La seducción de la barbarie. No podría encontrar otro concepto para explicar las motivaciones profundas de un libro tan repugnante como notable, tan inverosímil como magistralmente escrito. La idea pertenece al filósofo argentino Rodolfo Kusch y pretende describir la la fascinación y la repugnancia simultáneas por los fenómenos, “hedientos” dirá el, que lo negro, lo indígena y lo popular generan en las élites por lo común “blancas”, “liberales” e “ilustradas” del continente. Kusch pensará, en particular, en figuras tan apasionantes como Domingo Faustino Sarmiento y en su icónico Facundo, en el que se despacha, con atracción y repulsión ambivalentes, contra el mítico caudillo riojano que encontró la muerte en Barranca Yaco. Es casualmente un tufillo sarmientino el que se desprende de las hojas algo avejentadas de este pasquín grotesco.
Pero nombremos por fin a los aludidos: el libro lleva por título La isla al revés y su autor no es otro que Joaquín Balaguer, intelectual trujillista devenido, en tres períodos distintos y tras la caída del célebre dictador, en presidente de la República Dominicana. Su publicación data del año 1983, algo en lo que uno podría no reparar, confundido por su prosa anticuada y decimonónica, y por un desprecio racializado que pareciera más bien provenir de tiempos atávicos. Y es que, siguiendo la analogía, La isla al revés tiene tanto del Facundo como de un libro más aberrante y menos conocido escrito por Sarmiento titulado Conflictos y armonías de lasrazas en América. Allí su racismo alcanzará su punto de maduración, sazonado aquí y allá con argumentos presuntamente científicos. Pero lo dramático del caso, de esta comparación acaso algo aventurada, es que Conflictos… es un libro del año 1883, por lo que antecede al texto de Balaguer exactamente un siglo.
La principal tesis de Balaguer, presentada sin escozor ni disímulo, es la del llamado “imperialismo haitiano”, que sería una característica intrínseca y atemporal de sus vecinos, una nación “expansionista” desde los tiempos de la revolución anticolonial y antiesclavista de 1804. El principio de “indivisibilidad de la isla” en el que se basa Balaguer para afirmar su ocurrencia fue formulado por Toussaint Louverture en 1801, tres años antes del nacimiento de Haití, y 43 años antes de que la República Dominicana existiera siquiera como entidad política soberana, precisamente al consolidar su separación de respecto de Haití bajo la conducción política y militar del patriota Juan Pablo Duarte. Pero lejos del “antihaitianismo” que se le ha querido endilgar al migrante Duarte, cuya vida discurrió más tiempo exiliado que en su propio territorio, éste fue muy claro al fundamentar su proyecto independentista y las relaciones posibles con sus futuros vecinos: “Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recorriendo las páginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores, y veo como los vence y como sale de la triste condición de esclavo para constituirse en nación libre e independiente. Le reconozco poseedor de dos virtudes eminentes, el amor a la libertad y el valor; pero los dominicanos, que en tantas ocasiones han vertido gloriosamente su sangre, ¿lo habrán hecho para sellar la afrenta de que en sus sacrificios le otorguen sus dominadores la gracia de besarles la mano? ¡No más humillación! ¡No más vergüenza! Si los españoles tienen su monarquía española, y Francia la suya francesa; si hasta los haitianos han construido la República Haitiana, ¿por qué han de estar los dominicanos sometidos, ya a la Francia, ya a España, ya a los mismos haitianos, sin pensar construirse como los demás? ¡No, mil veces! ¡No más dominación! ¡Viva la República Dominicana!”.
La indivisibilidad de la isla a la que aludía Toussaint y recurre Balaguer, era en realidad la indivisibilidad del proceso revolucionario, la necesidad militar y estratégica de desalojar a todas las potencias coloniales de la isla –incluida España, la cual ocupaba la porción oriental de la isla compartida–, y el principio de extender por todo el territorio –y su fuera posible al conjunto del Caribe y del continente entero– la abolición de la esclavitud. Desde ahí podemos entender el impacto de la Revolución Haitiana en la revolución gemela de la isla de Guadalupe, la posterior asistencia brindada por Alexandre Pétion a Simón Bolívar para reemprender la tentativa independentista y acabar con la odiosa institución de la esclavitud, o el decidido combate de Henri Christophe a los barcos negreros que circunnavegaban la isla.
