¡Querido rey las pelotas! (a propósito del 25 de Mayo)

Algunos apuntes sobre el 25 de Mayo, nuestra historia y la inconclusión de la patria.

Leopoldo Marechal, docente, poeta y argentino (colega por partida triple) dijo alguna vez: “la historia no es una ciencia; es el arte de mostrar una cara limpia y esconder un culo siniestro”. Y vaya si nuestros enemigos han tenido buenos historiadores versados en el arte de esconder la mierda bajo la alfombra. Tan buenos, que todavía compramos los buzones que nos venden. Y acá andamos, votando a los Cisneros de hoy o tomando de nuevo el té con los ingleses. Tan buenos que ya casi hemos olvidado qué es lo que celebramos exactamente este 25 de mayo. Celebramos pues, ni más ni menos que una inconclusión. O tal vez menos: el comienzo trunco de una inconclusión que tendría otras estaciones importantes: la sublevación de desharrapados de la Banda Oriental y el surgimiento del federalismo rioplatense; la declaración de Castelli en Tiahuanaco y la esperanza fallida de una patria que tuviera al sol en sus blasones y a los hijos del sol sobre la tierra; la heroica toma de Azurduy del Cerro Rico de Potosí, cuya plata manantial aún sostiene la opulencia ajena; el cruce de los Andes, Maipú, Guayaquil y aquel abrazo de gigantes.

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Hoy, hace 208 años, alcanzamos a otear en el horizonte algo así como una noción de patria. Una patria que tenía indios, que tenía gauchos, que tenía negros, que tenía mujeres, que tenía provincianos. Una patria que era tan grande que las actuales extensiones de nuestra Argentina, ciertamente inmensa, resultan diminutas en comparación con esa larga fatiga que va del Río Bravo al Cabo de Hornos. Hubo hitos, claro, en esas añoranzas. Hubo, claro, protagonistas, de los de primera y de los de segunda, de los que cantan en el coro y de los que agitan en la mitad del escenario. Toda revolución precisa, al decir de José Martí, de los que “preparan” y de los que “rematan”: que nadie se sienta indigno ni ofuscado con su tiempo. Pero acá estamos tanto tiempo después, metidos en la misma encrucijada, con la patria dolida, con la olla vacía, con la patria difusa, con la gente confusa.

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Dijo Allende alguna vez que su revolución, la revolución chilena, tenía que ser la revolución del vino y la empanada. Lamentablemente, de este y de aquel lado de los Andes no faltaron quiénes quisieron hacer aquí la revolución del vodka o la del strudel. Pero nunca este paladar argentino, solazado de valles y de pampas, propenso a las buenas harinas y a la uva dulce, pudo tragarse esos programas. “La patria es un dolor que aún no sabe su nombre”: de nuevo Marechal. Nombrémosla entonces. Busquémosla entonces. Inventémosla entonces. Digamos Yupanqui, y escupamos sobre Borges. Digamos San Martin, y escupamos sobre Macri. Digamos Eva Perón y escupamos sobre Christine Lagarde. Escupamos sobre Sarmiento también, pero eso si, conozcámoslo al dedillo. Contra los que dicen “querido rey” a los garcas del ayer y “dear FMI” a los reyezuelos del presente. Desempolvemos esas viejas palabras que nos legó nuestra exquisita lunfa argenta y todas nuestras tradiciones nacionales: volvamos a decir gringo chupasangre, yanki de mierda, gorila vendepatria, cipayo despreciable, alcahuete del imperio. Formemos a los nuevos granaderos con el piberío de los barrios. Dejemos de llorar en la puerta de los monopolios y pongamos a rodar de nuevo la Gaceta de Buenos Aires. Tiremos aceite, agua o piedras, mejor desde la calle que desde los balcones. Convoquemos un cabildo abierto en cada lugar dónde haya siquiera medio laburante descontento. Armemos, con audacia, una Junta grande para que acá manden unidos todos los criollos. Construyamos una patria. Contra la sorna de quiénes nunca tuvieron en entredicho la suya. Contra la desidia de los que han nacido acá como podrían haber nacido en Marte. Contra los enemigos de ayer y de siempre. Y en favor de todos, o de casi todos.

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