Francisco René Santucho, el indigenismo y la integración nacional-latinoamericana

Francisco René Santucho fue un intelectual original que ensayó una síntesis creativa entre el indigenismo argentino, el marxismo latinoamericano y el federalismo rioplatense. En este esfuerzo entabló un interesante diálogo con otros intelectuales como Rodolfo Kusch sobre la cuestión indígena, a través de los conceptos de persistencia histórica y absorción cultural; y con Bernardo Canal Feijóo, a la hora de analizar la formación social-nacional argentina, en particular su centralismo, sus desequilibrios regionales y la integración nacional-latinoamericana. También planteó, con su praxis, una actualización sobre los debates en torno al rol del intelectual, en la intersección entre las labores específicamente intelectuales y la praxis política. Publicado en la revista De Raíz Diversa (México).

“Un día el maestro les dijo que eran argentinos,

otro día les explicó que eran santiagueños.

¡Cómo! ¿Eran argentinos o eran santiagueños?

Pero después aprendió que era argentino,

que era santiagueño y que era costeño también.”

Jorge W. Ábalos, Shunko (1949)

Francisco René Santucho (FRS en adelante) es una figura opaca de la historia intelectual argentina . Ensombrecido por la trayectoria eclipsante de su hermano Mario Roberto Santucho, los aportes intelectuales y la praxis política de FRS (1925-1975) han pasado prácticamente desapercibidos, como lo atestiguan los 41 largos años que hemos debido esperar para disponer de sus obras completas, aparecidas en 2016 bajo una edición colaborativa.1 FRSfue ante todo un autodidacta que se desplazó continuamente por diferentes andariveles de la reflexión teórica, en sus trabajos sucesivos como editor, crítico, librero, promotor cultural, historiador, ensayista y dirigente político (Picco, 2016). Fundador en 1961 del Frente Indoamericano Indigenista Popular (FRIP) (Volonté, 2015) y más tarde dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), también sufrió como su hermano y su familia los embates de la represión de la última dictadura cívico-militar argentina desarrollada entre los años 1976 y 1983 (Santucho, 2009). Fue fundador de la librería Dimensión y de la revista homónima en 1956 en la capital santiagueña (Tasso, 2012), desde la que abordó diversas aristas del problema nacional, tales como la cuestión indígena, la perspectiva federal, la condición mediterránea de su provincia, el marxismo y la identidad latinoamericana. Muchos de los textos aquí tratados fueron publicados en dicha revista.

Ya en otro trabajo (Rivara, 2017), complementario del presente, adelantamos tres hipótesis para explicar el relativo desconocimiento en el medio intelectual y académico de la producción de FRS. Nos limitaremos a reponerlas sucintamente. En nuestra opinión tres factores confluyen para soslayar los aportes de quien, desde una perspectiva situada, ensayó una original intersección entre indigenismo, federalismo y marxismo. Estos son, 1) la construcción en el período 2003-2015 de un canon cultural e intelectual que privilegió el rescate de figuras asociadas al campo de la izquierda peronista, y no tanto así a referentes originarios de otras tradiciones críticas y de izquierda. 2) La invisibilización de largo aliento de las perspectivas indigenistas en nuestro país, en el seno de una formación social que, debido a los fenómenos de colonialismo interno y racismo estructural, no reconoce la cuestión indígena como un factor gravitante para explicar los fenómenos históricos y sociales. 3) Lo que hemos llamado el “centralismo persistente” de nuestra formación nacional y, por añadidura, de los campos académicos e intelectuales centralizados en la Ciudad de Buenos Aires y en sus redes de legitimación institucional.

El indigenismo de FRS: persistencia histórica y absorción cultural

Leemos en la novela Shunko de Jorge Ábalos (2010) que los ríos Salado y Dulce no alcanzan a satisfacer al “gigante sediento que es Santiago del Estero”. Tierra dura, tierra seca, pero generosa a su modo, manantial incluso, en cuanto a su diversidad étnica y cultural. Con esta diversidad decidió ajustar cuentas FRS en algunos de sus desarrollos intelectuales tempranos. Los textos “Gravitación del factor indígena en la provincia de Santiago del Estero” (1953) y “El indio en la provincia de Santiago del Estero” (1954), dan cuenta de esta preocupación primera por “desapocar”, por dejar al descubierto la raíz indígena de una constitución histórico-social, en principio provincial, que resulta ininteligible de no comprender el impacto del pasado pre-americano y de la ruptura colonial. Este factor indígena, subestimado o invisibilizado de plano por las epistemes dominantes es, para nuestro autor, un elemento interpretativo insoslayable de las costumbres, las prácticas económicas, la sociabilidad y la lengua de las clases populares. E incluso de una recóndita y más difícilmente aprehensible dimensión psíquica.

Es inevitable trazar aquí un paralelismo entre FRS y el filósofo indigenista Rodolfo Kusch (1922-1979). Porteño este, santiagueño aquel. De apellido indígena, piel morena y rasgos aindiados el primero; luengo, blanco y descendiente de alemanes el segundo. Las coincidencias intelectuales, no obstante, son notables. Y alcanzaron incluso para estrechar una amistad consumada durante el paso de Kusch por Santiago del Estero. De lo que no hay dudas es de la contribución de éste para el anteúltimo número de la Revista Dimensión con “El hedor de América”, breves páginas que se convertirán años más tarde en la introducción de América Profunda, el texto más representativo de las indagaciones kuscheanas. Pero veamos en detalle estas coincidencias. Respecto a la población santiagueña, sostiene FRS:

la laboriosidad de aquellas masas indígenas originarias seguía siendo una característica del pueblo; las costumbres, inclusive la lengua, la psicología, el tipo de alimentación, en fin, casi todos los atributos de su matriz india pervivían a través de los siglos, involucrados dentro de un nuevo ciclo de desenvolvimiento (…) Del conjunto del desarrollo anterior, surge claramente la importancia numérica de los indígenas, en lo que hoy constituye Santiago del Estero (2006: 88-89).