De hecho, la primera independencia dominicana, conocida como la “Independencia efímera”, fue en realidad un proyecto de incorporación voluntaria, comandado por José Núñez de Cáceres, al proyecto de la Gran Colombia bolivariana, consumado bajo el sugestivo nombre de Estado Independiente del Haití Español. Los otros proyectos en pugna, esta vez regresivos, implicaban la concertación de un protectorado por parte de los Estados Unidos, la restitución de su posesión colonial a España o bien la búsqueda de cualquier otra tutela metropolitana. Por eso Balaguer será pródigo en trampas y zancadillas historiográficas al respecto: se referirá a que las “invasiones y usurpaciones” de Haití sobre la República Dominicana habrían comenzado en 1630, ¡174 años antes del nacimiento de Haití y 214 años antes de la existencia de la República Dominicana propiamente dicha! Su compromiso y su identificación con la España colonial le llevan a presentar como “imperialismo haitiano” las disputas de la metrópolis francesa contra la metrópolis española en aquella isla situada en lo que Juan Bosch llamó la “frontera imperial” caribeña. Por eso es que una y otra vez Balaguer se referirá a Santo Domingo como “el pueblo más español de América”, en la eterna nostalgia de una colonia que por no poseer metales en abundancia fue rápidamente relegada para seguir las vetas del oro de México y la plata del Perú, para seguir la huella alucinada de El Dorado al sur y de la Fuente de la Eterna Juventud al norte, hacia la Florida.
El nacionalismo, tan caro y necesario a los pueblos colonizados, se vuelve obtuso cuando yerra al enemigo, cuando es incapaz de identificar las amenazas reales a la nacionalidad y busca chivos expiatorios a la medida de la miseria o los intereses de sus élites. ¿Qué dirá nuestro celoso patriota de la ocupación ni lenta, ni pacífica, ni biológica del imperialismo norteamericano, que mancilló la soberanía nacional invadiendo el país entre 1916 y 1924 y de nuevo en 1965-1966? Pues nada, salvo palabras laudatorias, rescatando la presunta “estabilidad” aportada por la presencia norteamericana. Pese a la abundante evidencia, Balaguer concluirá que “el principal problema de la República Dominicana ha sido y sigue siendo Haití”. Al igual que sus seguidores contemporáneos, el intelectual cultiva un chovinismo cobarde y un nacionalismo meramente retórico bajo la máxima de ser “fuertes con los débiles y dóciles con los poderosos”.
Según el razonamiento de Balaguer, las tesis originales del imperialismo haitiano habrían sufrido una torsión ante el fracaso de las tentativas de “invasión”, recurriendo desde entonces a “recursos menos drásticos, pero al mismo tiempo más sutiles e igualmente peligrosos” que consistirían en “adueñarse paulatinamente de zonas enteras del territorio fronterizo” mediante –y he aquí la operación historiográfica que busca legitimar una política presente– la “penetración pacífica”. Curiosamente, Balaguer reconoce que Haití asistió a los patriotas dominicanos durante la Guerra de la Restauración, desarrollada entre 1863 y 1865 contra el imperialismo hispánico realmente existente. Esta especie de determinista cultural que es Balaguer interrumpe abruptamente su culturalismo cuando se encuentra con una frontera, como la domínico-haitiana, que ha sido históricamente bicultural y bilingüe y ante la existencia de cientos de miles de sujetos bipatridas, hijos de una sola madre, la isla indivisa a la que supo cantarle Jacques René Viau, el poeta de las dos orillas, un dominicano de padres haitianos. Allí, Balaguer se vuelve un celoso determinista geográfico: fronteras son fronteras, pese a la cultura que se derrama y desborda sus pequeños cántaros.
