Civil War (2024) es la última película del novelista, guionista y director británico Alex Garland. La última en sentido estricto, si damos crédito a las especulaciones de que Garland se retirará de la dirección tras el estreno de Warfare, su quinto y eventualmente último film, que ya se encuentra en producción.
La primera plana actoral está conformada por la conocidísima Kirsten Dunst, que interpreta a la curtida fotoperiodista de guerra Lee Smith; por el actor y cineasta brasileño Wagner Moura (director de la extraordinaria Marighella) que hace de Joel, un adrenalínico reportero de Reuters; por Stephen McKinley Henderson, que interpreta al veterano Sammy, un anciano periodista “de lo que queda de The New York Times”; y por Cailee Spaeny, como la joven fotoreportera Jessie Cullen, que buscar hacer carrera con un poco de audacia y una vieja Nikon analógica. Completan el costoso reparto el magnífico Jesse Plemons, en el papel de un despiadado miliciano supremacista que tendrá una breve pero sobrecogedora aparición, y el gran Nick Offerman, interpretando nada menos que al presidente de facto de los Estados Unidos.
Consumos problemáticos
La taquillera película anglo-estadounidense de A24 trata –cuando no– de un tiempo de incertezas y calamidades. Civil War es un film bélico ultraviolento, con elementos de road-movie; un viaje temerario por unos Estados Unidos derruidos, una especie de The last of us sin cordyceps, que narra una (segunda) guerra civil en curso en los Estados Unidos de Norteamérica.
En ese marco de catástrofe, un grupo de reporteros de distintas generaciones busca llegar a Washington D.C. en una verdadera carrera contra el tiempo, para realizar allí la que suponen puede ser la última entrevista concedida por un presidente que se tambalea al filo de la navaja. Pero no son los únicos que se dirigen a la ciudad capital; también se movilizan otros sectores de la prensa, así como las distintas facciones rebeldes, en una estampida frenética que recuerda en algo la búsqueda por llegar y ocupar la capital Luanda durante la independencia de Angola.
En este escenario, las “fuerzas leales” a la Casa Blanca controlan cerca de la mitad del territorio nacional: la franja central del país y buena parte de la cosa Este. A la cabeza de la precaria federación, el impopular presidente cursa su –anticonstitucional– tercer mandato e intenta aplastar con puño de hierro una rebelión a tres bandas, luego de haber disuelto el FBI, militarizado a la policía y atacado con drones a la población civil; apenas pequeños retazos del contexto de la ficción que se nos ofrecen a cuentagotas. Sabemos también, por indicios, que la economía se encuentra en bancarrota y que el antes poderoso dólar estadounidense ha perdido buena parte de su valor.
En un mapa desgarrado, el antiguo territorio nacional es disputado a la vez por las Fuerzas Occidentales, una alianza entre California y Texas; un Estado, este último, con un extenso prontuario secesionista desde su separación de México en las primeras décadas del siglo XIX. Pero también por la Alianza de la Florida, que se corresponde bastante aproximadamente al antiguo sur esclavista de la Guerra de Secesión de 1861-1865, por lo que resulta más que interesante solapar y comparar ambos mapas. Y también por una tercera fuerza, el Nuevo Ejército del Pueblo, quien controla el nor-occidente del país, se supone que bajo la conducción de unos “maoístas” que se habrían rebelado en Portland. Sin embargo, esta izquierda fantasmagórica, que podría mostrar un escenario más complejo que el de la polarización entre un líder fascista y una rebelión que tampoco da indicios de mayor progresividad, sugestivamente nunca aparece en escena.
Civil War ha sido catalogada en general como una distopía bélica, aunque también podría ser encuadrada como una ucronía; los hechos narrados por el film discurren en un tiempo que puede ser interpretado como un futuro próximo, como en el inmediatismo futurista de Black Mirror, o bien como un presente alternativo, como en El hombre en el castillo de Philip Dick. De hecho fue Dick quien primero planteó en su célebre ucronía la división intestina del territorio norteamericano, ocupado por el Imperio Japonés y por el Tercer Reich Alemán tras la victoria del Eje en una Segunda Guerra Mundial que habría seguido un curso alternativo. Mismo camino que siguió la novelista canadiense Margaret Atwood, quien en El cuento de la criada y en Los testamentos imaginó a unos Estados Unidos divididos por la emergencia de la República de Gilead, una suerte de distopía sexo-reproductiva que también condujo a una guerra civil.
Pero a diferencia de las novelas de Atwood, que construyó un entorno complejo y sumamente detallado de los actores en pugna (nacionales e internacionales), casi nada sabemos de la historia, motivos e intereses detrás de cada uno de los actores de la rebelión de Civil War. Buena parte de la crítica ha centrado aquí de sus dardos. Sin embargo, lo que algunos leyeron como imprecisión argumental o desidia narrativa, fue el atajo que Garland eligió para sostener un casi imposible compromiso de neutralidad, sustrayendo información vital del contexto en que se desarrolla la trama.
