Eva Lohana Berkins de Perón

Un contrapunto entre los legados de Lohana Berkins y Eva Perón, y un intento de tender puentes entre entre la figura de Evita y el feminismo. La politización del amor, el borramiento de la sexualidad y los “elementos de feminismo práctico”. Publicado en La Tecla Eñe, el 26 de Julio de 2017.

I

Esto no es una crónica ni un ensayo, sino apenas un homenaje a dos voces, una semblanza cruzada, o quizás tan solo el epígrafe excedido de una foto. O tal vez todo eso junto. Y particularmente de una foto potente, con “filo, contrafilo y punta” al decir del viejo Jauretche, que hubo de exasperar a algún que otro autoerigido custodio del peronismo histórico. En la foto se ve el perfil salteño, moreno, colla y travesti de Lohana Berkins, de frente, más no enfrentado, al gesto de Eva Perón, inmortalizada en su discurso del 4 de Junio de 1952. La foto, naturalmente niveladora, es una comparación que no quiere ser disimulada, una invitación a la metáfora poética y a la contrastación histórica entre estos dos notables personajes. La misma Lohana sugirió ese contrapunto entre su vida y la de Eva: al fin y el cabo compartieron, además de una profunda vocación política, su destino de pobres jóvenes migrantes, entre tantas otras cosas. Aceptaremos pues, en este epígrafe, adentrarnos en el convite. Ahí estuvo Lohana, junto a Eva. Ahí está aún hoy Evita: emplazada sobre la fachada otrora monótona del Ministerio de Desarrollo Social de La Nación, en plena Ciudad de Buenos Aires, a escasas cuadras de donde los tilingos vivaron el cáncer, los milicos fusilaron al General Valle, y los chupacirios bendijeron las bombas que atronaron en la Plaza de Mayo.

Eva, como Lohana, o Lohana, como Eva, politizaron el amor, llevaron a la palestra pública y convirtieron en lucha reivindicatoria la ética del cuidado que traían de zaguán adentro. Una por su convencional socialización como mujer, y la otra por su temprana y sensible rebelión frente a una identidad impuesta.

DOzqJuEXkAAYg1Z.jpg

II

Para empezar y evitar confusiones, iría siendo necesario deslindar al peronismo histórico, ese fenomenal movimiento popular que John William Cooke vindicara como la experiencia más genuina y más avanzada del pueblo trabajador argentino, nuestra auténtica revolución nacional (trunca), de lo que llamaremos el “peronismo histriónico”. Ese peronismo que nos es contemporáneo, y que vestido de frac o de camisa, exalta desde las altas cumbres partidarias, sindicales o gubernamentales, su identidad morena, peronista, popular y plebeya a cada paso, como excusándose torpemente, como intentando contradecir con la retórica una política precisamente opuesta: blanca, antipopular, elitista y, nos atrevemos a decir, anti-peronista (si consideramos al menos el programa histórico del peronismo, su doctrina ideológica y sus políticas sustanciales entre el ´45 y el ´56). De lo que se trata es de intentar conjurar al gorila que campea a cubierto de tan nobles ropajes. Aunque el gorila se vista de seda, gorila queda, por más que vista poncho y chiripá, lleve facón, barba facúndica, o calce alpargatas. Cuando veo y oigo a ese “peronismo histriónico” homenajear en la muerte a Evita Perón; atemperarle sus más intensos impulsos plebeyos, antiimperalistas y (lo justificaremos luego) feministas; mientras siento como le podan sus ramas con más rosas y más espinas; como le niegan sus deseos más hondos, tal como ayer le negaron las armas para la CGT y para sus amados grasitas, no puedo evitar acordarme del cantautor venezolano Alí Primera y de su “Canción Bolivariana”. Allí se relata, en un encuentro imaginado, como un carajito (un niño) venezolano desasna al Libertador Simón Bolívar con toda la reveladora inocencia del niño de la fábula de “El rey desnudo”:

Niño: El pueblo en su engaño

cree que la alta burguesía

va a llevarte flores al Panteón Nacional

cada aniversario de tu muerte.

Bolívar: Y entonces ¿a que van, pequeño compatriota?

Niño: A asegurarse que estés bien muerto

Libertador. Bien muerto.

