Geopolítica, imperialismo y liberación en Nuestra América

Clase para la cuarta edición de la Diplomatura en Filosofía de la Liberación (movimientos sociales, geopolítica y religiosidad en Abya Yala) organizada por la AFyL Argentina y la Universidad Nacional de Jujuy. Año 2020.

Temas: Geopolítica y liberación: espacio, política y poder. América Latina y el Caribe en la geopolítica contemporánea: declive norteamericano, disputas inter-imperialistas y transición hegemónica. Nuevas doctrinas de intervención y seguridad: guerra de cuarta generación, revoluciones de colores, guerras híbridas, guerra económica, intervenciones “humanitarias” y neoliberalismo de guerra.


Presentación del tema y los materiales

Buenos días, tardes o noches para todas y todos, donde sea que se encuentren. En esta clase vamos a trabajar en la intersección de dos de los ejes vertebradores de esta cuarta edición de la diplomatura. Nos referiremos a un campo problemático que tiene que ver tanto con la praxis de los movimientos sociales como con la perspectiva geopolítica, entendida como una mediación estratégica fundamental entre la interpretación del mundo y su necesaria transformación. Para ello les proponemos y dejamos a disposición una serie de materiales que clasificamos entre básicos, ampliatorios, visuales y audiovisuales.

Respecto a los primeros, trabajaremos sobre un apartado de una obra fundante de la filosofía de la liberación. Nos referimos al libro homónimo de Enrique Dussel editado por primera vez en el año 1977. Puntualmente haremos hincapié en un apartado titulado “Geopolítica y filosofía”, que oficiará de puente fundamental entre la perspectiva general de la diplomatura y los contenidos puntuales de esta clase. El texto aborda para ello la centralísima noción de “espacio”, y analiza el devenir de los diferentes centros y periferias de cada etapa de la historia humana, cifrando en ellos sus respectivas ontologías y filosofías (críticas, liberacionistas o decoloniales). En segundo lugar trabajaremos en relación a un apartado del libro “América Latina en la geopolítica del imperialismo” del marxista argentino Atilio Borón, que sentará las coordenadas básicas del debate geopolítico en la actualidad de nuestro contexto hemisférico, sobredeterminado hace más de un siglo y medio por la gravitación, ahora declinante, del imperialismo estadounidense. En tercer lugar, y haciendo de los movimientos sociales no solo un eje temático sino recuperando también su propia perspectiva epistemológica, trabajaremos sobre un dossier colaborativo publicado por el Instituto Tricontinental de Investigación Social, un espacio de investigación compuesto por intelectuales orgánicos a los movimientos sociales de África, Asia y América Latina y el Caribe. Dicho dossier presenta un análisis, anclado sobre todo en la realidad de la Venezuela bolivariana (pero también atendiendo a la realidad de otras naciones como Colombia o Haití) del diverso, complejo y complementario repertorio de medidas de intervención imperial.

Hemos decidido, por cuestiones de espacio y para no fatigar con las lecturas, delegar a los materiales optativos un debate que no por eso consideramos menos determinante: aquel ligado al rol de las viejas y nuevas intelectualidades críticas, y al balance, en particular, de la praxis de la intelectualidad latinocaribeña contemporánea. En relación a este tema podrán referirse al artículo de nuestra autoría titulado “Temas para una revisión crítica de la intelectualidad latinoamericana contemporánea” y a otro dossier del Instituto Tricontinental, el número 13, que lleva por nombre “La nueva intelectualidad” y parte desde una perspectiva y un diálogo más amplios, de tipo Sur-Sur. Para quién quiera profundizar en cambio en la situación geopolítica general, con especial énfasis en nuestra región, podrán valerse del libro completo del propio Borón, y para quien quiere profundizar en un territorio de la densidad geopolítica de la Cuenca del Caribe, les dejamos también el material ampliatorio de Ana Esther Ceceña llamado “El Gran Caribe, umbral de la geopolítica mundial”. Respecto al repertorio de acciones imperiales y recolonizadoras, dejamos a disposición el texto del uruguayo Aram Aharonian que profundiza en el terrorismo mediático y en la centralidad estratégica de la comunicación en el presente siglo; el de la cubana Leyla Carillo Ramírez que hace lo propio sobre las “intervenciones humanitarias” y el complejo rol de las ONGs coloniales y la llamada “cooperación internacional”; y el del ruso Andrew Korybko, proveniente de otra tradición intelectual y política pero no por ello menos relevante, quién aborda conceptos como los de “guerras híbridas”, “guerras no convencionales” y “revoluciones de colores”. Por último, encontrarán una serie de imágenes de proyecciones cartográficas que comentaremos brevemente a continuación, así como un material audiovisual de la participación de Enrique Dussel en el programa “Dossier” del periodista y especialista en geopolítica Walter Martínez.

