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La CPAC: una internacional reaccionaria frente a la «decadencia de Occidente»

Un fantasma recorre Occidente: el fantasma splengleriano de su decadencia irreversible. Un análisis de los actores, las estrategias y los móviles de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC). Publicado en la revista Traza Continental (México) el 31 de agosto de 2024.

El 24 de agosto se reunió, en México, la filial local de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC). A continuación, un análisis de la jornada y de sus expositores, así como algunos apuntes sobre la historia del espacio, los objetivos de sus organizadores, sus “enemigos existenciales” y las características distintivas de una nueva internacional reaccionaria que se encuentra en pleno ascenso en un mundo cada vez más vertiginoso y confuso.

1. ¿Qué es la CPAC?

Organizada desde 1973 por la Unión Conservadora Estadounidense (ACU, por sus siglas en inglés) y con el patrocinio de organizaciones tan emblemáticas como la Asociación Nacional del Rifle (principal lobista de la libre portación de armas en los Estados Unidos), la CPAC es una conferencia anual de sectores conservadores que se realiza desde hace más de siglo siglo, y que puede congregar, en sus ediciones norteamericanas, hasta a unos 10 mil participantes en su sede habitual en National Harbor, Maryland.

Históricamente ligada al Partido Republicano, y hegemonizada durante largo tiempo por el ex presidente Ronald Reagan (auténtico prócer del espacio), la conferencia no ha sido ajena al liderazgo magnético ejercido en la actualidad por el ex presidente Donald Trump sobre las bases del tradicional partido del elefante, sobre todo desde el despuntar de su presidencia en 2017.

De esta manera, la CPAC ha acompañado el viraje general de los republicanos a la extrema derecha, hecho ya constatable desde la fundación del influyente Tea Party en 2009. Además, el cónclave dejó de ser un evento primordialmente estadounidense para convertirse en el principal eje articulador de una nueva internacional reaccionaria, estimulando la creación de filiales y eventos paralelos en países como Japón, Brasil, Hungría, Australia, Corea del Sur y México.

2. ¿Quiénes participaron de la segunda edición mexicana?

Dos de los principales anfitriones de la edición 2024 en México fueron Matt Schlapp, presidente de la ACU, así como su esposa, la cubano-estadounidense Mercedes Schlapp. La trayectoria del matrimonio resulta indicativa de la peculiar trama de política, medios y negocios que sustenta a la CPAC desde hace décadas. Ambos se desempeñaron siempre en el área de la comunicación y las relaciones públicas, fueron parte de las campañas electorales y de los gobiernos republicanos de George W. Bush y Donald Trump, colaboran activamente con el multimedios conservador Fox News, y fundaron juntos la firma Cove Strategies, una organización que en apariencia ofrece servicios comunicacionales, pero que en realidad se dedica al “cabildeo” político y parlamentario, práctica legalizada en los Estados Unidos.

A diferencia de su homóloga estadounidense, cuya última conferencia se realizó entre el 21 y el 24 de febrero de este año, en esta ocasión se notó la ausencia de los miembros más rutilantes de la primera plana ultraconservadora a nivel global. Más si consideramos que en aquella oportunidad se congregaron nada menos que los presidentes Nayib Bukele (El Salvador), Javier Milei (Argentina), el ex presidente Trump (Estados Unidos) y la ex Primera Ministra Liz Truss (Reino Unido), además de otras figuras descollantes como el empresario y estratega Steve Bannon y el líder de Vox, el español Santiago Abascal. Este vacío fue llenado para la ocasión con algunos mensajes grabados, como aquellos enviados por Giorgia Meloni desde Italia, Jair Bolsonaro desde Brasil o por los propios Abascal y Trump desde sus respectivos países. El esperado plato fuerte de la jornada, la visita de Javier Milei, “el máximo referente de la libertad a nivel mundial”, debió cancelarse por los mundanos problemas de índole doméstica que atraviesa el primer gobierno liberal-libertario del planeta.