Asegurarse de que esté bien muerta esa puta, esa grasa, esa advenediza, esa cualquiera. Al fin y al cabo ya lo dijo Amparo Ochoa: “Mujer, si te han crecido las ideas, de ti van a decir cosas muy feas”. Qué otra cosa quisiera la alta burguesía argentina y sus administradores de siempre, que echar tierra sobre tierra, loza sobre loza, sobre el cuerpo de Eva Perón. O al menos tergiversar su memoria, como sucedió al enterrarla, en un rincón cuasi clandestino, entre los muertos bostezantes del pacato cementerio de La Recoleta.

tumba-de-evita-peron-en-buenos-aires-argentina.jpg

III

Dijo alguna vez Roque Dalton, el poeta de la pequeña patria salvadoreña (el “Pulgarcito” de América, como el mismo la definiera), tan distante de las solemnidades de la política como de las veleidades de la poesía, que el problema empieza cuando asumimos que el sexo es una categoría política. Y esta simple sentencia resulta tan antigua como el mismísimo feminismo teórico, desde la mujer como género in-esencial de Simone de Beauvoir, hasta la simétrica personalización de lo político y politización de lo personal que corroe las fronteras entre el espacio público y el privado, tan caras al liberalismo patriarcal.

mucho más que un ángel benefactor, mucho más que una maternal primera dama, fue un aguerrido animal político, desde la organización de la rama femenina del peronismo y la edificación de la Fundación Eva Perón sobre los escombros de la oligárquica sociedad de beneficencia, hasta la requisitoria para armar a la CGT, la consecución del voto femenino y su enfrentamiento apenas disimulado con sectores militares, eclesiales y partidarios internos y externos al justicialismo. Expresó, sin medias tintas, la tendencia más radical dentro del movimiento

Eva, como Lohana, o Lohana, como Eva, politizaron el amor, llevaron a la palestra pública y convirtieron en lucha reivindicatoria la ética del cuidado que traían de zaguán adentro. Una por su convencional socialización como mujer, y la otra por su temprana y sensible rebelión frente a una identidad impuesta. La arrastraban desde los pagos provincianos de Salvador Mazza, en Salta, o desde el pequeño pueblo de Los Toldos, en la Provincia de Buenos Aires. Cada cual tiene su Macondo, y los casos de Eva y de Lohana no fueron la excepción. Dijeron, además de yo pienso, yo deseo. Además de yo dispongo, yo amo. O más bien, nosotras amamos. El amor, después de Eva y de Lohana, y junto con todo el movimiento de mujeres y de diversidad sexual, abrió definitivamente las puertas del convento y nunca más volverá, con Sor Juana, a ser una monja de clausura. Quizás no sería en vano contar cuantas veces menciona Evita en “Mi mensaje” o en “La razón de mi vida” la palabra amor, o cuantas veces hace lo propio Berkins en sus textos e intervenciones públicas. Por ejemplo, como lo hizo en aquella tibia despedida: “estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo. Todos los golpes y el desprecio que sufrí, no se comparan con el amor infinito que me rodea en estos momentos”.

Para Lohana, para Eva, el amor es el fundamento de sus batallas, y también su consecuencia esperada: todo lo demás, llámese ley de identidad de género o planes quinquenales, cupo laboral trans o junta nacional de granos, diversidad sexual o justicia social, son meros medios para la consecución de otros fines: el amor, la comunidad, la felicidad. Recuerdo ahora la gracia que causó al “mundo” (esa extrapolación de apenas un puñado de países noratlánticos que pretenden monopolizar nada menos que la representación del mismísimo universo), la creación del Viceministerio de la Suprema Felicidad que dispuso Hugo Chávez Frías. Más allá de la pomposa elección del nombre y de los excesos nominalistas de la Revolución Bolivariana, que bien pudo mover a risa a propios y extraños, lo que estaba detrás de los comentarios socarrones era la perplejidad ante el hecho de que la (muy abstracta, por cierto) felicidad, se convirtiera en materia explícita de política estatal. Pero ninguna contradicción parecen tener las clases dominantes al consentir, con aparente seriedad, que ésta se dirija a objetivos no menos inasibles como la libertad, la soberanía o la república. En fin, puras quimeras. Pero quimeras necesarias y orientadoras de la praxis.

Punto de partida y punto de llegada, el amor vertebra, entonces, cada una de las ideas, las estrategias y los furores de Eva Perón y de Lohana Berkins. No una doctrina abstracta, cartesiana, racional y planificadora, sino el deseo vivo, un deseo que siente pero que también piensa, sin desmerecer ni contradecir ninguna de las dos funciones, tanto como amar a muchas personas no desmerece el amor por ni una sola de ellas. El amor no es una sustancia finita, una suerte de “recurso escaso” como lo piensa la economía desde Malthus para acá, sino una potencia intersubjetiva y comunitaria que se amplifica al contacto humano. Eva y Lohana lo comprendieron a la perfección.

