La biblia, el manifiesto y otros pasquines universales

Afirmaba el marxista británico Terry Eagleton: “no hay gobiernos cartesianos, guerrilleros platónicos, ni sindicatos hegelianos. Ni los más contumaces críticos de Marx negarán que él transformó nuestra manera de entender la historia humana”. Pero oteando el mundo desde nuestro rincón sureño, agregaríamos que en América Latina y el Caribe hubo -y hay también- gobiernos evangélicos, guerrilleros cristianos y sindicatos católicos. Por lo que hemos de deducir que antes del obrar de quién al decir del poeta salvadoreño Roque Dalton “le corrigió la renca labor a Dios”, también el cristianismo transformó profundamente nuestra forma de entender la historia humana.

Digo esto a cuento de algo que me impactó profundamente. En el ranchito humilde de una familia campesina, en una montaña apartada de una pequeña sección comunal en el áspero noroeste del país, me fue dado encontrar dos libros. Sólo dos. Aquí, en este lugar que es como aquel en el que se veían las costuras algorítmicas de la Matrix. Aquel lugar que Dios ni se tomó la molestia de crear del todo para nosotros, trazando apenas sus contornos, porque se suponía que nunca deberíamos haber llegado a estas encrucijadas. ¿Por qué, al fin y al cabo, habríamos de estar aquí? ¿Que extraña elipse había hecho colisionar planetas tan distantes?

Aquí, decía, en este rincón apartado, encontré dos libros. Yacían lomo a lomo, desparramados en una mesa junto a la esmerada vajilla campesina, en una sala fresca y deshabitada, porque aquí la vida corre extramuros y, según el poema, “no es para quedarnos en casa que hacemos una casa”. Los dos tomos, uno celeste y el otro azul, uno delgado y otro mas bien grueso, estaban traducidos en un correcto y esperado creol. Y lo más importante de todo: habían sido leídos, marcados con varios trazos diferentes y releídos con esmero. Algunas hojas, sueltas, habían sido acomodadas en lugares equivocados, marcando un curioso itinerario a las próximas lecturas. Por que las habría, sin dudarlo, en esta y en las próximas generaciones. Estos dos libros, que eran el comienzo y el final de esta parca biblioteca campesina, eran el Manifiesto Comunista y la Biblia, con sus antiguos y sus nuevos testamentos. Pensé, entonces, que mientras tantos libros que fueron moda ayer, hoy no valen ni su peso en celulosa, estos dos breves pasquines, en toda la juventud de sus 170 y sus 2300 respectivos años, seguían orientando la praxis de millones de hombres y mujeres, en todas las lenguas, en todos los cantos del planeta. ¿Cuántos podrían jactarse de lo mismo?

¿Que se trata de libros coloniales? Tal vez. ¿Semitas y europeos? Sin duda. ¿Distantes de esta realidad caribeña? Basta medirla en los mapas. Pero sospecho que su presencia incombustible se debe a otras razones. Nada embutido en la conciencia por la mera fuerza sobrevive estos añares, que ya envidarían para sí las tortugas francas y los árboles más longevos. Se trata de libros proféticos, cuya misión es pontificar en su acepción primera: es decir, tender puentes. Siempre habrá gente dispuesta a recibir una buena nueva. De allí el largo camino que han recorrido sus simples palabras desde el arameo, el hebrero y el alemán hasta esta lengua creol tan singular que los profetas originales no conocerían. Por que al fin y al cabo se trata de eso, tan solo de palabras. Pero palabras como aquellas de Aime Césaire: palabras que son “sangre nueva, palabras que son marejadas y erisipelas, paludismos y lavas y fuegos de manigua”. Palabras que queman.

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