de tráfico mercantil y de colonización, para desde allí pasar a analizar, sin epifenómenos, sin determinismos, a la constitución jurídico-política y al dependiente ordenamiento económico nacional, en relación a los centros de poder europeos y norteamericanos y al irresuelto problema federal argentino. En sus palabras, “si bien es cierto que la historia no puede explicarse por la geografía, no es menos cierto que tampoco puede explicarse sin ella”. O, “es evidente que el espacio «traza las líneas de evolución de un pueblo en muchos aspectos esenciales»” (COOKE, 1947: 28-30). Paralelamente, por estos mismos años el filósofo argentino Rodolfo Kusch, ubicado en una condición marginal en el campo intelectual argentin[13]o, desarrolla también toda una teoría de la centralidad del lugar para explicar no ya la economía y la política nacionales, sino las culturas populares, los procesos de mestizaje, sus formas de religiosidad y sus mecanismos intelectivos, a través de nociones como las de geoculturasuelohorizonte simbólico y gravitación[14].

La tesis central, entonces, asevera que la Ciudad de Buenos Aires (el razonamiento es parcialmente equivalente para el caso de otras emblemáticas ciudades-puerto americanas como Valparaíso, Lima o Guayaquil) es activamente constituida como eslabón intermediario de los circuitos de colonización moderno-occidental

Ezequiel Martínez Estrada, un excepcional ensayista de nuestro siglo XX, centra su análisis en uno de los polos de la relación colonial interior, asediando la figura, enigmática para él, de la Ciudad de Buenos Aires. Encontraremos lo esencial de su planteo, plenamente coincidente con el de Cooke, en apenas algunas cuantas páginas de su libro “La cabeza de Goliat”:

la posición, en muchísimos sentidos estratégica y óptima, de Buenos Aires, la distancia de los grandes centros de consumo, la configuración geológico-geográfica del país y la feracidad de su tierra, son las causas principales de su hipertrofia con respecto al desarrollo de lo restante; o, si se quiere, de su desarrollo normal en el concierto de los intereses mundiales. (MARTINEZ ESTRADA, 2001: 29)

Situados aquí, entonces, podemos avanzar en los desarrollos de Cooke y Martínez Estrada en relación a la asimetría Buenos Aires-provincias, puerto-interior. Dice Cooke:

la capitalización de Buenos Aires no fue una simple rivalidad entre porteños y provincianos, entre la civilización y la barbarie, según el concepto clásico. La lucha, que llegó a ser cruenta, tenía por protagonistas al país y a las fuerzas imperialistas que necesitaban de Buenos Aires, para el dominio de la Nación. La Capital no fue para la Nación, como se decía. Buenos Aires, Capital-Puerto, pasaba entonces a ser del imperialismo extranjero, que se sirvió de ella como de una concesión extraterritorial. (COOKE,1947:29)

Y agrega:

Este poder absorbente de la Ciudad-Puerto conspira contra el porvenir de la Nación. La República Argentina termina en Rivadavia al once mil y tantos(…) Toda la economía, toda la legislación, toda la finanza, toda la “soberanía de tráfico”, se manejaban y se elaboraban desde la Capital Federal y a la distancia, por las grandes empresas imperialistas radicadas en ella. (COOKE,1947: 30)

La tesis central, entonces, asevera que la Ciudad de Buenos Aires (el razonamiento es parcialmente equivalente para el caso de otras emblemáticas ciudades-puerto americanas como Valparaíso, Lima o Guayaquil) es activamente constituida como eslabón intermediario de los circuitos de colonización moderno-occidental. Sería de interés, pero escapa a los objetivos y a las dimensiones del presente texto, establecer un contrapunto entre el colonialismo interno y el concepto de sub-imperialismo del dependentista Ruy Mauro Marini, entendidos ambos como mediaciones en las cadenas de colonización, para confrontar desde allí los esquemas reductores del tipo patria/antipatria o nación/colonia, que simplifican y empobrecen las complejas tramas de la subalternidad. Podrá entenderse entonces, que la constitución imaginaria de “desiertos” jurídicos o territorios productivamente nulos por parte del capital monopolista que operó para el caso del Chaco y de la Pampa-Patagonia, tiene como correlato imprescindible, como operación especular, la erección de islotes de modernidad en los países no europeos, en tanto “avanzadas civilizatorias”. Estos procesos resultan, a la vez, reales e imaginarios, descriptivos y prescriptivos. Las ciudades portuarias, tendidas a la vera de los grandes ríos navegables americanos, o enclavadas en espacios marítimos privilegiados, serán por tanto las usinas “naturales” de la expansión moderno/colonial, al menos desde el pasaje histórico del estatus de coloniales formales hasta la independencia tentativa e inconclusa que dejó como saldo el ciclo revolucionario en América (desde sus primeros jalones, que desde nuestra perspectiva reconocemos en la Revolución Haitiana y en la insurrección continental, “pan-india”, de Tupac Amaru II). Tendremos, desde entonces, una recolonización presente bajo otros ropajes. También Martinez Estrada relaciona este primer factor, principalmente geomorfológico, con el factor histórico de la colonización, construyendo una matriz de interpretación multidimensional en donde los diversos niveles se ordenan como en las capas de un palimpsesto, en el que cada estrato geológico está vinculado lógica e históricamente al precedente, pero sin determinarlo en su totalidad. En palabras del autor:

Si cualquiera de las ciudades existentes, u otra artificialmente fundada ad hoc para el tráfico mercantil, reemplazara a Buenos Aires ¿no habría corrido la misma suerte de devenir un órgano hipertrofiado con respecto al desarrollo lento (…) del resto del país? Acaso. Porque la hipertrofia de Buenos Aires, en que todos convenimos, hubiera sido idéntica dondequiera que se fundara una metrópoli de intercambio, ya que no es resultado de la función vital argentina sino de la posición geográfica -planetaria- del país. Buenos Aires no es entonces la hipertrofia de la Nación cuanto una semi-continental estación o muelle de trasbordo en la frontera misma del país que produce y del resto del mundo que consume. Como órgano del mercado internacional de frutos y mercancías tiene su justo tamaño. Por lo tanto, su gran poderío no deriva de lo que tiene de consignatario del interior cuanto de lo que tiene de agente crematístico del exterior”. (MARTINEZ ESTRADA, 2001:29)

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Jorge Ricardo Masetti y Ezequiel Martínez Estrada en Cuba

En otras palabras, es preciso no olvidar que Buenos Aires “fue fundada, refundada y mantenida «en forma» para servir a lo exterior con todo lo nuestro y no al revés” (MARTINEZ ESTRADA, 2001:29). Entonces, se afirma que Buenos Aires, en una operación de reemplazo, pese a su papel protagónico en las guerras de independencia contra la corona española, desplazó el lugar de los centros metropolitanos para fungir como agente de colonización interior: “qué hubiera sido de la República sin una metrópoli que supliera eficazmente a la colonial Metrópoli para proseguir, como es cierto, la misma función de drenar los productos de la tierra y los dividendos del capital” (MARTINEZ ESTRADA,2001: 26-27). Este proceso, desde ya, evidencia una autonomía solo relativa de las etno-clases criollas de la ciudad de Buenos Aires respecto de los nuevos centros de poder imperiales desterrados de la península Ibérica frente a las emergentes potencias industriales de la Europa septentrional. Por eso la intuición del ensayista ve en el “gigante miope”, en la macrocefálica ciudad de Buenos Aires, el drama de una nacionalidad inconclusa y de una estatalidad artificiosa que replica interiormente, a escala, las antiguas relaciones de colonización. Desde esta óptica la ciudad-puerto se fetichiza, y por eso la intelección de su historicidad y su contingencia aparecerá cubierta por un velo fantasmagórico que naturaliza las dinámicas centrípetas y asimétricas de la organización territorial: por eso es que “Buenos Aires es el primer impedimento para intuir nuestra historia, y nuestra historia es el supremo impedimento para intuir nuestra realidad” (MARTINEZ ESTRADA, 2001:33).