Espacio, poder y política

No es casual que el libro clásico de Dussel (Filosofía de la liberación: 1977) comience por un apartado titulado “historia”, el que a su vez es constituido exclusivamente por un subapartado que lleva por nombre “geopolítica y filosofía”. Es imposible pensar la filosofía de la liberación en particular, y las filosofías en particular, sin comprender la noción de “espacio”, y con ella el despliegue espacial de la filosofía y de la dominación a lo largo de la historia de la humanidad. Del mismo modo, las tentativas liberacionistas de los pueblos y filósofos del sur no pueden prescindir de la dimensión geopolítica como una herramienta epistemológica clave, pero también como una mediación estratégica fundamental. El poder se concentra en el espacio de formas desiguales, y el espacio será, por lo tanto, un terreno privilegiado de la acción política, ya sea colonial o liberadora.

Como explicará Dussel, los sucesivos centros globales, y desde el año 1492 la propia Modernidad, han asumido una forma totalizante y excluyente de explicación del mundo que conocemos como ontología. La ontología construye un sujeto presuntamente universal, pleno, sin costuras ni cicatrices, que a la vez, paradójicamente, presupone y niega lo que en términos del pensador antillano Frantz Fanon llamaríamos el “no-ser”. Si en el espacio-tiempo que nos han enseñado como la “Antigüedad clásica” el ser era representado por el varón griego y libre de la polis, en cambio el no-ser, con diferentes matices, era encarnado por el asiático y por el bárbaro europeo. Si en tiempos del Encubrimiento de América el ser era representado por el conquistador católico español o portugués, el no-ser en cambio será determinado por los indígenas americanos, y más tarde, por las negritudes víctimas de la trata. Si la Revolución Francesa proclamará los pretendidos “Derechos Universales del Hombre y del Ciudadano” enunciando así a su ser correlativo (el varón europeo blanco y propietario), el no ser-de las mujeres será proclamado en la guillotina que le cortará a la cabeza a Olympe de Gouges, mientras que el no-ser de los negros y los sujetos coloniales en general será sentenciado enviando un ejército de decenas de miles de hombres a aplastar las revoluciones de Haití y Guadalupe a comienzos del siglo XIX.

Esquema 1, Dussel (1977: 14)

En palabras de Dussel, “La filosofía clásica de todos los tiempos es el acabamiento o el cumplimiento teórico de la opresión práctica de las periferias” (17:1977). Cada filosofía clásica (es decir, cada ontología) sentenciará también los lugares y los no-lugares, o, expresado en lenguaje geopolítico, los centros y las periferias respectivas de cada momento histórico. Por supuesto que la filosofía dominante buscará (y lo logrará en parte) dar una apariencia de perennidad a su dominación, sentenciando, a la vez, que el centro geopolítico (la o las metrópolis) y que el centro ontológico (el ser) siempre estuvieron allí, y seguirán existiendo a perpetuidad. Por eso nada resulta tan urticante para los centros de poder y para los centros de saber que el señalar la provisoriedad de su dominación, y más aún demostrar, como lo hará Enrique Dussel, el carácter provinciano de su ubicación en el mundo y el carácter precario de sus propias ontologías. Para el europeo o el norteamericano “universales” entra casi en el terreno de lo impensable el reconocer la superioridad indiscutible de la ciencia arábiga o maya cuando la cultura europea apenas si daba sus primeros balbuceos, así como subrayar su emplazamiento periférico al mega-continente euro-asiático hasta que la apertura al nuevo centro puesto en el Atlántico Norte y la explotación masiva del oro y la plata de América comenzaran a cambiar las correlaciones de fuerzas globales.

