Luto verde entre los platanares

Haití y sus incesantes conflictos por la tierra, en un país cien veces más pequeño que la Argentina, pero no menos concentrado por la glotonería del latifundio y el capital extranjero. Para quiénes no son terratenientes, tan sólo piedras, montañas y tierra seca, laterizada, literalmente convertida en ladrillo. Guerra de todos contra todos, o casi todos. Batallas recurrentes de pistolón y machete por esquinitas de tierra. Este campesinado pacífico, casi medroso, sólo por la tierra mata y sólo por la tierra muere.

“Pyat por la vida. La vida por Pyat”. Una mano apurada dejó esta sentencia pintada en los dos palmos de tierra cubiertos por lo más parecido a una infraestructura estatal que se encuentra cerca del centro campesino que nos acoge: un canal chato por donde el agua escasa escurre en la cada vez menos generosa temporada de lluvias (cómo se sabe, sólo los flujos de agua marcan el paso del año en esta región de clima casi inmutable y tiempo detenido). Allí donde yace la pintada, en los tiempos álgidos del conflicto, se monta la barricada de troncos y alambres de púas que cierra la vía entre las localidades enfrentadas de Pyat, montaña arriba, y Mowi, el pueblo del bajo. Atenazada, en medio del conflicto, yace nuestra propia casa.

No se trata de chauvinismo local o de “aldeanos vanidosos que creen que el mundo es su aldea” (Martí). Pyat es un poblado que tiene agua, inmensos piletones de agua de montaña para el refresco de lo niños, la aguada de los animales y para la siembra del  maíz, el plátano, el kalalú o el berro. Por ende, Pyat tiene también árboles y sombra donde guarecerse del clima tórrido del Caribe. Se trata de uno de los últimos reductos de un paisaje fabuloso y fértil que supo cubrir todo el lado occidental de la isla durante el tiempo preamericano de los taínos. Pero los habitantes del polvoriento pueblo del bajo, rurales y urbanos, no han corrido con la misma suerte. El caudal de agua que desciende de la montaña es sorbido por la tierra ansiosa mucho antes de llegar al llano.

La larga y fatídica historia de la deforestación haitiana reconoce sin duda varias estaciones: la histórica y temprana depredación colonial del capitalismo de plantación; las necesidades militares de una Revolución que todo lo llevó a su extremo límite y que incendió literalmente la isla en su defensa desesperada frente al colonizador francés; y el drama social que empuja hoy a la población a procurar carbón vegetal para cocinar royéndolo todo, con las salvedad de algunos árboles frutales o de significación ritual.

Lo que quizás no entienda el extranjero es que ciertamente morir por Pyat es una opción calculada, razonable y, diríamos, vital. Lo único irrazonable de esta guerra sin cuartel son los enemigos, tan decididamente parecidos a uno mismo. Campesinos igual de inocentes y desesperados. Mientras tanto, los dueños de la tierra, los enemigos reales, yacen lejanos y a resguardo, usufructuando la renta de la tierra que les cae encima como maná del cielo.

En el próximo diluvio universal, pueden tener certeza de que ningún haitiano se subirá al arca. Aún con el agua mucho más arriba del pescuezo, el campesino del Valle del Artibonit seguirá desmalezando tranquilo su pequeño terruño, rogando al cielo que el agua no cese y sus cosechas ensopadas se abran al fruto. Porque ellos bien saben que el agua y que la tierra son la verdadera medida de todas las cosas.

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Son del monte, son del llano, son de arriba, son de abajo.

¡Qué importa!

Campesinos son.

Infelices son.

Desterrados.

La hoja del banano no alcanza a cubrir

sus cuerpos enormes.

Ahora estarán arando el mar,

porque el mar es tan extenso y blando.

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Hay en esta isla tanta piedra apilada

y tan poco humus extendido.

Esta no es la pulpa negra de la pampa

que se repliega al mero grito,

que se parte como un pan ante el requerimiento de la azada.

¡Si supieran lo que cuesta abrir un buraco entre la roca

con los filos mordidos del machete!

Polvo y roca,

aguardiente y sol,

metal y callos.

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Hartos estaban de morder las duras galletas de arcilla,

de engullir con dientes podridos bananas que nunca maduran,

de cocer lagartijas sin sustancia.

de chupar la caña robada hasta dejarla seca.

El que tiene hambre de veras

hasta con su muerte se sacia.

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

Un grupo de niños vigila el horizonte

y la comunidad protege con sus aperos,

con sus armas gastadas, ridículas.

Son nuestros amigos.

Pero no son enemigos los que sus pequeñas manos matan.

No fue hecha para matar la herramienta que siembra.

No fue hecha para sembrar el arma que mata.

¿No somos acaso todos hijos de Dessalines?

 

Han matado a dos campesinos.

¡Al menos cúbranlos de tierra, que por la tierra han muerto!

No han conquistado el bohío por el que pelearon,

no dormirán su siesta bajo los gordos flanboyanes.

Pero, por favor, cúbranlos de tierra.

Por respeto a Papa Ogú,

por respeto a los bokos,

por respeto a los padres fundadores.

A ningún muerto por la tierra muerto

se le ha de negar su lugar entre los platanares.

 

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