Lumumba: “no hemos olvidado”

Reseña y análisis a partir de la película “Lumumba” (2000) del director Raoul Peck.

El director haitiano Raoul Peck vuelve en “Lumumba” sobre una de sus figuras históricas predilectas: el líder nacionalista congoleño Patrice Lumumba, quien ocupó el cargo de Primer Ministro en la República Democrática del Congo (ex Zaire) hasta la fecha de su derrocamiento y asesinato. Peck ya había visitado a este personaje en la década del 90 desde el género documental con “Lumumba: la muerte de un profeta”. El retorno será aquí desde la ficción, y desde una mirada más amplia que tratará, pero desbordará, las circunstancias específicas de su muerte.

Quizás el primer acierto, evidente, esté dado por la extraordinaria caracterización del líder congoleño por parte del actor Eriq Ebouaney, quién más allá de su parecido notable ha logrado recrear desde la gestualidad de sus manos hasta el timbre de su voz. Tarea más que ardua desde el momento en que la película se propone recrear escenas históricas de las que consta registro audiovisual, como aquel célebre discurso del 30 de junio de 1960 cuando fue proclamada la independencia del Congo frente al mismísimo Rey Balduino de Bélgica y el pleno de las autoridades coloniales. Otro acierto, que el director repetirá y ampliará en “I am not your negro”, su última producción documental del año 2016, será un hábil y minucioso manejo de recursos de archivo, como la poderosa síntesis fotográfica que propone al comienzo y que le ahorra mayores precisiones sobre la brutalidad de los tiempos coloniales desde el comienzo del reinado de Leopoldo II, quién hizo del Congo Belga (no confundir con el territorio bajo dominio francés) su propiedad personal y su reservado coto de caza.

La voluntad colonial de tutelar todo el proceso, de sostener plenamente el sometimiento económico y el control de instituciones belgas clave como el conjunto de la oficialidad de las fuerzas armadas, serían desafiadas en ese entonces por el discurso “no autorizado” de Lumumba, en el que será, previsiblemente, uno de los momentos más álgidos de la trama -la del film y la de la historia-. Frente a la defensa impertérrita del acto colonizador, presentado incluso como gesta civilizatoria, el líder congoleño planteó en ese entonces: 1) un ejercicio de memoria histórica anticolonial que no pretendía hacer tabula rasa con el pasado (“nuestras heridas están muy frescas y son demasiado dolorosas para ser olvidadas”); 2) el rechazo de las relaciones externas cuando estén “encaminadas a imponernos una política foránea”; 3) la voluntad de alcanzar una plena soberanía económica y política (“vigilaremos que las tierras de nuestro país nativo realmente beneficien a sus hijos”); 4) Una política de unidad y de reconciliación nacional, tribal e incluso inter-racial, bregando por el respeto y acogida de la población belga asentada en el país; y 5) Una temprana visión panafricanista, en tanto concibe a la independencia del Congo como un paso “hacia la liberación del continente africano entero”.

Respecto al contexto continental, es evidente que el espectro francés y la radicalización política del Frente y el Ejército de Liberación Argelinos hacen parte del trasfondo histórico de la película, y son el contrapunto visible o invisible de las estrategias e interlocuciones de los actores coloniales, tanto belgas como norteamericanos. El interés, neocolonial, será ante todo preservar el control de los recursos estratégicos del país. Al respecto la película pondrá en boca de Lumumba un breve pero significativo recuento de las políticas predatorias de las potencias europeas desde el Congreso de Berlín del año 1878: el comercio de esclavos, el comercio de marfil, la extracción del caucho, y en ese entonces, la preeminencia del diamante y los minerales como el cobre, el manganeso y el zinc.

Dos factores determinantes habían determinado la concreción de la independencia congoleña y el propio ascenso político de Lumumba, cuyo arribo a la política independentista no es del todo bien narrado por la película, apareciendo como algo brusco y discontinuo su tránsito desde su pasado como vendedor de cervezas hasta su conversión en preso político del régimen colonial. Estos factores serían el contexto internacional propiciado por el fin de la Segunda Guerra Mundial y los primeros estertores de la descolonización africana, notablemente con epicentro en el Norte de África, la guerra de liberación argelina y el gobierno de Nasser en Egipto. En este marco, el caso congeleño brindará pese a todo valiosos lecciones para los movimientos de liberación nacional de todo el continente y, más aún, del Tercer Mundo. La interrupción violenta de un proceso pacífico y pactado, y el asesinato de un popular líder nacionalista y democrático (pese a la remañida estrategia de presentarlo como un comunista pro-soviético) sembrará dudas legítimas sobre la conveniencia y viabilidad de lograr la autodeterminación nacional por vía institucional y al amparo de las potencias occidentales.