Es importante puntualizar que aunque siempre ha existido una dimensión geopolítica en las relaciones humanas, y por ende esquemas regionales de centros y periferias, nunca, hasta el arribo de la Modernidad, la totalidad de la geografía planetaria había sido ordenada en un solo esquema global. Y nunca, por lo tanto, la ontología dominante había sido tan hegemónica, excluyente y autosuficiente como hasta hoy en día. Una de las expresiones más cercanas y a la vez más “naturales” de esta geopolítica dominante será la construcción de instrumentos cartográficos que se han vuelto de uso universal. Para reflexionar sobre ello hemos colocado en los materiales de la clase una serie de proyecciones cartográficas ordenadas secuencialmente de las figuras 1 a la 6.

Las primeras dos proyecciones les resultarán las más familiares, y parten, como todas, de la imposibilidad lógica de plasmar las tres dimensiones de una esfera (o más bien une esferoide) como lo es nuestro planeta en un plano que solo tiene solo dos dimensiones. La proyección construida por el genovés Gerardus Mercator (figura n.º 1) tiene la ventaja de respetar las formas de las masas continentales, pero deformando gravemente sus proporciones, sobre-representando las zonas cercanas al polo, y, casualmente, a la propia Europa. Por otro lado, la proyección del alemán Arno Peters (figura n° 2) respeta las proporciones pero distorsiona gravemente las formas, sin destronar la centralidad europea. La figura n.º 3, al superponer ambas proyecciones, resulta aún más clara. La figura n.º 4 muestra una proyección inhabitual pero que quizás identifiquen por el conocido logo de las Naciones Unidas: se trata de la llamada “acimutal equidistante”. Esta, geocentrada en la Antártida, distorsiona tanto las proporciones como las formas conforme se aleja del centro, dado que no se trata de la representación de una construcción geométrica. La proyección del australiano Stuart McArthur (figura n°5) de tipo “correctiva”, invierte el orden de los polos y el de todo el mapa, restaurando la que pareciera ser la posición más lógica de un mundo que como decía el maestro Eduardo Galeano aparece “patas arriba” en los mapas tradicionales. Con ella se vuelve literal la sentencia de Joaquín Torres García quién supo decir que “nuestro norte es el sur”. Además, descentra el eje atlántico-europeo y sitúa claramente allí a Australia y al Pacífico. Otras de las infinitas proyecciones que podríamos rastrear han reflejado diversos centros geopolíticos colocando los centros cartográficos en la tierra santa de las grandes religiones monoteístas, mientras que otras han hecho lo propio con China por ejemplo.

En la última figura (n.º 6) les presentamos lo que consideramos un audaz ejemplo práctico de descolonización epistémica. Se trata de una proyección diseñada por un diseñador e inventor estadounidense, Richard Buckminster Fuller, que presenta una distorsión menor del tamaño relativo de las partes que la proyección Mercator, y una distorsión menor en las formas, que la que encontramos en la proyección Peters. El mapa “dymaxion” de Fuller descentra aún más radicalmente que la proyección McArthur las proyecciones cartográficas tradicionales que colocaban a Europa y al Atlántico Norte como el centro “natural” del mundo. Aún más, este mapa carece incluso de centro, de periferias y de cualquier otra dirección que no sea la del “adentro” y el “afuera”, pudiendo replegarse en un poliedro o desplegarse en vario planos diferentes como si se tratara de un origami.

Incluso los nombres sucesivos que ha adquirido nuestro continente han expresado históricamente los intentos de las ontologías dominantes por nombrarnos y de esta manera situarnos en la periferia filosófica del mundo: desde las Indias Occidentales, que remitían a la lejana periferia del mundo conocido hasta ese momento por la Europa en gestación, hasta los nombres que remiten a la genealogía de descubridores europeos felizmente reapropiados por los pueblos (Columbia, América), y las denominaciones que buscaban enfatizar nuestra presunta común pertenencia a alguna porción del Occidente dominante (Hispanoamérica, de los españoles,Iberoamérica, de los íberos, América Latina, es decir, la de los latinos). No faltarán tampoco los intentos de las intelectualidades nativas y descoloniales por recuperar un eje propio, como la recuperación del Abya Yala de los pueblos kunas, el Indoamérica popularizado por el APRA peruano, o el Nuestra América de José Martí. Este mismo proceso podemos encontrarlo en todas las regiones periferizadas por el Occidente, como también lo denotan las denominaciones coloniales del Oriente (el Oriente Próximo, Medio y Lejano) siempre desde el punto de referencia del centro geopolítico europeo.