En la misma línea Kusch se refiere a la supervivencia, o más bien, la subyacencia de lo indígena, ya que lo indígena no persiste de cualquier manera, sino soterrado y colonialmente reprimido. Se dedica, por tanto, a analizar

zonas como el norte argentino, donde, por debajo de la cultura dinámica, alienta el antiguo estrato a modo de quiste, con su antiguo aliento comunitario y colectivista. Es un sustrato que se mantiene ignorado y no se registra sino en el plano folklórico o etnográfico, pero ofrece su resistencia sorda (…) Una de las características de la cultura indígena consiste indudablemente en que debe subyacer a las estructuras republicanas. Y es este subyacer o estar debajo lo que la mantiene en estado relativamente puro (Kusch, 2000: 188-189, las itálicas son nuestras)

FRS, en los trabajos mencionados, va a reseñar algunas de las características de los pueblos originarios presentes al momento del impacto colonizador. La tesis central aquí, que constituye un presupuesto histórico de la anterior, es que la economía colonial se habría asentado privilegiadamente sobre las mayores concentraciones demográficas (y por ende de mano de obra), es decir, aprovechando la estructura productiva y demográfica de los pueblos sedentarios del actual territorio santiagueño: “El indio, no cabe duda, era la energía que permitía el desenvolvimiento de la colonia” (Santucho, 2006: 78). Se siguió así, en estos territorios del sur, la estrategia expansiva de la corona española en los virreinatos de Nueva Granada y del Perú, pero sin el acicate de promisorias reservas de minerales preciosos, los que fueron reemplazadas por el estímulo de una amplia disponibilidad de tierras y de una mano de obra a ser movilizada mediante el régimen de la mita y la encomienda. En síntesis: “Santiago del Estero fue desde el comienzo del período colonial, como lo fue todo el centro y el noroeste del país, una fuente de recursos nada desdeñable. Era que allí había encontrado el conquistador un substratum indio en qué asentarse” (Santucho, 2006: 81). Este emplazamiento no dejó de tener su significación histórica para la constitución de las poblaciones mestizas indo-españolas, como fue analizado en detalle en la obra clásica de Carlos Martínez Sarasola (1993). Pero, ¿cómo se ha analizado esta relación colonial entre una minoría conquistadora y una abrumadora mayoría indígena preamericana? Ha sido habitual en diversos abordajes el concepto de aculturación, resistido por tanto por FRS como por Kusch. Afirma este último:

Los técnicos de la filosofía de la cultura ya han hallado el concepto de ‘aculturación’ para explicar el contacto entre culturas (…) [Dicho concepto] nos serviría para entender que hubo simplemente un paso de la cultura europea hacia América (…) y todo consistiría en que las cosas pasaran de un lado a otro. Pero (…) podemos afirmar que la aculturación se produce sólo en un plano material, como la arquitectura o la vestimenta; en cambio, en otros órdenes pudo haberse producido un proceso inverso, diríamos de fagocitación de lo blanco por lo indígena. Quizá hubo siempre una acción simultánea de los dos procesos (2000: 179-210, itálicas nuestras).

Este proceso de influencia recíproca, de acción simultánea pero de ningún modo simétrica ya que estamos hablando de un quiebre violento producido por el colonizador y no de un inocente y generoso “encuentro de culturas”, es el que Kusch califica como fagocitación. El mismo fenómeno es analizado por FRS con un concepto que guarda su parentesco con el primero: la absorción.

Es indiscutible que lo indígena había proyectado nítidamente su personalidad a través de los tiempos, de tal modo que había casi absorbido completamente, en muchos aspectos, a la minoría conquistadora o, por lo menos, la había penetrado visiblemente. Étnicamente esa primacía fue ostensible (Santucho, 2006: 88).

Ambas nociones, como podemos apreciar, hacen hincapié en un proceso invisibilizado por los abordajes que parten de la idea de aculturación, los que intuyen un proceso lineal y evolutivo de desculturación de los pueblos indígenas, en una teleología que presuntamente ha de arrojar, al final del camino, una sociedad blanqueada racial y culturalmente. Distinguiendo entre diversos niveles del palimpsesto de nuestra colonialidad2, lógicamente entrelazados pero analíticamente identificables, Kusch y FRS parecen intuir que, bajo una capa superficial de efectiva aculturación, lo que subyacen son mecanismos psíquicos y pautas de sociabilidad comunitaria de profunda influencia indígena. A lo que podríamos agregar también, como otros autores han estudiado, la presencia de formas de religiosidad popular características de las clases populares latinoamericanas, o incluso el sostenimiento de determinadas formas metabólicas de relacionarse con el entorno natural. Podemos identificar un antecedente inmediato a estos planteos en la obra Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar del antropólogo cubano Fernando Ortiz, quién desarrolló el concepto de transculturación para impugnar los alcances (y los imperativos morales implícitos) de la acculturation, tal como fue tematizada por la antropología norteamericana. En su obra, editada en 1940, leemos:

Entendemos que el vocablo transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una distinta cultura, que es lo que en rigor indica la voz angloamericana acculturation, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial desculturación, y, además, significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse de neoculturación (…) la criatura siempre tiene algo de ambos progenitores, pero también siempre es distinta de cada uno de los dos. En conjunto, el proceso es una transculturación, y este vocablo comprende todas las fases de su parábola (Ortiz, 1978: 96-97).

Pero creemos que Kusch y FRS aportan aristas novedosas en su análisis situado de la formación histórico-social argentina, al señalar como la edificación colonial del Estado soterra, reprime e invisibiliza los aportes populares, provincianos e indígenas del fenómeno transitivo que implica cualquier fenómeno de colonización, dando lugar a una sociedad estructurada en niveles etno-clasistas (la dimensión de clase, por supuesto, aparece más nítidamente en FRS dada su filiación marxista). Por eso estos elementos fueron desplazados en una operación doble, al fondo y a la periferia de nuestra constitución nacional. En este sentido la neoculturación resulta incompleta, trunca, y la formación social aparece fracturada desde su origen.