Pero veamos ahora como los versos, también enamorados, de Homero Manzi, incurren en un estereotipado lugar común al comparar a Perón y a Eva:

Él es el verbo mayor y usted la mayor templanza.

Él es la punta de lanza y usted la punta de amor.

Él es un grito de honor que hasta el deber nos alcanza,

y usted la mano que amansa cuando castiga el dolor.

Él es el gran sembrador y usted la gran esperanza.

Eva contradice frontalmente el estereotipo patriarcal de estos versos: mucho más que un ángel benefactor, mucho más que una maternal primera dama, fue un aguerrido animal político, desde la organización de la rama femenina del peronismo y la edificación de la Fundación Eva Perón sobre los escombros de la oligárquica sociedad de beneficencia, hasta la requisitoria para armar a la CGT, la consecución del voto femenino y su enfrentamiento apenas disimulado con sectores militares, eclesiales y partidarios internos y externos al justicialismo. Expresó, sin medias tintas, la tendencia más radical dentro del movimiento, como más tarde lo harían por ejemplo el ya mencionado Cooke y Alicia Eguren, y por eso no ha de extrañarnos que nuestro pueblo la sitúe alegóricamente al frente de otras batallas. Por eso si Evita viviera sería, con pleno derecho, montonera, piquetera o tortillera. Eva fue  a su vez palabra grande y gesto rudo, punta de lanza y también, sin contradicción, punta de amor.

d7f62d7da4e3b4b3415bdb442ade8271.jpg

IV

“El cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo”, nos dice la feminista italiana Silvia Federici. O podríamos, en una versión corregida y aumentada, decir que el cuerpo de la mujer es la última frontera de la modernidad colonial europea implantada en América desde 1492, siglos antes de la estructuración definitiva del mercado  capitalista global. Aunque los alcances de la frase así enmendada sean definitivamente otros, no nos desvela el que nuestro pueblo le ponga un nombre convencional al enemigo: oligarquía, chetos, modernidad, patriarcado o capitalismo, mientras no se escamoteen ninguna de las tramas de su red de desigualdades. El patriarcado, la dominación de clase, el racismo estructural, el eurocentrismo, etc.

Precisamos partir entonces de la definición más amplia y omnicomprensiva posible: desde el feminismo como tentativa general por defender, producir y reproducir la vida, en sintonía con lo afirmado por Lorena Cabnal y otras feministas comunitarias latinoamericanas.

La batalla por mercantilizar y colonizar el cuerpo y la sexualidad de la mujer ha sido incesante, como han estudiado en profundidad académicas y militantes feministas como la mencionada Federici, o como nuestra compatriota Rita Segato. Basta recordar que en paralelo a la “acumulación originaria” generada en Europa con la extracción de metales preciosos en América, corrieron paralelos otros actos fundacionales. Entre ellos, para la constitución etno-racial y cultural de nuestro continente mestizo, no fue menos determinante la “violación originaria” perpetrada por el colonizador español, portugués, inglés, francés y holandés, sobre el cuerpo de la mujer indígena o negra. Pero volvamos a nuestro cauce. Hemos desarrollado estas ideas, porque creemos que es desde aquí, desde el cuerpo entendido como sexualidad combatiente, como un auténtico y encarnizado campo de batalla, donde los caminos de nuestros personajes se bifurcan, al menos en un trecho del camino.  Y ahí es donde se descubre en toda su potencia la praxis de Lohana, y se descubren las contradicciones del particular feminismo de Eva.

V

Confieso que el día que me vi ante la posibilidad del camino “feminista” me dio un poco de miedo.  ¿Qué podía hacer yo, humilde mujer del pueblo, allí donde otras mujeres, más preparadas que yo, habían fracasado rotundamente? ¿Caer en el ridículo? ¿Integrar el núcleo de mujeres resentidas con la mujer y con el hombre, como ha ocurrido con innumerables líderes feministas? 

Ni era soltera entrada en años, ni era tan fea por otra parte como para ocupar un puesto así… que, por lo general, en el mundo, desde las feministas inglesas hasta aquí, pertenece, casi con exclusivo derecho, a las mujeres de ese tipo… mujeres cuya primera vocación debió ser indudablemente la de hombres. (…) las “feministas”, la inmensa mayoría de las feministas del mundo en cuanto me es conocido, constituían una rara especie de mujeres… ¡que no me pareció nunca mujer! 

