“Militancia y literatura me nacieron juntas y, con sus chispazos, caminan en yunta”

Entrevista de Malisia, editora de “La sarna de los justos”, presentado junto a “Canto a la madre tierra” de Kevin Morawicki. Publicada el 12 de Mayo de 2016.

– ¿Quiénes son “los justos”?

En primer lugar, los “justos” no son, sino que somos. Nosotros mismos, aunque tanto nos cueste reconocernos con los extraviados ojos del otro. El poemario engaña, elabora una cierta perspectiva que parece disociar al narrador de los protagonistas. Pero esta distancia no es más que una forma de conjurar la impostura posible que nos acecha cuando intentamos hablar desde una diversidad de voces y experiencias que no conocemos ni podríamos conocer porque no están escritas sino que están atravesadas en la piel. Detrás del “ellos” que se expresa en los poemas, de la distancia que no se debe confundir con la equidistancia, lo que campea es en realidad un “vos” tercermundista y un “nosotros” bien latinoamericano. No hay fracturas aquí entre vagos y laburantes, entre pulcros y mugrientos, entre respetabilísimas señoras y miserables atorrantas. Los justos somos nosotros, los bajos fondos y los medio pelo, el raspado de la olla. Los calvos, las guachas, los tensos, las putas, los flácidos, las fatigadas, los feos. Mi abuela enferma, las barrenderas municipales, un tipo cualquiera muriendo una muerte cualquiera, el Quijote, Eva, el gaucho “malo” que nos mira con su perro desde el fondo del tiempo, los heroicos vencidos. Si la muerte engrandece y el trabajo dignifica, podemos decir que el tiempo, el dolor, la historia, nos hacen justos, o al menos, nos justifican.

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– ¿Cómo convive este poemario con tu tiempo histórico? Sí observamos el tiempo político del país, el triunfo de la derecha, etc.; tu libro aparece a “destiempo”, como por fuera del “ánimo general”. Entonces, ¿podemos pensar a La sarna en clave de un texto de recuperación y/o resistencia?

El poemario es un libro que indudablemente busca dialogar con la historia, hundir las raíces bien hondo y no florecer de más como esas plantas que se van en vicio. Pero no es, bajo ningún punto de vista, un libro apurado ni pretende intervenciones coyunturales. Por lo menos yo no veo a la mano un cielo por el que emprender el asalto, por lo que hay en estas páginas más fe y paciencia que torpes augurios pre-revolucionarios. Efectivamente hay una clave de recuperación de una memoria larga y a contrapelo. Aún así, más que de resistir se trata de dar testimonio, como decía Walsh, en tiempos difíciles (aunque sabemos con él que para los justos todo tiempo es difícil). Frente al cadáver en descomposición del periodismo, alguien tiene que hacer honor al oficio, y ahí la poesía parece una herramienta poderosa que puede conquistar, aunque tiene mucho trabajo por hacer para subsanar la dramática fractura cultural y colonial que la separa (al menos en sus formas letradas) de las clases populares: por eso quizás la figura del gaucho guitarrero, del payador, me sea tan sensible. Respecto al desfasaje del libro, ¿quién no vive a destiempo en este momento en que el poder camina de espaldas, quién no se siente acaso una mujer o un hombre de transición? Disiento de las teorías que auguran una vuelta a los noventa: creo que las fantasías del liberalismo pulcro y de ojos celestes conducen mucho más atrás, quizás al ´55, quizás a la primera década infame, o a las campañas de Roca y Victorica al “desierto”. Es necesario identificar la tremenda nostalgia restauradora detrás de una derecha aggiornada a los nuevos tiempos. Hay un odio largamente fermentado de clase, de raza y de género que está en plena ebullición. Por supuesto, no hay que asumir el fatalismo. A diferencia de las solitarias estirpes de García Márquez tendremos una segunda oportunidad sobre esta tierra argentina, de eso hay que estar seguros.

– ¿Es la poesía un campo de la militancia? ¿Es también arena política?

“Aunque traten de mariposas y nubes / y duendes y pescaditos”. Aunque verse sobre estos raros temas, decía Benedetti, todo poema será político, constitutivo de la militancia, parte de esa incesante batalla. Ríos de tinta han corrido para responder a estas sencillas preguntas y muchos intelectuales y artistas han pronunciado palabras muy competentes, por lo que poco podría agregar más que la voluntad empecinada de seguir escribiendo. Por mi parte, no soy un militante que llegó a la poesía ni un poeta que se topó con la política: militancia y literatura me nacieron juntas en algún año feliz y desde entonces, con sus chispazos, caminan en yunta. No sabrían hacer otra cosa. En una maravillosa película de Glauber Rocha, uno de sus personajes afirma: “la poesía y la política son demasiado para un solo hombre”. Afortunadamente todo el film no deja de contrariar esta frase, compaginando compromiso, memoria, voluntad y belleza.

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– ¿Cómo se vincula tu profesión de sociólogo con la de poeta? ¿Es La sarna de los justos poesía sociológica?

El editor del libro, Pablo Amadeo, se río cuando le llevé el poemario con un título posible que calificó de demasiado “sociológico”. Lo que él tal vez no sepa es que no me podría haber dicho peor insulto: lo descarté de inmediato. Pero me tomé revancha y renegué de algunas de sus sugerencias por ser demasiado “poéticas”, otro mal endémico de todos los tituladores. Si ha existido alguna vez un engendro tal como una “poesía sociológica”, no estoy dispuesto a hacerme cargo de la paternidad del monstruo. Me asumo como poeta, como militante y como docente: no creo que me quepan más identidades. Se trata de poesía a secas, sin apodos, sin apellidos, eficazmente inútil como solo ella puede serlo.

– ¿Por qué editar un segundo libro y no un primer libro?

Es un antídoto contra la negligencia, ni más ni menos, para no manchar más de la cuenta la respetable tradición de la literatura nacional. Es largo y conocido el historial de autores de todos los pelajes que se han arrepentido de sus libros noveles, renegando de ellos por sus entendibles limitaciones estéticas. Mi solución fue sencilla: transformar al segundo libro en el primero, lo que no descarta que “Lo feo también ama” pueda llegar a imprenta cuando decante por su propio peso o cuando la política justifique lanzar a la calle un poemario tanto más optimista que el primero.

RESEÑA MARIANO DUBIN

Empuñé un arma porque busco la palabra justa es la cifra con que Paco Urondo descubre, al mismo tiempo, revolución y escritura. Una larga tradición de la literatura argentina puede sintetizarse en esta frase: Bartolomé Hidalgo, José Hernández, Arturo Jauretche, Rodolfo Walsh y Roberto Santoro para nombrar sólo unos pocos. Lautaro Rivara con su propia violencia, ritmo y originalidad ingresa en este mundo. Sin embargo, no escribe en el éxtasis del optimismo revolucionario sino en la sarna de los justos. Recuerda, tal vez, a Tierra sin nada. Tierra de profetas o El hombre que está solo y espera de Scalabrini Ortiz en la búsqueda del barro donde se está formando la épica. No es el tiempo donde esa épica ya es política sino el instante anterior donde la tormenta sólo deja ver el horizonte al loco, al profeta y al revolucionario. Hasta acá las cuentas de Rivara con su tradición poética. Pero hay más: una escritura original que renueva los modos de la literatura política. Frente al aburrimiento y la comodidad del mundillo literario contemporáneo, la voz de Rivara es la de un viejo payador que con su tranco sencillo hace las preguntas necesarias: ¿De verdad han muerto las montoneras y las tacuaras, las boleadoras y los malones?

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