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Nuestro verdadero interés por este libro radica en su capacidad de sistematizar un exuberante léxico racista. Entre las entradas de este florido diccionario, suerte de pequeño Larousse ilustrado, encontramos referencias a las “amenazas de carácter biológico” que representa la haitianidad, “las condiciones primitivas” de la raza, “la resistencia del negro a las enfermedades” y su “fecundidad característica”, lo que explicaría que se trate de “Un pueblo excesivamente prolífico”. También hablará del “quebrantamiento del sentimiento patriótico” por parte de los haitianos migrantes, quienes serían “Seres tarados con lacras físicas deprimentes”, un “precario nivel social” y proclives a la “corrupción de las costumbres patriarcales”. Esta “raza inferior”, esta “raza etiópica indolente” tendría “el mediocre valor de los híbridos [mestizos]”, identificados por la “holganza” de seres “generadores de pereza” con un “nivel de vida primario”. La influencia de estas “fuerzas disgregativas”, de esta “pavorosa ola de color” afectaría el abolengo de la “selecta y homogénea” raza domínico-española, disminuyendo el “poder étnico de los blancos”. Esta “hez haitiana”, la sombra de la dominación “galo-etiópica”, históricamente cebada en sus “efusiones de sangre”, amenazaría con contagiar sus “costumbres exóticas”, su “animismo africano, sus “ritos supersticiosos”, su “misticismo doctrinario” y su “dialecto”. No exento de pruritos higienistas y moralistas, alertará sobre la “propagación de enfermedades” y el “relajamiento de la moral y las buenas costumbres”. Por eso, sostiene Balaguer, es preciso poner coto a la “adulteración de la raza” por parte de estos “bárbaros”, alertar sobre el “peligro del mestizaje” con “razas somáticamente diversas” propensas a la “penetración clandestina”, que podrían llevar a una “africanización progresiva”, a un “desgaste étnico” y a la corrupción de la “fisonomía étnica del país”. La coronación de esta deriva por influjo de las “hordas haitianas” sería la asunción de la cultura inferior de “seres supersticiosos” que practican “artes demoníacas”, “danzas primitivas” y cantan una “poesía negroide”.
La solución de este Sarmiento de los trópicos no será otra que el blanqueo migratorio. Pero mientras que Sarmiento procuraba la introducción en el país de ingleses o franceses, Balaguer buscará, afanosamente, el arribo a la isla de canarios y semitas. La comparación, nuevamente, no es azarosa. El propio Balaguer destaca el “exitoso” caso argentino, en el cual, según sus fuentes alucinadas, “el negro y el indio habrían sido felizmente tragados, digeridos y asimilados”. Estadista y programático, el dominicano nos comparte por eso todas sus previsiones, basadas en “combatir la soberanía nominal”, “corregir la política migratoria”, establecer “impuestos raciales”, prohibir la “migración africana [de Haití]” o de “personas de origen no caucásico”; “dominicanizar las fronteras” e incluso “cerrarlas herméticamente” si fuera preciso, para de esta forma “impedir la desintegración del alma y la pérdida de rasgos distintivos”, para “subsistir como pueblo español y como comunidad cristiana”, afirmando las “diferencias somáticas” que “depuren la raza”, preserven la “pureza de rasgos” y la “limpieza de la nación”.
Este léxico, esta efusión de prejuicios e improperios, sería apenas un pintoresco compendio, un testimonio del racismo añejo de tiempos pasados, o caso un simple muestrario de miserias humanas, sino fuera por el hecho de que, con variaciones apenas, y acaso con menos creatividad y sofisticación, se repite de manera habitual en los medios de comunicación, las redes sociales o la conversación callejera en la República Dominicana del día de hoy.
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Hasta aquí, tan sólo la bárbara descripción de la “barbarie”. ¿Dónde queda la seducción que sugerimos al principio? En uno de sus dramáticos giros argumentales, Balaguer se verá forzado a reconocer algo de valía en el país vecino, pero destacando tan solo aquellas virtudes de las “familias de primera categoría”, el “influjo de las grandes ideas [europeas]” y los “refinamientos y excelencias de la cultura francesa”. Lo positivo de Haití sería, en suma, todo lo que no es haitiano. Pero aquí el giro comenzará a profundizarse, hasta que nuestro autor se nos vuelva casi irreconocible. En términos –por ahora– puramente históricos, Balaguer comenzará a manifestar una auténtica admiración por Toussaint Louverture, el primer gran estadista de la Revolución Haitiana. Su “imponente figura” sería para él lo que Facundo Quiroga para Sarmiento, llegando a caracterizarlo como el “grande maestro de la acción que liberó de la esclavitud, en un gesto de audacia difícil de concebir en esa época, a sus hermanos de raza.” Incluso llegará a llamarlo el “Lincoln negro”, quien supo “elevarse desde la inicua esclavitud del látigo y de las plantaciones, hasta la dignidad del libertador de su raza”. Es más: tirando del hilo de la madeja, Balaguer compartirá sus caros elogios con todo el procerato haitiano: con Toussaint, pero también con Dessalines, Pétion, Boyer, etc. Incluso se permitirá rescatar al radical Baron de Vastey, “temperamento fogoso y caballeresco”, primera pluma del gobierno de Henri Christophe y principal polemista anticolonial de la isla. Balaguer demuestra no poca erudición en la lectura de la tradición intelectual haitiana o referida a Haití: de Price-Mars a Duvalier, del Baron de Vastey a Antenor Firmin, de Joseph Janvier a Justine Devot, de Alfred Metraux a Alfred Viau, etc.