Esta ausencia de elementos contextuales se justifica en el cuidado con que el director busca no tomar partido, no catalogar a “buenos” y “malos”, no ofrecer una trama “masticada”, ni ofrecer lecciones morales. Algo que por otra parte la serie elaborada a partir de las novelas de Atwood terminó haciendo de manera bastante deshonesta en las últimas temporadas, dando un giro consustanciado con las narrativas de la OTAN que apenas si fue disimulado. Sin duda, detrás de la estrategia de Garland puede haber también consideraciones de índole meramente económica: el director coquetea con la polarización estadounidense y la capitaliza ni más ni menos que en un año electoral, aunque asegura que se trató de un hecho fortuito. Como sea es claro que el británico no quiso enajenarse a priori a ningún bando.
Podemos criticar su estrategia, pero no su eficacia. Por un lado, algunos liberales y demócratas eligieron ver en el film una guerra justa contra un tirano fascista de reminiscencias trumpianas. De hecho, los periodistas de aquel lado del establishment preguntaron a director y electo una y otra vez si el personaje interpretado por Offerman estaba inspirado en el ex presidente. Finalmente Garland reconoció, para fastidio del poderoso lobby sionista, que mientras escribía el guion pensaba no sólo en figuras como la de Trump, sino también “en [el Primer Ministro israelí Benjamín] Netanyahu y otros parecidos”. Incluso aseguró que ve en Israel “un producto muy claro de polarización extrema y pensamiento extremista”. Pero del otro lado del espectro político, la experiencia vívida por algunos republicanos trumpistas en las salas de cine pudo ser muy diferente a la de sus compatriotas, viendo en Civil War una especie de revancha simbólica de las últimas elecciones, que aún hoy consideran fraudulentas, así como del fallido asalto al Capitolio el recordado 6 de enero de 2021.
Veamos si no los sorprendentes datos que arroja la encuesta realizada a los espectadores por Screen Engine y Comscore PostTrak: de los asistentes a la fecha, el 22 por ciento se reconoce como liberal, el 19 como demócrata, el 11 como “moderado”, el 6 como republicano, el 6 como evangélico y el 5 como conservador. Es la misma posición de la película, o más bien esta falta de posicionamientos explícitos, la que genera tamaño desconcierto y la que habilita a la vez consumos tan dispares y lecturas tan contradictorias.
El propio Offerman explicitó esta estrategia: «Sería tan fácil hacer esta película y poner […] algo de esto y aquello, pero perderías a la mitad de tu público de una manera u otra. En lugar de eso, esto es como una gran novela, es para que todo el mundo diga: ‘Oh, quizá ir hacia la guerra en nuestro país no sea el mejor camino. Quizá deberíamos reconsiderar la dirección que estamos tomando’». El mismo posicionamiento asumió Garland en varias entrevistas, en donde calificó a Civil War como una cinta anti-bélica, cuando no anti-conflicto a secas. El retorno de la guerra a Europa parece haber revivido los viejos fantasmas del Occidente colectivo, y convencido a parte de la sociedad norteamericana de que la guerra no es sólo cosa de países periféricos, de los shithole que con toda elegancia definiera Doland Trump. La guerra no es un lugar: es una pulsión del capital.
El problema es que la apoliticidad y la equidistancia son tan imposibles en el cine como en la guerra, más aún cuando una parte de la sociedad estadounidense cultiva ánimos claramente más belicosos que la otra, y se asume como enfrentada sin orden ni concierto, en una batalla de tintes existenciales, al statu-quo partidario, el poder financiero, Washington, la progresía de Hollywood, los migrantes, el geoide terrestre, las corporaciones, los afrodescendientes, la izquierda woke, el complejo militar-industrial, George Soros y el deep state, entre otros tantos enemigos reales e imaginarios. Y más aun, cuando ese mismo sector acaricia con cierta fascinación las soluciones de fuerza como forma de redención nacional, considerando a la famosa Segunda Enmienda –que consagra la libre portación de armas– como la piedra de toque de todo el orden social.
Aunque Civil War hace una cuidadosa abstracción del escenario geopolítico internacional (otra diferencia sustancial con El cuento de la criada) la hipótesis guerra-civilista es la forma en que se manifiesta la autoconciencia estadounidense de su declive como potencia hegemónica; declive del que su avanzada desintegración social –visible en fenómenos que van desde las masacres estudiantiles hasta el extendido consumo de fentanilo– no es más que un síntoma. Además no se trata de algo tan irreal, si atendemos al hecho histórico de que, en su gran mayoría, los anteriores imperios declinaron ante todo por causas internas. De mínima, la de la guerra civil es una fantasía más honesta y quizás más próxima que la desarrollada por Garland en sus otras películas: la catástrofe biológica o la rebelión inminente de la inteligencia artificial. Civil War no trata sobre el fin del mundo en general, sino sobre el fin de un mundo regido por los Estados Unidos tal como lo conocemos.