Por eso es que podemos constatar reincidentes frustraciones de las clases dominantes, ya que los intentos culturicidas no fueron sólo una resultante del proceso original de colonización hispánica, sino que fueron también parte de la programática de las facciones liberal-conservadores de las élites nativas desde mediados del siglo XIX en adelante. Para un análisis de estos discursos y de la llamada “literatura de frontera” véase Viñas (1983). Estas frustraciones se deben a la eficacia relativa de una resistencia cultural, sorda o audible, organizada o inorgánica, concatenada o interrumpida , que continuó por otros medios la lucha anticolonial de las poblaciones indígenas, aún después de que fueran quebradas las tentativas de las etnicidades más proclives a la confrontación militar. Las que fueron, para el caso santiagueño, aquellas menos sedentarizadas que tempranamente buscaron refugio en las espesuras del monte chaqueño. Una interesante hipótesis, en este sentido, es la que expone el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro:

Hay naciones naturalmente duras y tenaces, que muy difícilmente reciben la fe, que muy difícilmente abandonan los errores de sus ancestros, que se resisten en armas, dudan con la razón, repelen con la voluntad, se cierran. Estas naciones dan mucho trabajo hasta su rendición, pero una vez que se han rendido, una vez que han recibido la fe, se mantienen firmes y constantes como una estatua de mármol, y ya no es necesario seguir trabajando con ellas. Al contrario, hay otras naciones que reciben todo lo que les enseñamos con una gran docilidad y facilidad, sin argumentar, sin replicar, sin dudar, sin resistir. Pero estas sociedades son como estatuas de murta, que bien la mano del jardinero las abandona, inmediatamente pierden la nueva figura y se devuelven al estado bruto y natural anterior, vuelven a ser monte como lo eran antes (2002: 184).

Esta hipótesis de Viveiros de Castro sirve para permitir entrever cierta consistencia “estratégica” (aunque inconsciente, va de suyo) en la presunta pasividad indígena, en torno de la cual “se ha hecho buena y mala sociología” en palabras de FRS. Para él ésta “resulta una pasividad de doble filo (…) agresiva y fuerte. (…) La resistencia solapada del indígena es constante y corrosiva (…) una pasividad en contraataque (Santucho, 2006: 182). Esto le permite socavar la dicotomía reductora entre integrados y resilientes, entre sumisos y beligerantes. Además nos permite comprender la continuidad de los procesos de resistencia colonial cuando la confrontación frontal, de tipo político-militar, ha terminado, y nos da una pista para comprender por qué, para el caso del noroeste, fueron las etnicidades menos belicosas aquellas que lograron mantener en mayor grado sus propias pautas culturales y legarlas subrepticiamente a las clases populares en su ontogénesis mestiza.

Los autores describen, en ciertas poblaciones, un fondo preservado de americanidad, o más bien de pre-colonialidad, resistente a siglos de colonización. Americanidad que podría aparecer bajo el signo de una concepción esencialista de la cultura pero que, en nuestra opinión, resulta descriptiva de una característica común a todos los procesos colonizadores: la homogeneización compulsiva, pero siempre imperfecta e inacabada, de una diversidad pretérita, tal como lo demuestra el encapsulamiento identitario señalado por las categorías coloniales de “indio” y “negro”. En otras palabras, lo esencializado no es necesariamente el abordaje de estos intelectuales, sino el propio residuo que emerge compulsivamente del proceso colonial. Los indios y los negros aparecen, entonces, como lo “esencialmente Otro”.. Por eso el antropólogo mexicano Bonfil Batalla destaca que:

La categoría de indio, en efecto, es una categoría supraétnica que no denota ningún contenido específico de los grupos que abarca, sino una particular relación entre ellos y otros sectores del sistema social global del que los indios forman parte. La categoría de indio denota la condición de colonizado y hace referencia necesaria a la relación colonial (1972).

Es en este sentido que diversas corrientes étnico-políticas han reivindicado históricamente las identidades coloniales: desde las teorías de la negritud de Aimé Césaire y Leópold Senghor, hasta el indianismo radical de Guillermo Carnero Hoke, Virgilio Roel Pineda y Fausto Reinaga. En suma, es interesante problematizar el cómodo rótulo de “esencialistas” que se adosa a perspectivas vindicativas de lo indígena como las de Kusch y FRS, quienes tuvieron, a diferencia de la mayoría de los acusadores, un acercamiento directo a la fenomenal diversidad étnica y cultural de los pueblos indígenas del noroeste argentino y del territorio boliviano. Y esta cercanía, lejos de obturar una presunta objetividad, constituye, a nuestro modo de ver, un auténtico privilegio epistemológico que se desprende de este modelo de intelectual itinerante que expresaron ambos autores.

Creemos que el pensamiento colonial eurocéntrico tal como es caracterizado y criticado en algunos libros ya clásicos3, al momento de reflexionar sobre la actualidad de los países periféricos y dependientes, enfatiza la discontinuidad, la ruptura, el déficit, la imposibilidad, la fragmentariedad y la multiplicidad de nuestras formaciones nacionales, precisamente allí donde las perspectivas descolonizadoras buscan señalar las continuidades, las afinidades y las posibilidades ciertas de fundar comunidad con dichos materiales humanos e históricos. Cabe destacar que el lugar de enunciación eurocéntrico parte de presuponer en las naciones centrales una engañosa homogeneidad nacional-estatal, que es allí tanto o más arbitraria que en las naciones periféricas, dependientes y colonizadas, y que en lo que tiene de real fue posibilitada precisamente por los propios procesos de colonización que dieron el fundamento material de su desarrollo . Es preciso recordar además que la “invención de Europa” es simultánea al proceso de colonización y conquista de América Latina y el Caribe y al de otros territorios coloniales.