El imperio norteamericano y la Transición Geopolítica de la Hegemonía Global

Quince siglos duró el Imperio Bizantino. Siete siglos sobrevivió el Otomano. Cinco siglos gobernó el Imperio de Roma. Pero hace poco más de setenta años que el imperio norteamericano se consolidó a nivel global y muestra ya síntomas de fatiga.

Decíamos al comienzo que al menos el último siglo y medio la historia de América Latina y el Caribe (y claramente desde la segunda posguerra europea el resto del planeta) aparece sobredeterminada, en grados diversos, por la hegemonía estadounidense en todos los planos: comercial, financiera, diplomática, tecnológica, cultural, comunicacional y, por supuesto, militar. Nos referimos a que, finalizada su guerra de independencia las Trece Colonias comenzaron una voraz expansión geométrica mediante el genocidio y reducción de los pueblos indígenas del Oeste, a través de la compra y la cesión de territorios de parte de otros imperios, y mediante la guerra de conquista que los llevaría a su constitución más o menos definitiva, finalizada la anexión de la mitad del territorio mexicano en 1848 y con la ocupación de Puerto Rico, Cuba, las Filipinas, y Hawai en 1898. Hasta el día de hoy, de los 17 territorios por descolonizar reconocidos por las Naciones Unidas, cuatro están bajo dominación de los Estados Unidos (Guam, Islas Vírgenes de los Estados Unidos, Samoa y Puerto Rico).

Lo que quisiéramos aquí es sintetizar las coordenadas centrales de lo que definimos como el declive lento pero irrefrenable de los Estados Unidos y el comienzo de una Transición Geopolítica de la Hegemonía Global, en donde el centro de gravitación del sistema global está cambiando su eje desde el Occidente hacia el Oriente. Esta transformación, que no es la primera de la historia, y que aún antes de la Escuela de los Anales y de la Teoría del Sistema-Mundo ya fuera analizada por el sociólogo trinitense-estadounidense Oliver Cox en la década del ‘50, sí presenta novedades fundamentales, al darse en medio de una crisis que presenta tal cantidad de aristas y dimensiones que algunos autores no dudan en calificar de “civilizatoria”.

El texto de Borón (2012) presenta un excelente síntesis de los síntomas más relevantes de este declive: entre algunos factores podemos mencionar la crisis económica norteamericana y un nivel de endeudamiento público muy superior a su producto bruto; la dependencia total de los Estados Unidos respecto de las reservas globales de petróleo y minerales estratégicos de otros países (lo que explica, en parte, el agresivo esfuerzo por recuperar el control geopolítico de Venezuela, el país con las mayores reservas probadas de crudo del mundo); la creciente pérdida de hegemonía del dólar, que ha comenzado a ser reemplazada, aunque aún marginalmente, por los intercambios comerciales en otras monedas de peso como el euro y el yuan; la creciente insolvencia e irresolución de las tentativas militares norteamericanas, como evidencia el pantano de las guerras de intervención en Medio Oriente (Irak, Afganistán, etc); la aún irresuelta crisis del 2008 y la volatilidad general del sistema financiero; la irrupción de China como la segunda economía del planeta, y tras de ella, el empuje general de toda Asia; las crecientes tensiones en la alianza atlántica entre Estados Unidos y la Unión Europea, así como la crisis aparentemente terminal de ésta última desatada con el Brexit; las tensiones cada vez más profundas que aquejan al viejo orden mundial y al sistema internacional surgido de la Segunda Posguerra; y, agregamos nosotros, las fenomenales contradicciones etno-clasistas que han hecho erupción con las multitudinarias protestas de las poblaciones afronortemaericanas, así como el desafío presentado por el creciente peso demográfico de la población “latina” en los Estados Unidos.

