El Comando Sur en la Argentina: ¿una visita humanitaria?

El Almirante del Comando Sur, Craig Faller, visitará la Argentina este 7 de abril. El objetivo declarado es la asistencia en materia sanitaria. Pero la realidad es bien otra, vinculada al reaseguro del predominio militar norteamericano y a las estrategias de contención de la influencia de China y Rusia. 

Una visita sigilosa e inoportuna

Como el perro que se detiene a orinar su patio cuando ve a otros perros husmeando por el vecindario. Quizás sea esa la mejor metáfora para explicar la visita del Almirante Craig S. Faller del Comando Sur a la Argentina como parte de una gira regional. Por si quedan dudas: el Comando Sur y el Departamento de Estado norteamericnao vendrían a ser el perro, el patio en que reclaman soberanía sería la Argentina -o por extensión Nuestra América toda-, mientras que los perros rivales serían esencialmente China, tras sus recientes propuestas de inversión como las mega factorías porcinas, y sobre todo Rusia, a través de su “diplomacia epidemiológica”, por la la distribución de su exitosa vacuna, la Sputnik V. 

Pero la visita resulta tan inoportuna como la fecha de su anuncio. El día 3 de abril, apenas un día después del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, la embajada norteamericana en Argentina anunció la próxima visita del Almirante a estas tierras sureñas, con una estación previa en la hermana República del Uruguay. 

Por si el vínculo entre los Estados Unidos, el Imperio Británico y la posesión colonial de las Islas Malvinas no es lo suficientemente claro como para explicar la susceptibilidad del sentir nacional, basta mencionar que hace apenas pocos días el “USS Greeneville”, un submarino nuclear norteamericano, fue visto en los mares del Atlántico Sur operando en colaboración con un avión británico proveniente de las Islas Malvinas. Según denunció puntualmente la propia Cancillería argentina, el portar armamento nuclear viola de forma flagrante la normativa de las Naciones Unidas en torno a un área considerada “de paz y cooperación” -cooperación que se sobreentiende debe ser civil, no militar-. En respuesta, los Estados Unidos arguyeron que la presencia conjunta de la U.S. Navy y la Royal Navy tenían por fin “demostrar la presencia global” de aquellos países. El ejercicio no hace sino confirmar lo obvio: la perfecta afinidad de intereses entre los Estados Unidos e Inglaterra en un territorio estratégico para la OTAN como lo son los mares antárticos, el pasaje de Drake y las islas del Atlántico Sur. 

En relación a Tierra del Fuego, recordemos que Mauricio Macri había suscrito acuerdos para la construcción de bases militares y de un Centro Regional de Inteligencia, retomando el espíritu de viejos decretos firmados por Carlos Saúl Menem en el tiempo de las “relaciones carnales”. Más allá de la presencia británica en la región, contar con una base propia operativa en el Atlántico Sur es para los Estados Unidos un objetivo de máxima importancia geoestratégica. 

¿Intenciones humanitarias?

Faller será recibido por el Ministro de Defensa Agustín Rossi para hacer efectiva la entrega de “donaciones humanitarias” para, según el comunicado de la Embajada, “apoyar a la Argentina en los esfuerzos conjuntos para combatir la pandemia del COVID-19”. Sin embargo, a pocas horas de la visita, ni las cuentas oficiales de Cancillería, Defensa, o las del Ministro Agustín Rossi o el Canciller Felipé Sola han dado detalles sobre los miembros de la comitiva, la agenda programada o el contenido de las mentadas donaciones. 

Ninguna de las fuentes, ni nacionales ni norteamericanas, han informado tampoco sobre por qué Faller visitará no solo Buenos Aires -destino previsible- sino también Ushuaia, la capital de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Es decir, la capital de nuestra bicontinentalidad, la ciudad que debiera ser la cabecera administrativa natural de nuestras Islas Malvinas. Tampoco conocemos, a pocas horas de la visita, por qué si la visita tiene un carácter estrictamente sanitario, la anfitriona no será Carla Vizzotti u otra autoridad de jerarquía del Ministerio de Salud. 