Sin embargo, con una presencia abrumadoramente estadounidense y latinoamericana (o, como prefieren sus organizadores, del “hemisferio occidental”), sí fueron parte del evento realizado, junto a más de 300 personas reunidas en el selecto Hotel Presidente InterContinental, el argentino Agustín Laje, ensayista, best seller y uno de los animadores intelectuales del espacio; Eduardo Bolsonaro, principal operador internacional del bolsonarismo; José Antonio Kast, figura presidenciable del Partido Republicano de Chile; la senadora colombiana María Fernanda Cabal, representante del uribismo en su país; Sara Huff, activista antifeminista brasileña; Fabricio Alvarado, ex candidato presidencial de Costa Rica derrotado en segunda vuelta; así como Henry Kronfle, presidente de la Asamblea Nacional por los social-cristianos del Ecuador. Completaron la nómina numerosos representantes de la política, los medios de comunicación y las finanzas de los Estados Unidos, así como algunas figuras de la extrema derecha europea, oriundas de Francia (Thibaut Monnier, diputado de Agrupación Nacional, el partido de Marine Le Pen), Rumania (George Simion, presidente del partido AUR) y Hungría (Varjk Farkas, del partido del premier Viktor Orbán, Fidesz). No hubo, en la jornada, ni delegados asiáticos, ni africanos ni tampoco, previsiblemente, del mundo árabe.

Una mirada rápida a los presentes y a sus intervenciones, demuestran la tremenda heterogeneidad del espacio, con exponentes de tendencias e ideologías a veces francamente irreconocibles entre sí. Fueron de la partida europeístas y euro-escépticos, “soberanistas” y antiglobalistas, economistas neoclásicos y “austríacos”, conservadores y “libertarios”, “populistas de derecha” y neo-reaccionarios, neo-fascistas y derechistas “democráticos”, ilustrados y anticientíficos, judíos sionistas y evangélicos neopentecostales, “cristianos culturales” y católicos ultramontanos. La misma ambigüedad, tendiente hacia la dispersión, se pudo ver en sus citas y referencias culturales e intelectuales: Octavio Paz y Jorge Luis Borges, George Orwell y Olavo de Carvalho, Edmund Burke y Juan Pablo II, Russell Kirk y Teresa de Calcuta, Murray Rothbard y Margaret Thatcher. 

Tampoco faltaron los diferendos en temas coyunturales. Mientras que actores como María Fernanda Cabal y otros dieron un respaldo total a la líder opositora venezolana María Corina Machado y al ex candidato presidencial delegado Edmundo González Urrutia, otras figuras como Eduardo Bittar del movimiento “libertario” Rumbo Venezuela –partícipe de las llamadas “guarimbas” en el año 2014– acusó a la oposición, incluso a la más belicosa e irreductible, de pactar con Nicolás Maduro Moros y el chavismo. 

3. ¿Qué objetivos persiguen sus organizadores?

Los objetivos de la CPAC quedaron de manifiesto en 12 horas de actividad ininterrumpida y en más de 40 micro conferencias consecutivas, ofrecidas en un formato sumamente empresarial, con un monumental teleprompter dominando el fondo del salón de actos que daba poco margen para la frescura y la improvisación. Dichos objetivos podrían resumirse de la siguiente manera.

a) En lo que concierne a la política estadounidense, apuntalar la candidatura presidencial de Trump y garantizar su retorno a la Casa Blanca en 2025. No casualmente varios de los delegados –como el mismo Matt Schlapp, la periodista Sara Carter y el republicano Jaime Florez– se refirieron a la atención que Trump presuntamente pondría en América Latina y el Caribe de ser electo, en sintonía con la cada vez más efectiva disputa republicana del decisivo voto latino (unas 35 millones de personas que conforman la principal “minoría étnica” del país, un electorado nada despreciable e históricamente más afín a los demócratas).

Cabe destacar que el proceso electoral fue jalonado por incidentes tan graves como la condena judicial a Trump, así como por el discutido atentado contra su vida en un mitin en Pensilvania. Pero la campaña, que parecía finiquitada desde hace meses, adquirió nuevos bríos después de que el octogenario Joe Biden renunciara a su candidatura en favor de Kamala Harris, la vicepresidenta en ejercicio. Lo ajustado de los sondeos electorales actuales, y como resultado la suerte futura de Trump –el Alfa y Omega del movimiento ultraconservador global– suscita naturalmente una enorme expectativa en estos sectores.

b) En segundo lugar, promover y ganar la “batalla cultural”, la peculiar apropiación neoconservadora de la disputa hegemónica teorizada por el intelectual marxista italiano Antonio Gramsci el siglo pasado. Los autointitulados freedom fighters, verdaderos cruzados de los valores “occidentales y judeo-cristianos” en el siglo XXI, se proponen emprender lo que Agustín Laje definió en su intervención comouna batalla perpetua por la opinión pública”; disputa que, a diferencia de la batalla política y/o electoral, no tendría “reglas, tiempos ni actores definidos”.