Retomando el hilo de nuestra argumentación, diremos que esta fagocitación o esta absorción, es decir esta activa y parcialmente eficaz resistencia anticolonial, explica por qué para FRS el conquistador “Nunca pudo penetrar en el mundo subjetivo del indio, ni intuir lejanamente su arquitectura espiritual” (2006: 93). Dado que no hay genocidio perfecto, sin fisuras ni residuos, no hay tampoco procesos asépticos de aculturación, sino más bien una dinámica correlación de fuerzas coloniales y anticoloniales expresada en varios niveles o terrazas. Quizás el ejemplo más elocuente de estos contradictorios procesos se de en el Paraguay contemporáneo. En una nación en dónde apenas el 4% de su población se autoidentifica como indígena, el 82,13% maneja fluidamente una lengua originaria: el guaraní o su versión mestiza, el jopará, como se desprende de los análisis de Bartolomeu Melià (2012) y del Censo de Población del 2012. O, también, el caso de las llamadas lenguas creoles en el Caribe, estudiadas entre otros por los martiniqueños Édouard Glissant y Patrick Chamoiseau. Es decir que nos encontramos con un verdadero paralelogramo de fuerzas contrarias en los que algunos vectores penetran más eficazmente la resistencia de la alteridad, mientras que otros se muestran impotentes e incluso se repliegan, hondamente influidos o absorbidos por el elemento colonizado. Es precisamente este deslinde, esta complejización, lo que habilita la perspectiva de los autores mencionados.

Podemos caracterizar estas indagaciones emparentadas de FRS y Kusch como sendas teorías del mestizaje, ya que no solo nos permiten abordar los procesos, sino también las resultantes, siempre inestables y provisorias, de los procesos de colonización. Esta concepción del mestizaje, tensa, contradictoria y beligerante, se muestra más afín al concepto de lo ch´ixi abordado por la socióloga aymara Silvia Rivera Cusicanqui, que a las consideraciones conservadoras, estáticas y no conflictuales de lo mestizo que podemos hallar en un indigenista nacional como Ricardo Rojas, en obras tales como Eurindia, Blasón de Plata u Ollantay. Afirma Cusicanqui que en lo mestizo o ch´ixi “coexisten en paralelo múltiples diferencias culturales, que no se funden sino que antagonizan o se complementan” (2010: 7). Y sostiene, además, que

Lo indio no debe ser planteado entonces en términos de una identidad rígida, pero tampoco puede subsumirse en el discurso ficticio de la hibridación. Lo ch´ixi como alternativa a tales posturas, conjuga opuestos sin subsumir uno en el otro, yuxtaponiendo diferencias concretas que no tienden a una comunión desproblematizada. Lo ch´ixi constituye así una imagen poderosa para pensar la coexistencia de elementos heterogéneos que no aspiran a la fusión y que tampoco producen un término nuevo, superador y englobante (2010: 7)

La noción ch´ixi (…) obedece a la idea aymara de algo que es y no es a la vez, es decir, a la lógica del tercer incluido. Un color ch´ixi es blanco y no es blanco a la vez, es blanco y también es negro, su contrario (2010: 69)

Luego esta tesis de la supervivencia activa de lo indígena en el contexto santiagueño se proyecta a dimensiones nacionales, al estudiar FRS la influencia de lo “andino” y lo “amazónico” en la configuración de la estructura argentina en un texto clave de 1956. Estas tesis corren a contramano de la fundación mítica de la nacionalidad propuesta y construida por las élites oligárquicas entre fines del siglo XIX y la década del Centenario, que contemplan un eje exclusivo y excluyente: lo europeo moderno (Quijada, 2000). Nuestro autor, desde un anti-reduccionismo explícito que combate contra las formas más pronunciadas del economicismo marxista en su formulación soviética, sostiene, sin desmerecer la mirada de clase, la importancia de las dimensiones nacional y racial para comprender la estructura social de nuestro país y sus conflictos seculares, de forma parecida a como lo hicieran José Carlos Mariátegui en Perú, René Zabaleta Mercado en Bolivia o Jacques Romain en Haití.

Es cierto que la sociedad, que cualquier sociedad se ha dado históricamente como estratificación. Es cierto que existe la estratificación en clases sociales y que juega poderosamente el factor económico como determinante de esa estratificación. Y que hay una contradicción, en términos dialécticos, dentro de ese orden. Este es el aporte fundamental del marxismo; pero además se da perpendicularmente el juego dialéctico de las contradicciones nacionales (Santucho, 2006: 209).

Por otro lado, es notable y recurrente el olvido por parte de este flaco indigenismo argentino del que FRS forma parte (si lo comparamos con sus robustos parientes peruano o mexicano, según el caso), de la influencia “pampeano-patagónica”, sureña, de los complejos culturales mapuches, tehuelches y rankülches, que parece convalidar por omisión las tesis conservadoras de la presunta “chilenidad” de estos pueblos indígenas, de su ajenidad respecto de los “auténticos” sustratos culturales de nuestra nacionalidad.

Desde la afirmación y el reconocimiento de estas dos áreas geoculturales (el concepto es de Kusch), y desde el olvido de la tercera y potencial área pampeano-patagónica, FRS rescata y reivindica la gesta pan-andina de Tupac Amaru II, y su trascendencia para comprender el ulterior ciclo revolucionario de independencia (Santucho, 2006: 211-212). Y la inscribe así en una génesis nacional de largo aliento, similar a la esbozada por las estrofas cercenadas por las élites dirigentes del Centenario del Himno Nacional Argentino, que nuestro autor cita en un texto sin fechar:

Se conmueven del Inca las tumbas

y en sus huesos revive el ardor

lo que ve renovando en sus hijos

de la patria el antiguo esplendor.

Se traza aquí una filiación preamericana para la nacionalidad en ciernes, en una sugestiva articulación entre raza y nación como la que encontramos en la proclama histórica de Juan José Castelli en las ruinas de Tiahuanacu en 1811, o en las propuestas de coronar a un Inca (potencialmente el anciano hermano de Tupac Amaru II, preso en las cárceles monárquicas en las fechas de nuestras declaraciones de independencia) a la cabeza de una férrea monarquía parlamentaria. El primer indigenismo argentino, sostiene FRS, fue enunciado durante la Revolución de Mayo, y destaca por ello a figuras como las de Belgrano y Güemes. El propio Bartolomé Mitre reconoció este ascendiente:

En sus proclamas, en sus boletines, en sus bandos, en sus manifiestos, en los artículos de la prensa periódica, en sus cánticos guerreros, los patriotas de aquella época invocaban con entusiasmo los manes de Manco Capác, de Moctezuma, de Guatimozín, de Atahualpa, de Siripo, de Lautaro, Caupolicán y Rengo, como protectores de la raza americana (Mitre, citado en Santucho, 2006: 338).