Llegado a este punto, el intelectual dominicano comienza a desbrozar una picada en el frondoso bosque de las mitologías nacionales. Así, señala la falta de patriotismo de las élites dominicanas, con una historia de entreguismo y colaboracionismo que conduce de Buenaventura Báez hasta Pedro Santana, pero con una desmitificación que aún resulta camuflada en su rabioso antihaitianismo. Lo sugestivo es que nuestro autor sostiene la tesis de que el recurso a la tutela de otras potencias –Estados Unidos, España o Francia– se debía a la fortaleza y riqueza relativas de Haití y al miedo paranoide a la absorción de la enclenque colonia española de Santo Domingo. Lo curioso es que en la actualidad, cuando Haití no es ni fuerte, ni rico, ni posee fuerzas armadas, y cuándo la única gravitación internacional real es la de los Estados Unidos, no se sostenga la necesidad de aliarse al vecino Haití para enfrentar los imperialismos reales y presentes, máxime cuando en 1915 y 1916 ambos países fueron invadidos y resistieron la invasión de forma simultánea y mancomunada.
Contra todo pronóstico y sentido común, el inveterado racista que es Balaguer seguirá sosteniendo la presunta blanquitud de los dominicanos, y la tesis histórica de una suerte de “cimarronaje blanco”, por la existencia de comunidades que ante la unificación haitiana de la isla habrían fugado hacia países como Cuba, Puerto Rico o Venezuela para retornar luego, o que habrían subido a las zonas montañosas del país en una especie de repliegue de conservación racial. Argumento que rematará con el remanido mito de que en Santo Domingo no existieron ni existen prejuicios raciales, sosteniendo la “esclavitud benigna del lado español”.
Conforme avancemos en la lectura, la seducción se hará más notable y nuestro autor menos inteligible. Erigido ahora en apologista de la Revolución Haitiana, dice Balaguer que “los primeros [los negros de Haití] han sido la población explotada, la rica cantera de donde salieron los grandes héroes de la independencia y los apóstoles que declararon la guerra a la esclavitud e hicieron de Haití, aun antes de la aparición de un Lincoln en los Estados Unidos, la primera tierra de América en que se reivindicaron en el hombre los valores esclarecidos de la dignidad humana”. Llegará incluso, en un pasaje cuasi fanoniano que podría haber sido entresacado de Loscondenadosdelatierra, a denunciar “la explotación secular” y el “abandono culpable de quienes han tiranizado y exprimido desde su independencia hasta nuestros días a esa nación, que disfrutó del privilegio de la libertad cuando aún los demás pueblos del continente vivían al arrullo de las cadenas del coloniaje”.
Y ahora Balaguer, tan programático en su desprecio racializado como en su repentino amor ecuménico, dejará entrever la posibilidad del “establecimiento entre Haití y Santo Domingo de una constitución paralela que garantice la existencia en toda la isla de un régimen democrático fundamentalmente idéntico para los dos países.” Y continúa: “Bajo una Carta Orgánica refrendada por los dos pueblos y similar en sus líneas esenciales, Haití y Santo Domingo podrían ayudarse mutuamente y el estatus internacional a que se acojan por su propia voluntad serviría de cortapisas a las extralimitaciones de sus gobernantes y constituiría a la vez un obstáculo contra los abusos de poder y contra las tiranías unipersonales”. Rememora incluso las anfictionías de Corinto, Esparta y Atenas, una idea, en nuestro hemisferio, de inequívocas reminiscencias bolivarianas. Propone, en una escritura ya completamente irreconocible, la institución de una doble ciudadanía, una propuesta de una radicalidad inusitada hoy en día. Y concluye, devenido en pleno en un integracionista isleño y caribeño, retomar el espíritu de la Confederación Antillana propuesta por Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances, Juan Pablo Duarte y Gregorio Luperón: “Podrían las patrias de Duarte y de Petión, la de Francisco del Rosario Sánchez y la de Toussaint Louverture, ofrecer a toda la América y al mundo un ejemplo de madurez política y de organización institucional no alcanzado bajo ninguno de los sistemas políticos de nuestra época”. Aún más cerca y más lejos, retoma la idea de la Confederación Domínico-Haitiana de Américo Lugo, quien propuso tratar los límites fronterizos como si se tratase de límites inter-provinciales, anteponiendo a toda otra consideración la conservación de la independencia de la isla frente a las agresiones externas, una idea que también había sugerido el general haitiano Alfred Auguste Nemours.