En vez de preguntarnos, como hasta ahora, por qué ha crecido fenomenalmente su cabeza de virreina, debemos preguntarnos por qué el cuerpo ha quedado exánime. Antes el problema no nos inquietaba y más bien era motivo de recóndito orgullo: porque tener una cabeza fenomenalmente grande suele ser indicio de excelencia mental, para el que calcula por metros (…). Y en ese orgullo de cefalópodos y rátidas estaba precisamente el drama de la pequeñez. Empezamos a darnos cuenta de que no era la cabeza demasiado grande, sino el cuerpo entero mal nutrido y peor desarrollado. La cabeza se chupaba la sangre del cuerpo. (MARTINEZ ESTRADA, 2001:33)

Retomando la argumentación de Cooke, principal pero no exclusivamente en su texto de 1959, aún podemos mencionar un nuevo nivel del colonialismo interno argentino, relacionado a los marcos epistemológicos coloniales asumidos por las élites nativas. “Las clases dirigentes, comprendidas la intelligentzia[itálicas en el original]a su servicio, de espaldas al país, solo aceptaban los conceptos formulados por el europeo” (COOKE, 1947:32). Desde allí cuestiona la adopción dislocada, “fuera de lugar”, al decir de Roberto Schwartz (2014), del liberalismo y el romanticismo europeos por parte de la Generación del 80.

No es solamente el poderío material el que ha permitido la hegemonía foránea, sino también una superioridad conceptual, que ha permitido que, juntamente con la colocación de sus productos, los imperialismos ubicasen y cimentasen las ideas que más favorecen el sistema hasta entonces imperante. (COOKE,1959: 126)

Retomando nuestros argumentos, la organización territorial asimétrica (una de las dimensiones del colonialismo interno que aquí conceptualizamos), se liga, según la secuencia elaborada por Cooke y Martinez Estrada, a:

1) Las características geo-morfológicas de nuestro territorio. Sobre todo la presencia de grandes ríos navegables que irrigan vastas llanuras y penetran bien hondo en el territorio continental.

2) Las corrientes y las dinámicas históricas de colonización, primero mediante el eje vertical potosino de la colonización española y de la ruta de la plata (aunque podríamos señalar otras corrientes de menor cuantía, como la expansión lusitana sobre los territorios de las actuales provincias de Misiones y Corrientes, o la llamada “araucanización” de la Patagonia en los territorios australes), y luego mediante el eje horizontal atlántico, punto de fuga hacia Europa.

3) El desarrollo de la Ciudad de Buenos Aires como enclave, como eslabón intermediario de los circuitos occidentales de colonización y recolonización.Por eso es que Martínez Estrada formulará su célebre sentencia: “porque no supimos construir una gran nación construimos una gran ciudad” (MARTINEZ ESTRADA, 2001:132)

4) La constitución colonial de élites dominantes blanco-criollas, auténticas etno-clases, ligadas mediante el fenómeno de dependencia histórico-estructural a los centros de poder imperiales, mediante la asunción de un paradigma epistemológico fundamentalmente eurocéntrico.

5) La desintegración de los circuitos económicos internos y del tráfico endógeno, a través de una red ferroviaria estimulada por capitales británicos que converge en la aduana y relega las viejas rutas comerciales empobreciendo a las provincias interiores y destruyendo sus incipientes industrias artesanales.

El federalismo, creemos, pese a su largo languidecer desde el siglo XIX (exceptuado por los mojones de importantes actualizaciones como las reseñadas), mantiene una actualidad incesante para la comprensión de nuestra realidad nacional, debido a la persistencia e irresolución de sus dramas históricos y de sus inquisiciones primeras.

Para concluir este apartado, insistimos en que no estamos destacando ni la novedad ni la originalidad de estos planteos, sino su síntesis y su articulación con una perspectiva de intervención teórico-práxica: parecidos argumentos podrán hallarse en otros autores nacionales, tales como Fermín Chávez, Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, Bernardo Canal Feijóo, Francisco René Santucho o el ya mencionado Rodolfo Kusch.