Sin embargo, llama la atención el hecho de que el indigenismo de FRS, que él mismo se encarga de situar en una extensa genealogía histórica que remite hasta los albores de la independencia formal, pese a su articulación orgánica con el problema federal argentino, no reconozca como antecedente insoslayable la figura de José Gervasio Artigas, quizás el primer indigenista práctico de nuestra historia nacional, además de un consumado federalista. Estas tentativas de trazar una continuidad histórica siquiera en el plano de la vindicación simbólica de un pasado preamericano (pero con consecuencias políticas manifiestas), fue luego ya definitivamente abandonada por las clases dirigentes hasta la emergencia del proto-indigenismo de Ricardo Rojas a comienzos del siglo XX.

Si debiéramos trazar este flaco indigenismo argentino entre dos ejes cartesianos veríamos una curva asintótica que, partiendo de la vindicación literaria de Juana Gorriti y el reconocimiento inestable y ambivalente de lo indígena por parte de Joaquín V. González (Nicolás Alba, 2015), pronto entrará en el segmento santiagueño de la curva, partiendo de la refundacional propuesta de Ricardo Rojas, pasando por la aproximación sociológica y erudita de Bernardo Canal Feijóo, luego por la recuperación epistémica y antropológica de Rodolfo Kusch, hasta llegar al reconocimiento (y la organización concreta) del indio convertido en proletario rural como sujeto de una praxis política en FRS. Obviamente hay otros mojones, arqueológicos y literarios principalmente, pero creemos describir acá los puntos centrales de esta constelación indigenista. Uniendo estos puntos es posible trazar a rasgos generales la evolución de esta perspectiva en la Argentina.

Dicho de otro modo, el más radical de los indigenismos argentinos, el cual ciframos en la obra y la praxis de FRS, se empina pronunciadamente hacia el eje vertical que marca ya otra corriente, otra tradición, otra perspectiva: nos referimos al indianismo, por el que el indio se hablará a sí mismo y se colocará en el centro de su praxis liberadora y descolonizadora. Por eso la figura de Francisco René Santucho significa, para sus antecedentes indigenistas argentinos, lo que la obra del peruano José Carlos Mariátegui implica respecto de sus antecesores (Luis Valcárcel, Uriel García, etc), aunque la trascendencia y consagración de ambos sea tan dispar, tanto a nivel nacional como continental. No casualmente este pico de radicalidad coincide, como en el caso de Mariátegui, con la interpenetración entre tradiciones indigenistas y marxistas, dando al indigenismo bucólico, reactivo o meramente pasivo, la pregunta vertebradora del leninismo: ¿qué hacer? Pregunta genérica desde donde se descomponen las preguntas de la perspectiva estratégica marxista: el sujeto, el método y la organización política. Por eso es que, si bien compartimos con Remedi (2016) que FRS ofrece una comprensión “cultural” de la diferencia india/indígena, sostenemos que esta visión reconocerá otras aristas en tanto avance su formación marxista y se consume su proceso de radicalización política entre la experiencia del FRIP y la fundación del PRT. A estas preguntas fundantes del marxismo, entonces, es que FRS ofrece una respuesta intelectual y práctica. Pero hasta entonces, hasta la fundación del FRIP, sostenemos que en toda nuestra historia nacional, sólo José Gervasio Artigas había sido capaz de articular lo indígena con su movilización práctica en un proyecto político de base indígena, mestiza y popular (Reyes Abadié, Bruschera y Melogno, 1973; Caviasca, 2016).

La integración de Argentina y América Latina: federalismo, anti-imperialismo y marxismo

En una carta dirigida a Arturo Frondizi, por ese entonces presidente de la nación, FRS describe llanamente sus preocupaciones: “Como hombre del interior, he centrado particularmente la atención sobre la realidad mediterránea argentina y las razones que fundamentaron su atraso y su frustración histórica durante un buen período del desarrollo nacional” (2006: 141). En esta carta, como en diversos textos, en ocasiones con mayor sistematicidad que en otras, FRS da cuenta de sus inquietudes y sus razones en torno a la cuestión federal argentina, la mediterraneidad de su provincia y la ausencia de una auténtica integración nacional. Problemas que articula orgánicamente con la dimensión continental americana y el fenómeno del imperialismo. Seguiremos en este apartado el esquema de su propio desenvolvimiento intelectual que, como en el caso de sus indagaciones indigenistas, evoluciona en círculos concéntricos desde preocupaciones más locales, pasando por una mediación nacional y adquiriendo luego proyección continental. Es decir que santigueñismo/regionalismo, federalismo/nacionalismo y latinoamericanismo/anti-imperialismo se articulan y se explican mutuamente.

El primer abordaje de FRS sobre la cuestión federal podemos fecharlo en una reseña de 1956 sobre el libro Constitución y revolución del ensayista Bernardo Canal Feijóo. Si en torno a la cuestión indígena entablamos un diálogo obligado con Kusch, aquí el contrapunto será con su predecesor y mentor santiagueño, autor de otros dos importantes libros afines a esta temática como lo son De la estructura mediterránea y Teoría de la ciudad argentina. Del libro reseñado FRS destaca el proyecto migratorio de las élites liberal-conservadoras, que implicaba un virtual reemplazo de los elementos criollos en aras de lo que denuncia tempranamente como una “extraña y utópica abstracción universalista” (2006: 109). Sobre esta crítica a una ontología histórica universal-colonial volverá sus pasos en un texto posterior, al denunciar la negativa de los partidos comunistas pro-soviéticos a reconocer ninguna peculiaridad histórica en América Latina (Santucho, 2006: 206-207).