En el mismo sentido Javier Negre, un empresario español muy cercano a Milei, propietario del grupo EDA –y ahora también accionista del medio digital argentino La Derecha Diario– propuso coordinar la batalla comunicacional que cada día emprendes influencers dispersos, construyendo un auténtico ecosistema de medios de derecha. Pero la batalla cultural no se reduciría tan sólo a la guerra de guerrillas digital, que no sólo manejan con experticia acompañados de una legión de trolls y bots, sino también favorecidos con la compra de Elon Musk de la antigua red social Twitter (la actual X) en el año 2022.

c) Por eso, el tercer punto de la agenda de la CPAC implica dar el salto al “barro de la política”, fundando partidos, impulsando candidatos, ganando elecciones y ocupando de manera formal la casamata del poder del Estado. Es decir, lo que podríamos llamar el giro estratégico rothbardiano, por el gurú de la ultraderecha estadounidense Murray Rothbard, quien influido por la Escuela Austríaca de Economía fundó en los años 70 el Partido Libertario de los Estados Unidos, sintetizando los valores de la alt-right con las estrategias “populistas de derecha” que buscaban captar y movilizar al electorado blanco, pauperizado y desclasado de su país. Por eso, como lo señaló Jaime Florez, por haber seguido esta misma estrategia, el experimento liberal-libertario de Milei resulta tan decisivo para los ultraconservadores de toda la región, que se juegan en el éxito o el fracaso argentino algo de sus propias posibilidades en sus países respectivos. La consolidación de un gobierno de estas características en un país de mayor peso geopolítico específico que El Salvador de Bukele o el Ecuador de Daniel Noboa, traería vientos alisios para la extrema derecha de América Latina y el Caribe. 

d) Por último, y como bussines are bussines, la CPAC no reduce su campo de interés a los estrechos límites de la política. La conferencia funciona desde hace tiempo como un espacio para publicitar empresas, facilitar contactos comerciales y promover inversiones, desde el conocido nearshoring, tan comentado en la última reunión, hasta las economías cripto, basadas en el blockchain, ampliamente difundidas en esta ocasión a través de la intervención de algunas corporaciones del rubro.

Lo interesante del caso es que estas empresas ofrecieron, a la par que buenos negocios, la protección de los datos individuales frente a los “Estados paquidérmicos” y el “globalismo totalitario”: es decir, una suerte de ciber-activismo en clave liberal-libertaria, que promete defender la libertad individual a través de sistemas como el “almacenamiento ciego” y los “falsos verdaderos”. Sistemas que pueden, además, favorecer el libre mercado de datos y de activos financieros, sin las molestas regulaciones estatales o supranacionales que tanto incomodan a los tecno-multimillonarios, siempre compelidos a fugar hacia las guaridas fiscales. El objetivo, en una santa mezcla de individualismo liberal y teología de la prosperidad, es ser tanto “libres” como “prósperos”. 

4) ¿Cuáles son sus “enemigos existenciales”?

Los miembros de CPAC se unifican frente a una serie de “enemigos existenciales”, tanto reales como imaginarios. Ante todo frente a dos: un enemigo real, aunque hiperbólico, y otro apenas un adversario circunstancial. El primero es lo que definen, de manera alternativa y a veces confusa, como socialismo, comunismo, “marxismo cultural” o “neo-marxismo”. Como dijo el húngario Vajk Farkas con todo sentido del humor: “los comunistas no se crean ni se destruyen, sólo se transforman”. Es decir que se refiere a las izquierdas, efectivas y reales, que en las últimas décadas alentaron en la región movilizaciones antineoliberales, fundaron movimientos, sindicatos y partidos de masas, y en algunas ocasiones conquistaron el poder administrativo del Estado, llegando incluso a refundarlo por vía constitucional (la nueva esclavitud, llamó a este tipo de Estado el chileno José Antonio Kast). 

El centro de todos los anatemas es, en este caso, el insepulto Foro de San Pablo, fundamentalmente inactivo y oenegeizado desde hace años, pero también al que consideran su natural sucesor, el Grupo de Puebla. Aquí ocupan, desde ya, un lugar destacado los gobiernos del “eje del mal”, como Cuba, Venezuela y Nicaragua, igual que los progresismos de la segunda ola como el de Gustavo Petro en Colombia, Lula da Silva en Brasil o López Obrador en México, aunque también resultaron señalados gobiernos más centristas y moderados como los de Gabriel Boric en Chile y Bernardo Arévalo en Guatemala. Joseph Humire, experto en “seguridad global”, reconoció a la izquierda regional haber tenido una visión geopolítica asertiva a través de instrumentos como el ALBA-TCP, propiciando un acercamiento a Rusia, China e Irán, quienes de todos modos conforman, en sus palabras, “una alianza no natural”, a diferencia de la alianza occidental-cristiana, que sería natural y autoevidente.