Comentarios finales: vigencia del federalismo

Para terminar, queríamos señalar que los aportes de John William Cooke y Ezequiel Martinez Estrada para exhumar y vivificar el otrora pujante federalismo argentino, se inscriben en una dimensión de análisis (que denominamos la historia y la geopolítica del colonialismo interno) que en si misma resulta insuficiente, y que puede y ha de ser complementada con otra perspectiva desarrollada por otros autores de nuestro siglo XX: nos referimos a aquella que enfatiza y alumbra la dimensión cultural y etno-racial de este colonialismo interno. Para trabajos posteriores, creemos fructífero desarrollar y analizar lo reflexionado en este campo por tres autores nacionales: el ensayista Rodolfo Kusch, teórico de la cuestión indígena y de la constitución mestiza de las clases populares argentinas[15], el santiagueño Bernardo Canal Feijóo, pensador de la condición mediterránea de las provincias interiores, y el crítico e intelectual, también santiagueño, Francisco René Santucho, cuya producción se inscribe en una intersección fecunda entre indigenismo (o más bien “indoamericanismo”), federalismo y marxismo. Por último, consideramos que el federalismo, en tanto corriente crítica del fenómeno del colonialismo interno argentino, puede contribuir a dar respuesta y solución a fenómenos tan variados como las corrientes forzosas de migración interna y el consecuente engrosamiento de las villas miseria y otros tipos de urbanizaciones precarias en los cordones de las principales ciudades; la crisis y el desmantelamiento de las antiguas y diversificadas economías regionales y su supresión en aras de industrias extractivas y de enclave tales como la megaminería contaminante o los hidrocarburos no convencionales; o la negación lisa y llana de las variadas expresiones culturales regionales, con la consecuente imposición de una identidad nacional excluyente, centralmente porteña, urbana, blanca y occidental. El federalismo, creemos, pese a su largo languidecer desde el siglo XIX (exceptuado por los mojones de importantes actualizaciones como las reseñadas), mantiene una actualidad incesante para la comprensión de nuestra realidad nacional, debido a la persistencia e irresolución de sus dramas históricos y de sus inquisiciones primeras.

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Notas

[1]No solo el federalismo, sino también el “cristianismo popular”, podría ser caracterizado como una corriente nacional y popular en sentido amplio.

[2]Para un estudio detallado de su producción intelectual y de su contexto histórico, v. Reyes Abadie, W.,Bruschera, O. H., y Melogno, Tabaré (1968). El ciclo artiguista. Montevideo. Universidad de la República, Departamento de Publicaciones.

[3] Para algunos textos de interés sobre el federalismo argentino o rioplatense, v. Ayrolo, V. (2013). El federalismo argentino interrogado (Primera mitad del siglo XIX). Locus, Revista deHistoria. UFJUIZ-FORA Minas Geraes, vol 36. O también: Goldman, N. (1998). Los orígenes del federalismo rioplatense (1820-1831). En Nueva Historia Argentina. Revolución, República, Confederación (1806-1852). Buenos Aires. Sudamericana.

[4] Seguimos libremente los desarrollos sobre lo nacional de un texto ya clásico de Alcira Argumedo. v. Argumedo, A. (2009). Los silencios y las voces de América Latina: notas sobre el pensamiento nacional y popular. Buenos Aires. Colihue.

[5] Quijano, A. (2009). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En Lander (comp.), La colonialidad del poder. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana, pp. 272-273.

[6]Idem, pp. 315-321.

[7] El historiador uruguayo Carlos Maggi, en distintas obras, ha estudiado particularmente la relación de Artigas con el heterogéneo mundo de lo popular.

[8] v. Mazzeo, M. (2016).El hereje. Apuntes sobre John William Cooke. Buenos Aires.EditorialEl Colectivo.

[9] v. Ferrer, C. (2014). La amargura metódica: vida y obra de Ezequiel Martinez Estrada. Buenos Aires. Sudamericana.

[10]  Como director del Centro de Estudios Latinoamericanos de Casa de las Américas, Martinez Estrada estudióobsesivamente la obra de José Marti, obsesión que plasmó en la producción tres voluminosos tomos.

[11] v. Cooke, J. W. (2010). Perspectivas de una economía nacional y La lucha por la liberación nacional. En Duhalde (comp.),  Obras completas de John William Cooke, Tomo IV. Buenos Aires.Colihue.

[12] v. Escobar, A. (2009). El lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar. En Lander (comp.), La colonialidad del saber. Caracas. Fundación Editorial El perro y la rana.

[13]v. Rivara, L. (2016). Rodolfo Kusch y la constitución de lo popular en la Argentina. Cuestiones de Sociología, 14, e008. Recuperado de: http://www.cuestionessociologia.fahce.unlp.edu.ar/article/view/CSn14a08

[14] cfr. Kusch, R. (1991). América profunda. Buenos Aires. Biblos. Y también: Kusch, R. (2012). El pensamiento indígena y popular en América y La negación del pensamiento popular. Rosario. Editorial Fundación Ross.

[15]Rivara, L. (2016). Rodolfo Kusch y la constitución de lo popular en la Argentina. Cuestiones de Sociología, 14, e008. Recuperado de:http://www.cuestionessociologia.fahce.unlp.edu.ar/article/view/CSn14a08

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