Fuente: Ceceña et al (2010)

Ahora bien, la pérdida creciente de hegemonía global de los Estados Unidos no implica un relajamiento de las relaciones neocoloniales impuestas en América Latina y el Caribe. Muy por el contrario, su reacción natural es el reaseguro de su zona de seguridad militar como muestra el mapa de ejercicios militares recientes en el Gran Caribe, que es a la vez su principal reserva de mercados seguros y bienes naturales. El arranque de la contraofensiva que Borón señala con el hito de la movilización de la IV Flota en el año 2008, se ha profundizado a marchas forzadas desde la publicación de su libro. Por lo tanto, es razonable esperar la creciente militarización de las relaciones intra-regionales, niveles cada vez más explícitos de injerencia y un celo cada vez mayor respecto de una región que las doctrinas y los corolarios imperialistas considerar un lago interior (el Caribe) y un patio trasero (América Latina toda). La riqueza energética, mineral, hídrica y la biodiversidad concentrada en nuestra región es y será uno de sus motivos fundamentales. Además, el propio aumento de la competencia inter-imperialista que acompaña a cada período de transición hegemónica global se verifica también en nuestros territorios. Rusia ha aumentado su presencia y cooperación militar estratégica con países como Venezuela, y China se consolidó, a lo largo del 2018, como el segundo socio comercial de América Latina y el Caribe. Además, su importancia se verifica en grandes iniciativas desde el Arco Minero del Orinoco hasta el proyecto de construir un gran canal interoceánico en Nicaragua que rivalice con el estratégico Canal de Panamá.

Borón asegura sin embargo que ni China ni ninguna otra potencia podrá reeditar la excepcional combinación de factores que constituyeron un mundo unipolar como el hegemonizado por los Estados Unidos desde la década del ‘90. Por eso, su tesis señala habla de una “vacancia hegemónica sin reemplazo del hegemón”, cuestión en torno a la cual les proponemos reflexionar. La imaginación geopolítica, la previsión de perspectivas y cursos de acción a futuro resulta fundamental en un mundo como el de hoy que parece recrear distopías de todo tipo. Lo que está claro es que a mayor descomposición, mayor agresividad, y que si hablamos del ocaso del unipolarismo hegemónico, no podemos decir lo mismo del unipolarismo militar. La transición hacia un nuevo orden o desorden global, cualquiera sea, no será pacífica. Sin embargo, creemos que aún es necesario resaltar una nota esperanzadora. En la historia de América Latina y el Caribe y, creemos, en la historia general de los pueblos del Sur Global, los momentos de transición hegemónica y de recalentamiento de la competencia inter-imperial también han sido los momentos en donde es probable el insurgir de modelos alternativos: nuestras propias, limitadas e inconclusas “primeras independencias” tuvieron por ejemplo mucho que ver con el agotamiento de la hegemonía española y el despuntar de la británica. Claro que ninguna oportunidad regala sus certezas, y es por eso que, con Borón, creemos que el estudio paciente y meticuloso del gran hegemón, de su historia, de su cultura, de su economía, de su sistema político, e incluso de su complejo militar-industrial, es una condición sine qua non para entrever una alternativa descolonizadora.

El repertorio imperial: teorías y técnicas de intervención

Pasemos ahora al último momento de nuestra clase. En este caso tomaremos como punto de partida el dossier del Instituto Tricontinental n.º 17 titulado “Venezuela y las guerras híbridas en Nuestra América”.

A lo largo de su historia como República Imperial, los Estados Unidos han desarrollado una serie de doctrinas y corolarios imperialistas que han expresado las justificaciones geopolíticas, filosóficas y hasta religiosas elementales de su expansionismo y su hegemonismo. La Doctrina Monroe y el llamado Destino Manifiesto son apenas dos de las más conocidas, pero no las únicas. Ahora bien, estas doctrinas y corolarios han encontrado también su correlato estratégico en diferentes paradigmas de lo que los propios Estados Unidos han dado en llamar su “seguridad nacional”, pero que nosotros preferimos denominar como doctrinas de seguridad, de intervención o de contra-insurgencia.