Es precisamente esta sinceridad descarnada la que ofendió a grandes corporaciones como la CNN. Allí, el redactor en jefe John Blake despotricaba por el hecho de que las únicas historias taquilleras sobre los Estados Unidos que circulan son aquellas en donde su país se desmorona: “parece que ya no sabemos contar historias bien elaboradas que contrarresten las que describen la democracia estadounidense como condenada al fracaso […] Algo va mal cuando producimos historias sobre superhéroes vestidos de licra que se unen en diferentes galaxias para salvar el universo, pero no podemos contar una historia popular que muestre a los estadounidenses uniéndose para salvar a nuestro país”. Razón no le falta. Y no sólo en esto. Como el redactor afirma, Civil War amplifica el mensaje de sus competidores hegemónicos –pero no sólo de ellos– quienes aseguran que “Estados Unidos está irremediablemente dividido y degenerado”.
No hagas la guerra (en casa)
Según una impactante encuesta realizada por Economist/You Gov Poll en 2022, el 43 por ciento de la población estadounidense cree que una guerra civil es algo probable. Pero no es este el único indicio de que la hipótesis guerra-civilista se instaló definitivamente en el imaginario de la gran potencia del norte. Lo mismo piensa Peter Turchin, un académico estadounidense de origen soviético, o algunos generales estadounidenses retirados de los que se hace eco el Washington Post.
Por eso no es casual que en una de las líneas más importantes de la película, la fotoreportera Lee Smith haga un racconto de su agitada vida profesional en los frentes de batalla: «Cada vez que sobreviví a una zona de guerra, pensé que estaba enviando una advertencia a casa. No hagas esto. Pero aquí estamos».
De alguna forma, lo que resulta más humillante para un sector del establishment que asiste impávido a Civil War, es que la película coloca, en la propia casa del colonizador, hechos típicos de la guerra colonial que siempre fueron escenificados en el Tercer Mundo. Y lo hace, además, mancillando poderosos símbolos políticos y cinematográficos, como sucede con la omnipresente bandera estadounidense, que flamea con las dos estrellas solitarias que representan a los Estados rebeldes de las Fuerzas Occidentales.
Pero los hechos que hoy sobrecogen como ficción al espectador estadounidense que abarrota las salas IMAX para ver en 18K la debacle imaginaria de su propia nación, evocan hechos muy reales de la historia contemporánea para un iraquí, un panameño, un serbio, un granadino, un vietnamita, un libio o un afgano. Poco o nada ha reparado la crítica estadounidense –ni siquiera la de izquierda– en este aspecto, aun cuando la película se obstina en presentar, uno a uno, rasgos emblemáticos de las guerras coloniales conducidas por los Estados Unidos y sus aliados en las periferias del mundo.
La quema de prisioneros vivos, como en el Irak ocupado; el encarcelamiento de presuntos combatientes, engullidos en el anonimato de unas icónicas capuchas negras que evocan a las de Guantánamo; la formación y utilización de mercenarios y paramilitares, como en la «Contra» nicaragüense; los asesinatos extrajudiciales, como los “falsos positivos” orquestados bajo el Plan Colombia; las fosas comunes, innumerables en la guerra civil en Guatemala; los presidentes de facto, como aquellos que fueron impuestos por las dictaduras de la CIA y el Plan Cóndor en el Cono Sur; un palacio presidencial bajo asedio, como La Moneda bajo la presidencia de Salvador Allende en Chile; los campos de refugiados eternos, como en Siria o el Líbano; o los ataques con drones a la población civil, como sucede en la Franja de Gaza mientras escribimos estas líneas.
Lo que para un espectador norteamericano es ficción, y se escenifica con morbo en unos Estados Unidos que (aún) no existen, en nuestro Tercer Mundo resulta puro presente y pura historia. Es como si la violencia colonial retornara, como un bumeran, a la entraña de la misma sociedad de la que emanó. De hecho, el mensaje más provocador es el de que los Estados Unidos pueden convertirse en aquel tipo de Estado que siempre creyeron encontrar en las periferias; en un “estado fallido”, como lo aseguró Donald Trump en un debate presidencial.