Esta cita, prejuiciosa, falaz y estereotipada, no pertenece a otra persona que a Eva Perón. Y quizás haya quién piense que este fragmento basta para demoler todo intento de rescatar a Eva como feminista, toda tentativa de reconciliar, sobresaltos mediante, tradiciones y legados. Pero porfiamos con nuestra tesis: Eva Perón expresa singulares elementos feministas, articulados contradictoriamente, es cierto, con férreos mandatos patriarcales. Y aún así, en el balance, en el debe y el haber, su legado resulta insoslayable para quiénes andan siguiendo la huella de un cruce fecundo entre distintas tradiciones nacionales y revolucionarias.

El feminismo teórico es un fenómeno relativamente reciente (al menos en relación con la historia larga del patriarcado moderno occidental), y como tal, es originario de Europa, más allá de la fecha fundacional de la que elijamos partir: ya sea que tomemos a la revolucionaria francesa Olympe de Gauges en el siglo XVIII, a Flora Tristán en el siglo XIX, o a Simone de Beauvoir en el XX. También consentiríamos en el origen europeo del comunismo como discurso teórico, pero a estas alturas, ¿quién sería tan necio, tan rematadamente eurocéntrico, para sostener que la lucha de clases fue inaugurada con el Manifiesto Comunista? Toda opresión, toda relación de subalternidad, genera su contraparte inevitable: procesos corrosivos de resistencia, sea caótica u organizada, revulsiva o estratégica. Tenga o no este proceso doctrina, sujeto o partido. Partimos aquí de un a priori: todo oprimido es un rebelde hasta que se demuestra lo contrario. Por eso tenemos que pensar en términos de prácticas feministas y no tanto en sujetas o sujetos. Y desde allí identificar lo que llamaremos, parafraseando al amauta peruano José Carlos Mariátegui, “elementos de feminismo práctico”. Pretender descubrir prácticas feministas sólo allí donde el concepto aparece, dónde la autoconciencia feminista es manifiesta y explícita, implica mirar la realidad desde un peligroso sesgo ilustrado. Y desde estas anteojeras, no exentas de marcas clasistas y racistas, enfocaríamos solo a aquellos núcleos de activismo pertenecientes a sectores medios. Se nos pasarían por alto, por ejemplo, los “elementos de feminismo práctico”  de aquellas heroicas mujeres que defienden y reproducen la vida en las barriadas populares, parando la olla en sus hogares, defendiendo sus territorios y poniendo en pie a sus organizaciones populares. Precisamos partir entonces de la definición más amplia y omnicomprensiva posible: desde el feminismo como tentativa general por defender, producir y reproducir la vida, en sintonía con lo afirmado por Lorena Cabnal y otras feministas comunitarias latinoamericanas.

Efectivamente, por más que revolvamos papeles, escuchemos sus discursos, o leamos “La razón de mi vida” y “Mi mensaje”, no encontraremos en la vida pública de Eva la huella de su sexo. Ya dijimos que Eva, como Lohana, politizó el amor, pero solo esta última hizo lo mismo con su sexo. Porque mientras que el amor de Eva tuvo estuvo encorsetado por numerosos mandatos patriarcales que afirmaban que “mujer” era sinónimo de “hogar” y de “madre”, el de Lohana estuvo sucio de un revolcón de sexo.

Buenos_Aires_-_Balvanera_-_Manifestación_por_el_voto_femenino_en_1948.jpg

Desde este enfoque, Eva expresa para nosotros un feminismo de facto, empírico, sin teoremas, se sobreentiende, como el que podríamos adjudicar con igual derecho a Juana Azurduy, Bartolina Sisa, Juana Ramirez, Policarpa Salavarrieta o Martina Chapanay, no exenta, ninguna de ellas, de reproducir mandatos patriarcales. Pero aún más: expresa no solo un feminismo práctico, sino incluso explícitamente anti-teórico, con limitaciones para conceptualizar su propia práctica. Pero que sin embargo corre paralelamente a la consecución de reivindicaciones muy sentidas por el movimiento feminista realmente existente de su época, como el sufragio femenino (que fue paradójicamente resistido por sectores feministas por ser una iniciativa proveniente de un gobierno militar como el de Perón, eludiendo completamente el protagonismo de Eva en dicha iniciativa). Eva significó también un proceso de empoderamiento femenino sin parangón, cuya jefatura no expresó una deriva masculinizante como la de otros liderazgos femeninos: ese fue el caso de su contemporánea Golda Meir, por ese entonces Ministra de Defensa israelí y el de la posterior Margaret Tatcher, Primera Ministra británica y campeona del neoliberalismo más descarnado. Además, este empoderamiento, lejos de circunscribirse a su figura, rebalsó su propia trayectoria, estimulando así la organización inédita de miles de mujeres en el Partido Peronista Femenino y en las Unidades Básicas Femeninas, en donde las mujeres eran organizadas desde una consciente intersección entre género y clase.