Los proyectos federales del siglo XIX, desde la Liga de los Pueblos Libres de José Artigas hasta el Paraguay de Francisco Solano López, fueron tentativas latinoamericanistas, de integración continental o subcontinental. Lejos del carácter secesionista o autonomista que les ha endilgado la historiografía oficial liberal-conservadora, FRS recupera esa línea al denunciar “Un regionalismo que no encuentra presencia nacional” (2006: 97). Él pretende articular lo regional y lo nacional, dando lugar a una soberanía amplia, diversa e incluyente. Es, en este sentido, estrictamente federal y no confederal, si entendemos por esta última una propuesta de articulación laxa de soberanías nítidamente diferenciadas, como la que expresó la primera constitución norteamericana de 1787. Por otra parte, FRS considera al federalismo como mucho más que un problema legal o formal en torno a como satisfacer la representación política de las regiones interiores. Detrás de estas pujas institucionales hay en realidad un desequilibrio fundante de tipo económico, que explica “la desproporcionalidad, el gigantismo por un lado y el raquitismo por el otro” (2006: 137). Pero pasemos ahora a lo que identificamos como una tesis central:

El drama de la subordinación americana al Occidente se proyecta así peculiarmente dentro de la Argentina, a través del aludido dilema interior-Buenos Aires. Y la afirmación federalista tiene por ello una significación mucho más trascendente que la que habitualmente se le concede, desde que, en cierto modo, constituye una insurgencia contra la influencia pro-europea de la metrópoli (Santucho, 2006: 115).

El federalismo trasciende entonces su propia definición como proyecto de integración simétrica, equilibrada e independiente de alcance meramente nacional. Y adquiere, por causa del emplazamiento neocolonial de nuestras naciones latinoamericanas, el significado de una tentativa integracionista de dimensión continental. Por eso, con el federalismo, “recrudece el ideal bolivariano”, como afirma FRS en un textode 1959 titulado precisamente “La integración de América Latina”. Una organización económica, política, jurídica, cultural y territorial federal, implicaría la concreción de un equilibrio tenso pero posible entre “un sentido de particularidad y un sentido de totalidad” que volvería a América Latina, desde una mirada geopolítica global, una entidad equivalente y sustentable frente a magnitudes como las expresadas por Europa, Estados Unidos, el mundo del Islam, la India o China (2006: 158). Porque “la magnitud de fuerzas hoy, y las oposiciones y obstáculos entonces, exigen posiciones mayúsculas”. Dichas oposiciones no son otras que las políticas injerencistas del imperialismo europeo y norteamericano, como desarrollan con mucho más detenimiento las tesis del FRIP a través de su Secretaría Ideológica. América Latina aparece entonces como un universal concreto, situado, viable, y como una posición de resguardo frente a las amenazas neocolonizadoras de distinto signo. Hasta aquí lo presentado puede considerarse como una re-elaboración y un diálogo con los desarrollos de Canal Feijóo en los libros anteriormente citados, reincidiendo en temas como el desacople entre una estructura legal/formal y una infraestructura económica real, la inviabilidad provincial y las causas inducidas del atraso del interior, la centralización administrativa y el carácter de la macrocefálica Ciudad de Buenos Aires (el concepto es de Martínez Estrada, 2001), la primacía económica de su puerto y su función de intermediaria colonial interna respecto a las metrópolis imperiales (Canal Feijóo, 2010). A esta función intermediaria Canal Feijóo la llama la “predisposición geopolítica colonial de Buenos Aires”, predisposición en la que se conjugan contingencias históricas y facilidades geoterritoriales:

Las naciones del siglo xix se constituyen más para el mundo que para sí mismas –al menos en el ámbito de las grandes políticas de imperios y colonialismos en que se ven condenadas a surgir. Son constituciones de granjear puertas a la tierra, a la tierra de los hombres, a la tierra de los gigantismos industriales y capitalistas (2010: 205).

Pero estas indagaciones de FRS, tributarias, como ya mencionamos, de la obra predecesora de Canal Feijóo, van a enriquecerse al contacto con las herramientas analíticas del marxismo, como se expresa en su evolución y concreción en las tesis del FRIP. Uno de los textos editados por el periódico Norte Revolucionario, de importancia para nosotros, es “Lucha de los pueblos indoamericanos. Anti-Imperialismo e integración.” Aquí comienza con una tesis común a buena parte del pensamiento crítico latinoamericano que podríamos sintetizar, utilizando una formulación extemporánea propia de la perspectiva decolonial, como el pasaje histórico “del colonialismo a la colonialidad” de nuestras respectivas naciones. Es decir que el saldo arrojado por los procesos de independencia política formal, fracasado el ideal sanmartiniano y bolivariano, fue el surgimiento de relaciones de neocolonización respecto de potencias imperiales emergentes, con la complicidad activa de élites criollas que fungieron de remplazo de las antiguas clases dominantes hispano-lusitanas, mientras las sociedades coloniales se mantenían prácticamente intocadas en sus estructuras y prerrogativas (Santucho, 2006: 215). Ésta recolonización, desarrollada bajo el signo del imperio británico durante el siglo XIX, encuentra su recambio paulatino con la fase “panamericana”, es decir, norteamericana, de la dominación imperial durante el siglo XX.

Estas élites son definidas como meras burguesías intermediarias o como oligarquías terratenientes, propias de un país “semicolonial y seudoindustrializado”. FRS toma distancia de las caracterizaciones de las formaciones nacionales latinoamericanas como “economías feudales” y de las prescripciones de desarrollar una revolución democrático-burguesa comandada por presuntas e inexistentes burguesías de orientación nacional. Más bien piensa cómo se ha producido el desarrollo de un capitalismo periférico, orgánicamente articulado al capital internacional desde sus orígenes, en consonancia con las tesis pioneras del sociólogo Sergio Bagú (invitado por la Librería Dimensión a dictar diversos cursos, valga señalar). En esta sintonía, la tercera tesis política del FRIP, central para nosotros, expresa:

El imperialismo, al introducirse como factor estructural en el desarrollo de la economía argentina promoviendo la desindustrialización, ha acentuado los desniveles regionales, al desarrollar unilateralmente la zona portuaria en detrimento del interior. En este sentido, al centrar el establecimiento de “islotes industriales” principalmente en Buenos Aires y el Litoral, provoca un crecimiento desmesurado de esa región con relación a otras zonas interiores (Santucho, 2006: 231).