El paradigma anterior, conocido como guerra de “cuarta generación” o “asimétrica”, implicaba precisamente la confrontación entre fuerzas convencionales (ejércitos regulares nacionales o fuerzas regulares de ocupación) contra fuerzas insurgentes (formaciones guerrillas, organizaciones político-militares de todo tipo, o, según las nuevas denominaciones, “terroristas”). De ahí la doctrina del “enemigo interno” común a las políticas de terrorismo de Estado articuladas en lo que se conoció como el Plan Cóndor, e incluso la idea del “enemigo difuso” tan utilizada para justificar las guerras en Medio Oriente. El paradigma de la Guerra Híbrida de alguna forma incorpora y supera al anterior. El enemigo definido aquí pasa a ser una formación nacional entera, o segmentos de su población. La fuerza atacante, en cambio, se vuelve invisible y opaca, y opera a través de una serie de agentes tercerizados que actúan de forma orquestada.

Fuente: Korybko (2019:119)

El concepto es reciente y no ha sedimentado del todo aún. Sin embargo, en la acepción de Korybko (2019), la Guerra Híbrida es un enfoque que tiene como objetivo propiciar el cambio de regímenes políticos no favorables a los intereses de los Estados Unidos. Ésta engloba dos procesos generales: las estrategias de “guerra no convencional” ya contempladas en el paradigma anterior de la guerra asimétrica, pero también lo que el llama “Revoluciones de Colores”. Éstas consistirían en el estímulo a procesos controlados de insubordinación civil presentados como progresivos o incluso revolucionarios, como las llamadas “guarimbas” desarrolladas en Venezuela durante en el año 2014. Esta estrategia utilizaría como vectores fundamentales a la población civil, a actores infiltrados, a ONGs coloniales y a otros agentes, y se propagaría a través de los nuevos medios de comunicación y las redes sociales, además de utilizar las protestas callejeras como forma de desestabilización. Venezuela será, por tanto, el gran laboratorio continental de la guerra híbrida, teniendo como pilares no sólo el estímulo a presuntas “revoluciones de colores” sino también una estrategia minuciosa, sostenida y implacable de guerra económica que el dossier documenta con detalle.

Otras formas de intervención y control poblacional son desarrolladas en la actualidad en otros dos laboratorios centrales de la geopolítica regional: se trata de Haití y Colombia. El primero por haber constituido un caso inédito de lo que consideramos una guerra unilateral internacional, con el despliegue de tropas de ocupación de las Naciones Unidas (la MINUSTAH y la MINUJUSTH) entre el año 2004 y 2019, y por ser el caso más avanzado de propagación e implantación de ONGs coloniales que constituyen la rama civil de la política imperial norteamericana y europea. Bajo el desarrollo de conceptos como “estados débiles” o “estados fallidos” se ha justificado un modelo de “gobernanza” que articula a actores como las misiones de ocupación, las ONGs de la USAID o la Comisión Europea, a las iglesias neopentecostales oriundas de los Estados Unidos y al crimen organizado, actores que inducen una soberanía blanda y porosa que facilita la libre movilidad de capitales y mercancías que precisa el sistema hegemónico global. Para el caso colombiano, el llamado “neoliberalismo de guerra” y la existencia de una narco-clase dominante (Gustavo Petro, ex alcalde de Bogotá, supo decir que en Colombia no había terratenientes, sino narcotraficantes con vacas) ha hecho de un extensísimo conflicto interno que ha generado decenas de miles de muertos y millones de desplazados las condición natural de su “acumulación”. Todo este esquema, por supuesto, está estrechamente imbricado con la política de seguridad de los Estados Unidos justificada por la coartada de la “guerra contra el narcotráfico”.

Para terminar la clase y comenzar las lecturas

El tránsito que lleva de la interpretación crítica del mundo a su transformación, es decir de la filosofía (entendida como crítica de la ontología) a la liberación, requiere de una serie de mediaciones. Una de ellas, insoslayable, es la geopolítica. Otra son los movimientos sociales y demás instrumentos organizativos de los pueblos, lo que responde también a una tesis menos recordada de Marx sobre Feurbach, en donde el joven intelectual de Tréveris se preguntaba también sobre quién habría de educar al educador.

El tema que hemos abordado es sin dudas extenso, y podría motivar seminarios y hasta diplomaturas enteras. Nuestro interés fue solo hacer una presentación somera desde lo general hasta lo particular. Para puntualizar en algunos de los aspectos aquí tratados y en muchos otros, les recomendamos la bibliografía disponible, así como el material audiovisual. Quisiéramos para terminar hacer nuestras las palabras de Ramón Grosfoguel, cuando sentenciaba que “sin anti-imperialismo no hay decolonialidad”.

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