Si se nos permite la comparación, el Congo de Lumumba vendrá a ser para el África lo que el Chile de Allende para el contexto latino-caribeño, mientras que Argelia ocuparía en la comparación el sitio de Cuba (no tanto en cuanto a sus resultados como por sus métodos, perspectivas y políticas de solidaridad internacional). Las vías armadas y no armadas (no diremos democráticas, porque no creemos que la creación de organizaciones político-militares y las estrategias insurgentes excluyan la práctica democrática per se) tendrán aquí un interesantísimo contrapunto estratégico en el llamado “Diálogo de América” sostenido entre Salvador Allende y Fidel Castro en Chile en 1971. Allí, sostendrá el líder cubano en una tácita polémica entre las vías cubana y chilena al socialismo: «Nosotros consideramos que este continente tiene en su vientre una criatura que se llama Revolución, que viene en camino y que inexorablemente, por ley biológica, por ley social, por ley de la historia tiene que nacer. Y nacerá de una forma o de otra. El parto será institucional, en un hospital o será en una casa. Serán ilustres médicos o será la partera quien recoja la criatura. Pero de todas maneras, habrá parto.» Entre las opciones del parto institucional o el parto hogareño, el aborto forzoso de la criatura congoleña clausurará prácticamente todo un camino y abrirá pasó a la radicalización de prácticamente toda la extensión continental africana y al surgimiento de innumerables guerrillas. Paradójicamente, las presuntas derivas comunistas de los movimientos independentistas, leídas desde la paranoia colonial propia del contexto de la Guerra Fía, serán como una especie de profecía auto-cumplida.

Otro punto de interés abordado lateralmente por la película tiene ver con el rol de las poblaciones belgas colonialmente asentadas en territorio congoleño. Quedan en evidencia, así, el menos tres cosas: 1) el profético “no hemos olvidado” del aludido discurso de Lumumba, por el cual resulta evidente la continuidad de las tensiones coloniales y la acumulación de rencores por los agravios sufridos por las poblaciones locales; 2) la utilización de la seguridad de estas poblaciones como excusas para garantizar los presuntos derechos de intervención y tutela por parte de las potencias coloniales, un argumento que los Estados Unidos han refinado y llevado al paroxismo en el contexto hemisférico, si atendemos a que buena parte de las invasiones en nuestra región (República Dominicana en 1965, Granada en 1983, Panamá en 1989, por mencionar solo algunas de las más emblemáticas) han utilizado como pretexto la “seguridad” y la salvaguarda de las poblaciones coloniales en los países periféricos; 3) la victimización de los victimarios, y un recurso que muestra la aparente universalidad de lo que Angela Davis dió en llamar “el mito del violador negro”. La primera preocupación y asociación de los colonos belgas aparece en la película como la inculpación generalizada a los congoleños como presuntos violadores seriales de las mujeres blancas.

Hacia el final de la película, el director nos presenta de manera urticante una contradicción de importancia para pensar la compleja génesis de las naciones coloniales, y también la fundación de sus propias historiografías En otro punto de nuestra metáfora, Mobute Sese Seko, “hombre fuerte” del gobierno independentista, comenzará a escalar posiciones en el esquema interno de poder, azotado de forma invariable por contradicciones políticas (entre tendencias más moderadas y más radicales) pero también por contradicciones regionales y tribales (siendo especialmente dramática la de la provincia de Katanga que concentra hasta el día de hoy buena parte de las minas de cobre y cobalto), hasta el punto de que emergieran los primeros atisbos de guerra civil, claramente azuzada también por factores exógenos. En este contexto Mobutu será elegido por los belgas, la CIA y los Estados Unidos para comandar el golpe que debía desplazar a Lumumba y desactivar a tiempo una eventual aproximación del país a la órbita soviética. Mobutu será luego una pieza clave de la geopolítica africana, teniendo un rol destacado en el hostigamiento a otros procesos independentistas como los de Angola, por ese entonces colonia portuguesa. La escena en cuestión presenta, en un contrapunto, la consolidación del régimen de Mobutu y la celebración oficial del primer año de la “independencia” congoleña, mientras que intercala secuencias del secuestro y fusilamiento de Lumumba. Contra lo que cabría quizás imaginar, Mobutu, principal responsable local del magnicidio, va a presentar a Lumumba como el fundador de la nación y como el gran héroe civil de la flamante república.

Este caso, sin embargo, escapa a la ficción, y no resulta excepcional en nuestras naciones. En la Argentina, en Haití, en Colombia o en varias otras naciones latino-caribeñas, las políticas de la memoria y la fundación de la historiografía nacional han sido fundadas mediante la “estatuificación” de las grandes figuras precursoras. Puestas en mármol pero despojadas de osadías y programas, reducidas a una ética huera y a una performance escolar rutinaria, ha pasado con Lumumba en el Congo lo mismo que con las figuras de San Martín, Dessalines o Bolívar. Vencer será para los poderes coloniales y las nuevas élites nativas el hecho de ungir y consagrar figuras que denostaron y combatieron en vida, “enterrándolas históricamente” -la expresión es de Domingo Faustino Sarmiento-. En este marco, bienvenido sea el film de Raoul Peck como un necesario ejercicio de exhumación histórica de una figura que tampoco hemos olvidado.

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