La resultante es, como leemos en la quinta tesis:

Una zona avanzada, con gran crecimiento industrial y gran desarrollo capitalista en el campo” [y] “Una zona colonial, subdesarrollada, con formas atrasadas de producción y asiento del sector industrial de actividad primaria. Tal es el caso del Norte, Cuyo y la Mesopotamia (232).

Entonces, recapitulando, ¿por qué el federalismo resulta naturalmente “insurgente” frente a la influencia pro-europea, o colonial a secas, de las diversas metrópolis? ¿Por qué la organización federal del territorio aparece como la única concreción viable del ideal sanmartiniano y bolivariano de integración continental autónoma? Esto se debe a: 1) El rol dependiente de las burguesías nativas y su asiento en las grandes ciudades. 2) El carácter intermediario de Buenos Aires y otros “islotes industriales”, edificados según las necesidades de las potencias neocoloniales. 3) El languidecimiento del interior y las asimetrías inter-regionales producto de esta organización dependiente del territorio. Dado que fue esta relación persistente de colonialidad la que desestructuró crónicamente a la Argentina y no un fatalismo geográfico, el anti-imperialismo, la integración nacional-federal y su religazón respecto de América Latina aparecen como correlativas. Por eso el federalismo aparece como una corriente política anticolonial que prescribe la re-americanización de la Argentina y la desestructuración de los desequilibrios regionales entre Buenos Aires y el interior como parte de un mismo y único proceso.

Mención aparte merece el hecho significativo de desarrollar una trayectoria intelectual desde una provincia mediterránea. ¿Qué significa escribir desde Santiago del Estero? Implica escribir desde una suerte de desierto hiperbólico, desde lo que la oligarquía liberal organizadora del Estado-nación asumió como una suerte de tierra arrasada geográfica, cultural e intelectualmente. Es escribir desde el absoluto sarmientino, desde una provincia que pareciera estar de paso, al decir de Canal Feijóo, entre el otrora pujante noroeste colonial, el poderoso litoral con sus ríos continentales, y las extensas y feraces pampas gringas. Es en este sentido que debemos pensar que las teorías del colonialismo interno (desde Harry Haywood y Harold Cruse hasta Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen y desde estos hasta Walter Mignolo y Silvia Rivera Cusicanqui), así como el desarrollo de experiencias que pusieron en entredicho y ofrecieron novedosas resoluciones teóricas y políticas a las asimetrías fundantes de nuestros Estados-nación (piénsese por ejemplo en Bolivia, sus debates constituyentes, las tentativas secesionistas de las etno-clases dominantes de la llamada “media luna” y la formulación del Estado Plurinacional), reactualizan con nuevos bríos el debate sobre la cuestión federal argentina y latinoamericana.

Creemos que FRS y el FRIP expresan a un federalismo en busca de un sujeto. Y es esta búsqueda la que distancia a FRS de su predecesor Canal Feijóo, y señala una estación de avanzada respecto a los desarrollos de este último, teóricamente más extensos, profundos y pormenorizados, pero carentes de la reflexión en torno a un sujeto capaz de vehiculizarlos. Encontramos en Canal Feijóo algunas propuestas concretas para superar la condición mediterránea de su provincia y del noroeste argentino, y los dramas del interior en general. Se trata de planificar centralmente la regionalización equilibrada de la nación argentina, partiendo del diagnóstico de que es imposible constreñir el tamaño de una ciudad como Buenos Aires, ni mucho menos retardar su crecimiento. Es decir que no es posible “descapitalizar” a la capital, ya que no se trata de un problema jurídico ni administrativo.

A mí me parecería preferible –y me parece desde luego más verdadero- concebir el federalismo como un ideal no negado en la Constitución (…) Pero es claro que no se logrará ni se adelantará un minuto su advenimiento con un mero trasplante de órganos formales. Es la conciencia constitucional la que debe trasladarse de la Capital al interior (…) No hay otra manera de compensar o contrarrestar una focalización centrípeta, que contraponiéndole otras focalidades, multiplicándolas. Al tiraje allanador y arrasante, por fuerza de ingencia biológica, de Buenos Aires, no hay más que una manera de moderarlo, o neutralizarlo: crear los puntos de resistencia homólogos, es decir igualmente biológicos y potentes, todo a lo ancho y todo a lo largo del país, un país a su medida. Y no es justo decir que Buenos Aires sea una ciudad demasiado grande para el país (Canal Feijóo, 2010).

Canal Feijóo fue uno de los más decididos promotores, en 1946, del Primer Congreso Regional de Planificación Integral del Noroeste (PINOA). Pero que mientras el PINOA expresa la articulación de un grupo de notables (véase el alcance del concepto en Martínez, 2003) en búsqueda de planificar centralizadamente la organización del noroeste en sintonía con la programática federal de Canal Feijóo, no encontramos en sus actas ni tampoco en los libros del ensayista santiagueño los trazos de un sujeto ni de una organización política capaz de concretarlos. Esto explica quizás, en parte, el fracaso del mentado congreso. FRS, en cambio, inserto en una matriz marxista latinoamericana y heterodoxa, vuelve inevitablemente a la unidad de la pregunta por el método, la organización y el sujeto propia de las perspectivas socialistas, además de expresar al pasaje histórico de la figura del notable a la del intelectual orgánico, en su doble acepción de pedagogo y organizador (Gramsci, 1970).