El partido femenino que yo dirijo en mi país está vinculado lógicamente al movimiento Peronista pero es independiente como partido del que integran los hombres… Así como los obreros sólo pudieron salvarse por sí mismos y así como siempre he dicho, repitiéndolo a Perón, que “solamente los humildes salvarán a los humildes”, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres. Allí está la causa de mi decisión de organizar el partido femenino fuera de la organización política de los hombres peronistas. Nos une totalmente el Líder, único e indiscutido para todos. Nos unen los grandes objetivos de la doctrina y del movimiento Peronista. Pero nos separa una sola cosa: nosotras tenemos un objetivo nuestro que es redimir a la mujer.

Son precisamente estos procesos organizativos los que buscan eludir quiénes desean zanjar el espinoso debate sobre Eva y su relación con el feminismo con una o dos citas urticantes de “La razón de mi vida”. Aquí encontramos, en sus mismas páginas, una afirmación perfectamente coincidente con la perspectiva feminista, enrevesada, sin duda, con las irritantes apelaciones a Perón.

VI

Leemos en la novela de Tomas Eloy Martínez, “Santa Evita”:

La literatura ha visto a Evita de un modo precisamente opuesto a como ella quería verse. Del sexo jamás habló en público y quizá tampoco en privado. Tal vez se habría librado del sexo si hubiera podido. (…) Eva nada tenía que ver con la hetaira desenfrenada de la que habla el enfático Martínez Estrada ni con la «puta de arrabal» a la que calumnió Borges. En las definiciones de Evita sobre la mujer (…) la palabra sexo no aparece ni una sola vez. (…) Evita quería borrar el sexo de su imagen histórica y en parte lo ha conseguido. Las biografías que se escribieron después de 1955 guardan un respetuoso silencio sobre ese punto.

Efectivamente, por más que revolvamos papeles, escuchemos sus discursos, o leamos “La razón de mi vida” y “Mi mensaje”, no encontraremos en la vida pública de Eva la huella de su sexo. Ya dijimos que Eva, como Lohana, politizó el amor, pero solo esta última hizo lo mismo con su sexo. Porque mientras que el amor de Eva tuvo estuvo encorsetado por numerosos mandatos patriarcales que afirmaban que “mujer” era sinónimo de “hogar” y de “madre”, el de Lohana estuvo sucio de un revolcón de sexo. Es innegable la femineidad casta, maternal y estereotipada que se desprende “La razón de mi vida”, que pese a ser parte de la propaganda oficial del peronismo no dejaba de reflejar concepciones realmente operantes en Eva. Sin embargo, no puede negarse que ésta asociación conservadora entre femineidad y maternidad también fue politizada, como lo expresa su recibimiento diario, distribuido en extensas jornadas, de miles y miles de descamisados. La atención personalizada de cada problema, desde grandes tragedias colectivas hasta nimiedades insignificantes, expresan una política amatoria singular. Por otra parte, descorriendo algunos nudos de su biografía, resulta evidente que el borramiento de su sexualidad del que habla Eloy Martínez, fue una operación tendiente a desbaratar el estigma que la descalificaba como una puta y una advenediza, por su origen humilde, por su relación extramatrimonial con Perón, y por su trayectoria como actriz de radioteatro.

Ambas expresaron la emergencia de un nuevo sujeto político contestatario. En el primer caso serán los cabecitas negras, los trabajadores, inscriptos en un doble clivaje entre nación y clase que oculta pero no logra reprimir del todo una tercera marca que brota intempestivamente, como una mala conciencia, a lo largo de toda nuestra historia nacional: la etno-racial. (…) En el segundo caso, se trata de un clivaje netamente sexo-genérico, pero también ligado secundariamente a marcas de clase y raza.