Tampoco se sabe si las mentadas donaciones serán vacunas, el insumo realmente primordial que nuestro país precisa para combatir la segunda ola de la pandemia. Hemos de suponer que no, dado que los Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y el conjunto de los países del Norte Global se han abastecido de tres veces más vacunas que las que requiere su población total, siendo que apenas cuentan con un 14% de la población mundial. Se presume, como contrapartida, que en el Sur Global los condenados a todo, incluso a la moratoria sanitaria, deberán esperar hasta el año 2023 para completar su calendario de vacunación. Hemos de suponer que nuestros Estados periféricos y dependientes acabarán comprando a precio vil parte de las vacunas acaparadas por los países centrales en su política de rapiña.

Pero quizás la parada anterior de Faller, en Montevideo, nos de un indicio sobre los verdaderos y algo obvios motivos de la visita. Según la Embajada de los Estados Unidos en Uruguay, la visita a aquel país tuvo que ver con asuntos de cooperación militar, “capacitación técnica” -léase la formación de militares latinoamericanos en los Estados Unidos como en los tiempos de la Escuela de las Américas- y colaboración en “operaciones de mantenimiento de la paz”. La última operación de este tipo, la tristemente célebre MINUSTAH conducida a control remoto por asesores norteamericanos, salpicó al país oriental con los notorios escándalos de violaciones, abuso sexual y trata por parte de sus -y también nuestros- Cascos Azules. 

Vigilia del Almirante

El 16 de Marzo Faller dió un discurso en el Senado de los Estados Unidos. Frente al Comité de Servicios Armados presentó su programa de defensa para los años por venir, y se refirió en particular a Venezuela, afirmando que “Rusia, Cuba y China apuntalan la dictadura ilegítima de Nicolás Maduro”. Nada nuevo en el discurso de la seguridad hemisférica norteamericana. Lo que sorprendió quizás fue la inclusión novedosa y preocupante de México como un “generador de inestabilidad política” por el accionar de los cárteles de Sinaloa y Jalisco. 

Faller también demostró preocupación por el ascendiente de Rusia en latinoamérica, y en particular por China, dado que en sus palabras el gigante asiático estaría “tratando de lograr una ventaja posicional aquí mismo, en la región, y eso es alarmante y preocupante para mí”. Para terminar, se refirió a los “desafíos [de América Latina y el Caribe] como un círculo vicioso de amenazas que erosionan deliberadamente la seguridad y la estabilidad”. La receta propuesta, y he aquí la clave de su presencia estos días en el Cono Sur, es la tentativa de “atacar este círculo vicioso en equipo” pero con “presencia militar correcta, enfocada y persistente”. 

El correcto, enfocado y persistente Faller, tras la asunción de la nueva gestión demócrata, se pliega a una mucho menos bravucona pero mucho más eficiente política imperial para el hemisferio, considerado como una “prímera línea de competencia” en la que su influencia se estaría erosionando. Reditando los viejos manuales de propaganda de la Guerra Fría, posicionando sus fuerzas de despliegue rápido, y proponiendo una diplomacia militar frente a la “diplomacia de las vacunas”, Faller se mueve a toda velocidad para prepararse frente a lo que el Ministro de Defensa venezolano Vladimir Padrino López llamó “la escalada de Tucícides”: es decir el momento futuro, inminente y decisivo de confrontación global entre el Occidente y China/Rusia.

Un vacío notable

El Comando Sur y la Administración Biden aprovechan, por supuesto, la ausencia de una política de seguridad autónoma de parte de las naciones latinocaribeñas, como aquella que supo esbozar el Consejo de Defensa Sudamericano antes del sabotaje a la UNASUR. Pero también de la proliferación de gobiernas derechistas como el de Luis Lacalle Pou o el de Lenín Moreno, quién consintió en convertir al maravilloso resevorio de biodiversidad de las Islas Galápagos en un “portaviones natural” de los Estados Unidos. Pero sobre todo su ganancia es la del río revuelto, por la mezcla de descoordinación, resignación y pragmatismo de los gobiernos progresistas que no logran volver a poner en pie una política integracionista efectiva, quedando reducidos a la vieja y desventajosa negociación unilateral en materia económica, sanitaria o militar con las grandes potencias del orbe.  

La pregunta, incómoda, es por qué un gobierno progresista debería alentar, consentir y hasta mantener en el secretismo una visita de esta naturaleza, bajo el ropaje inverosímil de la ayuda humanitaria y la asistencia en la lucha contra el COVID-19. Si ha habido históricamente un punto de contacto entre las perspectivas progresistas, nacionalistas y de izquierda, ese ha sido justamente la defensa a ultranza de los principios de independencia y soberanía en todos los órdenes, pero principalmente en el orden militar y securitario. 

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