Las tesis del FRIP caracterizan al NOA como el “eslabón más débil” en tanto zona económica nítidamente diferenciada del resto del país. Al no identificar allí a una densa y numerosa clase media, y al descartar de plano a las burguesías nativas por su vinculación orgánica y dependiente con el capital trasnacional, el FRIP va a destacar la superexplotación de los obreros de las zonas coloniales más atrasadas, es decir, al proletariado rural ocupado en actividades primarias como la explotación forestal, las minas y los algodonales. Destacando también, como factor político, su alto nivel de politización y su abigarrada concentración. El carácter detonante de un eventual proceso revolucionario atribuido a este proletariado rural no desmerece el rol del campesinado, aliado natural de este sujeto articulador. Son estas tesis las que luego nos permiten explicar la instalación del foco guerrillero de la Compañía de Monte Ramón Rosa Giménez por parte del PRT, foco desarticulado en el año 1975, en lo que se considera como el primer antecedente de escala del terrorismo estatal perpetrado sistemáticamente desde marzo del año siguiente. Las diez tesis políticas del FRIP expresan, en nuestra opinión, un intento por dar expresión estratégica a una perspectiva sin parangón en nuestra historia nacional, en el esfuerzo de combinar creativamente distintas tradiciones político-críticas como el marxismo, el federalismo y el indigenismo radical. Y señala también una crítica cabal a lo que Mario Santucho (2012) llamó una “nación incontinente”, en el doble sentido de no contener a sus regiones constitutivas, como al hecho de dar las espaldas a su propio emplazamiento continental.

Interrogantes y vigencia

En este largo tránsito que conduce desde la Revista Dimensión hasta el FRIP (e incluso más tarde, hacia la experiencia del PRT-ERP), podemos señalar y dejar abiertos para futuros desarrollos algunos interrogantes cardinales: ¿cómo se relacionan los primeros estudios de FRS sobre lo indígena con las tesis posteriores sobre el proletariado rural? ¿Cuál es el peso específico de la reiterada gravitación del factor indígena en el interior, tanto en la época en la que se inscribe la trayectoria de FRS como en la actualidad? En este tránsito intelectual, ¿se ha perdido o borroneado la huella de lo étnico-racial o se ha articulado de manera fecunda con una perspectiva de clase, dando lugar a una conciencia que llamaríamos interseccional? ¿Se ha escamoteado esta racialidad en las reflexiones de nuestro autor, o más bien la realidad la ha desjerarquizado merced a los procesos de proletarización, urbanización y transculturación? ¿Sigue siendo políticamente significativo el que el hachero o el zafrero además de estar inscriptos en una modalidad especifica del capitalismo colonial hablen quichua, mantengan pautas de sociabilidad comunitarias, o tengan un fenotipo indígena? ¿Cuánto se pierde, teóricamente, con la concreción estratégica de un indigenismo que adquiere, por primera vez desde la experiencia artiguista, sujeto, programa y organización política? ¿Qué se sobreimprime sobre qué? ¿El marxismo sobre el indigenismo o éste sobre el marxismo?

Más allá y más acá de estos interrogantes que nos asaltan, no podemos dejar de señalar que FRS, en el marco de una estatalidad que hizo tabula rasa sobre su fondo étnico-racial y que propugnó homologar el territorio bajo la fuerza coactiva de las campañas militares, alcanzó a intuir y a teorizar una nacionalidad de nuevo tipo, con cimientos regional/federales y techumbre continental. Y que logró trascender las contradicciones lógico-formales entre entidades y estructuras a priori diferenciadas (la provinciana-santiagueña, la federal-argentina, la continental-americana) alcanzando a idear un modelo de identidades yuxtapuestas y complementarias, tal como sugiere la cita de Shunko con la que abrimos este trabajo. Y no sólo eso, sino que FRS, a diferencia de otros federalistas e indigenistas como Bernardo Canal Feijóo y Rodolfo Kusch, alcanzó a poner a prueba sus propias intuiciones teóricas, desde su rol como organizador, animador cultural, militante y dirigente, en torno a un sujeto situado en la estructura de clases, cultural y regionalmente identificado y también racializado aunque en vías (siempre inconclusas) de desracializacón. De esta forma FRS, plenamente situado en la tradición marxista latinoamericana, fue capaz de ajustar cuentas con los primeros desarrollos del marxismo argentino, quien en la figura de los fundadores del Partido Socialista (el primero de América Latina y el Caribe), siempre identificó a la nacionalidad con la ciudad de Buenos Aires, y cifró todas las perspectivas de transformación social en el proletariado urbano de las grandes ciudades, reproduciendo la más de las veces la dicotomía liberal-sarmientina de civilización y barbarie para analizar a las regiones y los sujetos populares, indígenas y provinciales.

Otra dimensión de su vigencia tiene que ver con el modelo de intelectual que FRS expresa. Mientras que comparte con Rodolfo Kusch las características de la itinerancia, la propensión a la captación situada y nacional de la realidad y la adquisición de herramientas de la antropología crítica, notamos en sus desarrollos un carácter menos abstracto y más metódico, capaz de articular la dimensión racial-colonial tan creativamente explorada por Kusch con la perspectiva de clases aportada por la tradición marxista. Si encontramos ciertas derivas esencialistas y algunas fijaciones ahistóricas en la aproximación de Kusch a los sujetos indígenas, no podemos decir lo mismo de la praxis de FRS.

Por último, en tiempos en los que se ratifica a la modernidad colonial como mucho más que un sistema económico, vuelve a emerger el problema irresuelto de la dimensión étnico-racial de nuestras formaciones nacionales dependientes y periféricas y de los procesos de colonialismo interno y externo. En ese marco es que resulta de interés rescatar en FRS el desarrollo de una temprana conciencia interseccional capaz de sintetizar tradiciones teórico-políticas y de articular esta comprensión multivariable con una praxis concreta que, a nuestro modo der ver, expresa el punto más alto del desarrollo del discontinuo indigenismo argentino. FRS puede brindarnos un itinerario útil en la búsqueda incesante de esa otra “dimensión” (sea la racial, la clasista o la federal) en la comprensión y la resolución de nuestros problemas nacionales y latinoamericanos.

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2 Tomamos el concepto de colonialidad, distinto al de colonización, de Aníbal Quijano (2009).

3 Véase por ejemplo “Ciencia, política y cientificismo” (Varsavsky: 1994); “La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas” (Lander, comp., 2009) y “Pensamiento periférico: una tesis interpretativa global” (Devés-Valdés, 2012).

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