Lo curioso aquí, es que los sectores que buscan salir del clóset extremista (el peruano Miklos Lukacs los comparó con “corderos sometidos”), volver a proclamarse con orgullo derechistas y conservadores y disputar de manera directa el campo de la cultura y el poder del Estado, utilizan para ello todo una serie de estrategias y conceptos surgidos de las propias izquierdas: desde la batalla cultural hasta la búsqueda gramsciana de la hegemonía, desde el internacionalismo (reaccionario y empresarial) a la épica de la resistencia, desde el rechazo a la globalización hasta el uso leninista de los nuevos medios de comunicación como organizadores colectivos, es evidente que la extrema derecha ha estudiado mucho de nosotros. 

El otro contendiente favorito de estos sectores es lo que denominan, también de manera intercambiable, como “globalismo”, “multiculturalismo”, progresismo o “izquierda woke”. Con esto se refieren al progresismo de Europa o los Estados Unidos (desde la “izquierda” del Partido Demócrata y Hollywood hasta las universidades y los movimientos feministas, antiracistas, ambientalistas o ahora también pro-palestinos). ¿Qué es el globalismo? De nuevo, en términos de Laje, sería la transferencia velada de soberanía a organizaciones internacionales. Su mayor exponente teórico, la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, fue fustigada entre otros por el diputado peruano Alejandro Muñante, que también cargó contra la Organización de Estados Americanos de Luis Almagro. Otros conferencistas incluyeron también aquí a organismos crediticios multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, a grandes conglomerados digitales como Meta de Mark Zuckerberg, al Foro de Davos, al magnate George Soros y su Open Society, a la Fundación Rockefeller, al historiador israelí Yuval Harari, a los “profetas del cambio climático” (como Greta Thunberg) y los “agoreros del terror sanitario” (como la Organización Mundial de la Salud). Sobre la OMS, los autodenominados “bioconservadores” como los médicos Robert Malone, Ryan Cole y Alejandro Díaz, aseguraron que su director, el etíope Tedros Adhanom, sería un marxista convicto y confeso. 

De la misma manera, así como el “globalismo” se encargaría de transferir soberanía y de propender a un único gobierno trasnacional, el wokismo sería su contraparte cultural interna, una especie de fuerza disolvente de los valores tradicionales, patrióticos, occidentales y cristianos; ante todo los de la nación y de la familia nuclear heterosexual, considerada por Lukacs como la estructura básica de la sociedad (ya no el individuo, como en la tradición liberal, ni mucho menos la comunidad, como en la tradición socialista).

Este adversario se resume en un tópico, muy repetido en la CPAC, que gira en torno a la “decadencia de occidente”, de la que darían testimonio la migración del Sur Global, el carácter cada vez más multicultural de las sociedades occidentales, la caída de la tasa de la natalidad, el avance implacable de la “ideología de género” así como lo que llaman el “gran reemplazo”, es decir la “sustitución” de la población blanco-occidental (leída como plan y conspiración) por aquella originaria de las periferias del planeta. Tal como se preguntó, con evidente afán retórico, la senadora Cabal: ¿por qué estas personas no migran a China o a Rusia? 

Es interesante que los responsables de la spengleriana “decadencia” hayan logrado socavar los mismísimos cimientos filosóficos de Occidente. No en vano la conferencia de Axel Kaiser, titulada sugestivamente “¿Contra qué luchamos?”, fue una defensa bizantina de la lógica aristotélica, de la “unidad de la razón humana” que habría sido fragmentada, en sus orígenes, por nada menos que Karl Marx, y una diatriba contra el voluntarismo progresista que convierte el deseo en necesidades y las necesidades en derechos. 

Naturalmente, se desprenden de aquí dos grandes enemigos contemporáneos. Así, el español Javier Villamayor se refirió a la “importación de culturas radicalmente ajenas”, refiriéndose al Islam, como si entre el año 711 y el año 1492, buena parte del territorio de lo que hoy conocemos como el Estado español no hubiera sido parte de Al-Ándalus, el nombre que los musulmanes dieron a la Península Ibérica hace nada menos que 13 siglos. Villamayor aseguró que hay una correlación entre criminalidad y migración, denunció “guetos donde el Estado no se encuentra”, denunció el “reemplazo poblacional” en su país y aseveró que ”aunque la batalla es cultural, la guerra es espiritual”. En plena sintonía, y de este lado del mundo, el vocero republicano estadounidense Jaime Florez se refirió a las “comunidades fronterizas abrumadas por la migración”, y denunció que los nuevos migrantes “ni siquiera hablan español”. 