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El ex presidente dominicano, literato nacional e insigne historiador Juan Bosch, un alto exponente de la dominicanidad, supo acuñar en uno de sus cuentos la palabra “tutumpote”. Tal parece que la expresión, utilizada para designar a la gente de abolengo o a los simples ricos advenedizos, proviene del vocablo inglés totem pole. Los enormes árboles de cedro rojo tallados que todos conocemos como totem, se utilizaban para establecer el linaje familiar de varias comunidades indígenas de lo que hoy es Alaska, Canadá y el norte de los Estados Unidos. Los totem fijaban en la dura madera del tiempo cósmico desde los eventos memorables hasta la existencia de ancestros notables. Una expresión en inglés refiere incluso a the lowest manin the totem pole, a la persona que ocupa el peldaño inferior de una jerarquía o linaje. Un tutumpote entonces, en la ocurrencia de Juan Bosch, sería literalmente un colgado del poste, un obsesionado con su abolengo y con el prestigio supuestamente legado por las generaciones pasadas, por su herencia económica, cultural o étnica.
Serán por tanto los tutumpotes (que existen en todo país) los que siempre imaginarán genealogías reaccionarias, como aquella que ha llevado a que las élites dominicanas –y quizás una parte de su pueblo– renieguen de su negritud o cifren en el chivo expiatorio haitiano el origen de todas sus desgracias. Valga la pena recordar que el propio Bosch, patriota incuestionable, fue siempre un celoso defensor de la causa haitiana, y en particular de la situación de los braceros que trabajaban en los bateyes de los ingenios azucareros, tal como lo recrea su famoso cuento LuisPie.
Pero volvamos a la obra de Balaguer, el gran tutumpote. Al leerlo, este ensayista imaginó, ingenuamente, que este portento de libro no había sido vuelto a editar. Cuál no fue mi sorpresa al encontrarme, en una estación de buses en Santo Domingo, con una edición reciente y lujosa que constataba la circulación presente del pasquín. ¿Cuantos habrán alimentado con él la bilis de su resentimiento? La misma bilis que llevó al tirano Rafael Leónidas Trujillo a afirmar como balance sumario de la “Masacre del Perejil”, en la que se asesinó a 16 mil haitianos, dominicanos negros y domínico-haitianos en la llamada Línea Noroeste, lo siguiente:
“Si mis manos se han manchado de sangre, ha sido para salvar de la haitianización del país a la generación de ustedes. Dentro de 50 años, la ocupación pacífica del territorio nacional por parte de Haití significa para ustedes que los haitianos podrán elegir autoridades dominicanas, podrán poner y disponer, podrán mandar a Duarte y a los trinitarios al zafacón de la historia y anular para siempre sus ideales y su abnegada lucha, los cuales (ideales y lucha) no tienen ningún sentido para los haitianos.”
Hasta que no vuelva a enderezarse esta “isla al revés”, hasta que no se bajen los tutumpotes del palo mayor de sus patéticos y falsificados abolengos, hasta que al decir de José Martí no estén en la picota todos los que azuzan odios inútiles, hasta que no se ratifique el principio de solidaridad que sostuvieron Gregorio Luperón, Fabre Geffrard, Américo Lugo, Jacques Viau, Juan Bosch y tantos otros, esta isla seguirá seguirá siendo un mosaico roto, con dos mitades mutuamente recelosas, vulnerables frente a sus verdaderos enemigos, que ven con beneplácito como los hermanos se devoran.








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