Claro que no estamos sugiriendo aquí que se trate de una película anticolonial, algo imposible, por otra parte, viniendo de un director que aunque se percibe como “de izquierda” (en su peculiar sentido estadounidense), más bien cabría definirlo como un demócrata muy moderadamente progresista. Un personaje que puede a la vez, como en esta entrevista, asegurar que “la dicotomía izquierda-derecha ha prescrito”, criticar a Netanyahu, denostar al comunismo y pedir más impuestos a los ricos. Como ya dijimos, Civil War se presta a lecturas contradictorias y consumos muy diversos. No hay duda de que puede haber sectores conservadores, de la alt-right, católicos ultramontanos, racistas, supremacistas y/o trumpitas, que se vean interpelados por el aura heroica de la rebelión texano-californiana que la película narra, la que culmina con resultados tanto más promisorios, para aquellos sectores, que el fallido y algo improvisado asalto al Capitolio.
De hecho, la película sugiere al menos uno de los móviles –centrales o secundarios– de la guerra civil: el etno-racial. El Estados Unidos de la ficción, el de la actualidad, así como el de la Guerra de Secesión de 1861-1865, vuelve a desgarrarse por una cuestión que el multiculturalismo bien pudo gestionar y estetizar, pero que nunca se propuso resolver. Emergen ahora narrativas paranoides sobre el eventual “reemplazo” de la población blanca, sobre todo entre los trabajadores sureños conservadores (despectivamente llamados redneck). Reemplazo o peligro que ya no corre a cuenta de los esclavos y libertos negros de las plantaciones algodoneras del sur, sino a cargo, aparentemente, de la inmigración latinoamericana y caribeña. O asiática, o africana, lo mismo da.
Quien da esta clave de comprensión del conflicto es el miliciano interpretado por Jesse Plemons, a quien no se adscribe a ningún bando en particular, aunque no es necesario que haga parte de un bando de la guerra para hacer parte de la guerra. Cuando uno de los periodistas asegura al miliciano que ellos son americanos (léase, estadounidenses), éste replica: –De acuerdo, pero ¿qué tipo de americanos son? […] ¿Americanos del sur? ¿De Centroamérica? […] Colorado, Misuri, de eso estoy hablando, americanos”.
La vieja y ya casi banal confusión lingüística entre americanos y estadounidenses, que volvió a aparecer en escena con la canción This is not América de Residente, se actualiza en una conversación que es mucho más que un diálogo histérico. El racismo y el supremacismo, el fondo casi invisible de la trama, se ve también en el color de los cuerpos que se apilan en la fosa común que el miliciano cubre de tierra y cal. No parece casual que uno de los Estados elegidos para encabezar la ficticia rebelión sea precisamente Texas, que protagonizó a comienzos de este año un resonante conflicto entre el poder estadual y el federal y entre demócratas y republicanos, precisamente al demandar políticas migratorias más duras en la extensa frontera que Texas comparte con México, y por extensión, con toda América Latina.
De nuevo, más que una película antimilitarista (que en todo caso sería más razonable situar hoy en un escenario árabe o europeo), Civil War se define mejor a partir de aquella advertencia que la protagonista enuncia entre líneas: no hagamos esto en casa. Sucede un poco con el film de Garland aquello que el poeta y ensayista Aimé Césaire supo afirmar sobre la crítica occidental al nazismo en la segunda postguerra. Para el martiniqués, lo que nunca perdonaron a Hitler las potencias coloniales no fue ni la barbarie desatada, ni la deshumanización del otro ni el genocidio en sí (practicas que tienen una historia tan larga como las “gasificaciones” de Napoleón del siglo XVIII), sino la aplicación de métodos coloniales a poblaciones no coloniales, blancas y europeas. De la misma manera, aquí la crítica de Garland no parece dirigirse tanto a la guerra en sí como a la mera posibilidad de que una guerra de este tipo suceda en territorio estadounidense; país que, se sabe, gusta de librarlas bien lejos de casa.
De nuevo es conveniente volver a la crítica de la CNN, que básicamente reprocha al director de Civil War su narrativa pesimista y escandalosa en torno a un conflicto intramuros (“los trapitos sucios se lavan en casa” pareciera sugerir), en vez de estar cultivando un edificante militarismo patriótico que prepare a la sociedad norteamericana para combatir en las próximas aventuras del complejo militar-industrial, o al menos para asumir los costos sociales internos del cada vez más insostenible esfuerzo de guerra. Por eso Blake recuerda con nostalgia la moralina patriotera de películas como Casa Blanca, que sirvió para convencer a una generación entera de pelear en un lejano conflicto europeo. Otra vez, a su pesar, el redactor en jefe de la CNN da con una pregunta terriblemente lúcida: “¿Cómo podemos contar en la actualidad una historia que no ignore la brutalidad de la historia estadounidense, pero que al mismo tiempo inspire esperanza para el futuro?”.
Quizás sencillamente no se pueda.








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