El otro enemigo, va de suyo, es el movimiento de mujeres, feministas y diverso. Así, Pablo Muñoz Iturrieta no dudó en comparar el programa feminista con el programa social del nazimo, y a la interrupción voluntaria del embarazo con la cámara de gas: su ponencia se tituló, por caso, “De Núremberg a la ideología de género”. Pero como las críticas de parte de varones blancos heterosexuales parece tener un límite infranqueable, la extrema derecha global está valiéndose de mujeres para empuñar sus mejores armas contra la “ideología de género”. 

Dos casos fueron abrumadoramente elocuentes en la CPAC: el de Sara Huff (en realidad, Sara Fernanda Giromini), una militante antifeminista brasileña que se postuló a diputada federal y más tarde fue parte del Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos del gobierno de Bolsonaro. Huff, que denunció haber sufrido de niña graves hechos de violencia y abuso sexual, y que durante años fue parte del movimiento feminista, no sólo es hoy una mediática cruzada contra la agenda del movimiento de mujeres, sino que participó de un grupo extremista armado llamado Movimiento 300, y es una admiradora confesa del Plínio Salgado, fundador de una variante brasileña del fascismo italiano (el “integralismo”). El otro caso es el de Lianna Rebolledo, también conferencista, quien tras quedar embarazada producto de una violación a sus 12 años, decidió tener a su hijo. Robelledo se presenta a sí misma como un ejemplo de superación personal, y a partir de su propia y traumática experiencia se convirtió en una ferviente “pro vida”, combatiendo el derecho al aborto incluso en las situaciones más extremas, como en caso de violación, de malformaciones congénitas, e incluso cuando media un riesgo para la vida de la gestante.

En suma, frente a comunistas, socialistas, progresistas, woke, globalistas, mujeres y migrantes, de lo que se trataría, a tono con el conocido slogan trumpista, es de “hacer Occidente grande de nuevo”.

5. ¿Qué rol juega México en estas proyecciones?

El otro gran anfitrión de la CPAC México, además del matrimonio Schlapp, fue el ex actor de telenovelas y actual productor cinematográfico Eduardo Verástegui, que en las pasadas elecciones mexicanas intentó, de manera infructuosa, competir como candidato independiente por la presidencia de los Estados Unidos Mexicanos. Verástegui, conocido por sus posiciones refractarias sobre el aborto, la eutanasia y el matrimonio igualitario, así como por su enardecida defensa del “dios, patria y familia”, acaba de lanzar el movimiento Viva México y oficializó, en la misma CPAC, su intención de convertirlo en un partido político que pueda ocupar el lugar de formaciones más tradicionales como el PAN y el PRI, hoy en crisis tras la abultada derrota electoral sufrida en los comicios de junio.

En esa línea, el consultor mexicano Cristian Camacho señaló no sólo el éxito de las “mañaneras” de Andrés Manuel López Obrador, sino lo que consideró “la total desconexión de la oposición local con los problemas de la gente”, haciendo una autocrítica de la sobre-ideologización de su propio espacio. “Los votantes no comparten nuestros valores”, aseguró. “No hablamos el mismo idioma”. Así, afirmó que el “talón de Aquiles” de MORENA es la cuestión de la inseguridad y la violencia, propuso “poner a las víctimas en el centro de la conversación” y llamó a defender los valores conservadores, pero sin convertirlos automáticamente en ejes de campaña. Es decir, un ejercicio de pragmatismo electoral que ha dado a las extremas derechas muy buenos rindes electorales en otras latitudes.

En suma, en la CPAC creen que Ciudad de México podría ser, para los ultraconservadores latinoamericanos, lo que Budapest es a Europa o Tokio es al este asiático. Es decir, un bastión reaccionario capaz de irradiar valores y políticas conservadoras en la región, con el condimento añadido de ser el epicentro histórico y simbólico de lo que casi todos los presentes caracterizaron como “Hispanoamérica”, o incluso como “Iberosfera”, concepto acuñado por Vox en su ya célebre Carta de Madrid. La aparición en plena conferencia de figuras de la historia de México, revividas por obra y gracia de la Inteligencia Artificial, tales como Agustín de Iturbide, primer emperador mexicano; Anacleto González Flores, líder de la Guerra Cristera de 1926-1929; o la del propio Hernán Cortés, conquistador de México-Tenochtitlán, dan cuenta de la nostalgia colonial, monárquica e hispanista que mueve al sector más radicalmente conservador de la política mexicana. Y dan testimonio, también, de qué tan profunda debe ser la fuga retrospectiva de las élites periféricas de un Occidente en crisis, que deben remontarse hasta tiempos antediluvianos para encontrar un poco de paz y seguridad en un mundo que les resulta cada vez más hostil, fugaz e incomprensible.


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