Paradójicamente fue la dictadura militar que derrocó al peronismo la que sexualizó perversamente el cadáver de Eva Perón, ultrajándolo de mil maneras que han sido suficientemente retratadas en el ya citado libro de de Eloy Martínez, y en el documental de Tristán Bauer “Evita la tumba sin paz”, aunque ambas obras queden lamentablemente rengas de una perspectiva feminista que bien sabría calibrar análisis más enriquecedores. Efectivamente, hay algo mucho más profundo que saña gorila y furioso antiperonismo en el largo peregrinar del cuerpo de Eva. Y ese algo es una reacción patriarcal radical frente al desafío impuesto por Eva Perón a las convenciones de su época. Desafío que, como ya dijimos, la excedió hasta organizar intempestivamente a decenas de miles de mujeres humildes. También será la literatura la que volverá sobre la sexualidad de Eva: desde la criatura arrabalera de Néstor Perlongher en “Evita vive”, hasta “Eva Perón”, la obra teatral de Copi.

WhatsApp-Image-2018-03-19-at-15.19.38.jpeg

¿Y qué podríamos decir de Lohana y de las marcas de su sexualidad travesti? Si el cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo, el cuerpo de una travesti de rostro indígena, latinoamericana, provinciana y migrante, ha de ser como la fina película epidérmica que nos separa de la derrota definitiva, sin retorno, que implicaría que el capital y el patriarcado llegaran a cubrir todos los pliegues de la existencia humana. En la mujer y en las infinitas manifestaciones de la sexualidad humana anidan múltiples resistencias y profusas memorias históricas que yacen adormecidas, y con ellas la promesa de restituir las dimensiones mutiladas del fenómeno humano por la modernidad colonial. Nos referimos a la posibilidad de concebir una humanidad no escindida artificiosamente por esquemas occidentales entre cuerpo y mente, razón y sensibilidad, sujeto y comunidad. Anudada a las luchas de las mujeres como Eva y las travestis como Lohana, está la posibilidad de que algún día, pensar, creer y amar, vuelvan a ser una unidad indisoluble. Quizás la mejor expresión de esta capacidad regeneradora esté en la épica rumorosa de las mujeres paraguayas que, masticando rencores, levantaron desde sus mismísimos escombros a la nación paraguaya aniquilada por las fálicas aventuras militares de la Triple Alianza. Nuevamente, elementos de feminismo práctico. Nuevamente, feministas sin feminismos, o feminismos sin feministas.

VII

Ya ultimando nuestro contrapunto, intentaré resaltar otra afinidad entre Eva y Lohana. Ambas expresaron la emergencia de un nuevo sujeto político contestatario. En el primer caso serán los cabecitas negras, los trabajadores, inscriptos en un doble clivaje entre nación y clase que oculta pero no logra reprimir del todo una tercera marca que brota intempestivamente, como una mala conciencia, a lo largo de toda nuestra historia nacional: la etno-racial. Pues mucho más que trabajadores, los peronistas serán negros, morochos, “pelos duros”, “cabecitas negras”, un desenfrenado “aluvión zoológico”. En el segundo caso, se trata de un clivaje netamente sexo-genérico, pero también ligado secundariamente a marcas de clase y raza. Por eso Lohana asumirá con orgullo patente su rostro aindiado y su origen salteño. Se trata en este caso de los travestis, y por extensión, de todas las manifestaciones de la diversidad sexual, encarnadas, pero no subsumidas, en la figura señera de Lohana. Y como  todo sujeto político emergente y novedoso, el descamisado y el travesti innovarán los métodos y revolucionarán las formas permitidas de la política: por eso es que el fanatismo de Evita y sus descamisados será tan incómodo como la furia travesti de Lohana.

Orgullo-24.jpg

VIII

Los líderes varones han resuelto  siempre de la misma manera el viejo dilema del héroe entre su compromiso revolucionario con un proyecto político (es decir entre su amor universal, genérico) y su compromiso sexo-afectivo con sus familiares. Y lo han resuelto fugando, privilegiando la lucha por el prójimo lejano por sobre la ternura y el cuidado por el prójimo más próximo (al decir de Mario Benedetti). Lohana y Eva, al haber logrado politizar el amor, logran sortear esta contradicción. Amor cercano y amor abstracto aparecen como una unidad indisoluble. Quizás la mejor síntesis de esta promesa sea la imagen de la miliciana de Waswalito, la por entonces anónima guerrillera sandinista que aparece sonriente llevando su bebé en brazos y su fusil al hombro. “El pecho al niño y la cara al enemigo” parece susurrar la foto. Luchar, en definitiva, en ambos frentes, por la vida. El amor y el feminismo, como nos enseñan Eva y Lohana, son precisamente eso: dar la vida por la vida, pero darla cantando.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s