El fenómeno libertario en la Argentina1 es un hecho extremadamente reciente. Tanto, que dificulta el análisis de tendencias y orientaciones que no han cristalizado del todo, a diferencia de ideologías y formaciones políticas homólogas que, en otros países de la región —y del mundo— acumulan ya algunos años y muestran características mucho más definidas y estables.
Reparemos, por ejemplo, en que la fundación del Partido Libertario local data del 2018, mientras que la coalición La Libertad Avanza (LLA a partir de ahora) —que implicó la articulación de los libertarios con tendencias liberales “clásicas”, conservadoras, católicas, grupos antiderechos y otras menores— se conformó a mediados del año 2021. En términos electorales, el asenso de esta miríada de pequeños partidos reaccionarios ha sido realmente vertiginoso, desde una primera y exitosa participación electoral en las elecciones legislativas del año 2021 (con lo que LLA se convirtió en la tercera fuerza de la capital federal con el 17,04% de los votos y obtuvo representación parlamentaria local y nacional), hasta ocupar el centro de gravedad de la escena política y mediática y convertirse en opción de poder apenas dos años después. En este trabajo nos concentraremos ante todo en dos aspectos. En primer lugar, en las vertientes ideológicas —nacionales e internacionales— que abrevan en el fenómeno libertario, desde la escuela austríaca y los libertarios estadounidenses, hasta la propia genealogía del liberalismo-conservador argentino. En segundo lugar, nos detendremos en sus aspectos contemporáneos más novedosos y disruptivos Entre ellos, el retorno, como las síntomas mal reprimidos, de ideologemas que se creían completamente desalojados —o al menos severamente confinados— del imaginario nacional; las transformaciones económicas, políticas y en la sociabilidad que hicieron las veces de caldo de cultivo para el crecimiento de estas corrientes; y en el acontecimiento político-mediático representado por la ruidosa irrupción del economista Javir Milei y por su destacado debut electoral, entre otros aspectos. Para terminar, trazaremos algunas hipótesis tentativas sobre el futuro posible de este fenómeno.
1) No son monstruos
El marxista Antonio Gramsci, originario de la isla de Cerdeña, supo acuñar una frase que haría historia, aunque mal traducida, erróneamente citada y mucho peor comprendida, volviéndose, en nuestro siglo, un lente distorsivo a la hora de entrever el fenómeno de las derechas emergentes. La conocida versión apócrifa del texto gramsciano, con alguna que otra variación, reza así: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Pero la cita real, tomada de su tercer cuaderno de la cárcel —escrito en 1930— resulta inequívoca: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos [fenomeni morbosi] más variados” (Gramsci, 1999, p. 286). La metáfora clínica de lo morboso (o mórbido) es utilizada por Gramsci de manera recurrente para analizar los más diversos fenómenos sociales, desde la burocracia y las categorías intelectuales hasta la religión y los monopolios, y se aplica no sólo al campo del adversario, sino también al propio espectro político de las izquierdas (de ahí el inequívoco aire de familia que la metáfora sostiene con el clásico texto leninista La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, como afirma, en su interesante interpretación, Gilbert Achcar (2018), quien además sostiene que el filósofo italiano refería más bien a las desviaciones mórbidas del campo propio, definiendo así a la política seguida por la Internacional Comunista en aquel período.
Es decir que no hay nada de la índole de lo “monstruoso” en su caracterización, al menos no en el sentido coloquial de lo aberrante o inhumano; descripción que, más que a determinados sujetos o fuerzas políticas (por ejemplo el fascismo), se dirige al carácter anómalo e imprevisto de una coyuntura histórica de transición. Confundir los síntomas mórbidos con los “monstruos sociales” —las derechas frente a las cuales se suele invocar el aforismo gramsciano— equivale a confundir los síntomas de la enfermedad con la enfermedad misma. La confusión dice acaso más de las izquierdas y de los progresismos que de sus (renovados) adversarios, y habla al menos de tres cosas: de la tentación analítica de simplificar hechos complejos (además de novedosos y mal conocidos), de la búsqueda de moralizar enfrentamientos políticos (con la ventaja presunta de ganar los combates sin librarlos), y de la tendencia a la autoafirmación en un repliegue identitario (progresista, democrático o de izquierda) consumado en momentos de graves retrocesos e incertidumbres. Insistimos, entonces, en lo que será para nosotros una premisa metodológica básica: las nuevas derechas no son monstruos, aun cuando digan, propongan e incluso ejecuten hechos monstruosos, como veremos en las siguientes páginas.
2) De la “escuela abstracta” a los libertarios de Estados Unidos
Acaso Christopher Gadsen nunca hubiera imaginado ver su conocido emblema, una bandera amarilla con una serpiente negra y la leyenda Don’t tread on me (no me pises), flamear en los territorios mas australes el hemisferio, en latitudes tan lejanas a su natal Carolina del Sur, más de dos siglos después de que fuera izada por vez primera. La bandera en concreto simboliza la resistencia frente a la opresión estatal (tan cara al ideario de los pioneers) y sintetiza muy bien el concepto de libertad negativa. Símbolo que luce por demás extraño en Argentina, uno de los países de la región con un estado más robusto y una tradición estatista más arraigada.
La apropiación de la llamada bandera de Gadsen por los libertarios vernáculos es indicativa de la fuente más obvia —por lo explícita— del hecho que estamos analizando. Y sin embargo, suele suceder con la numerosa y compleja familia de las ideologías liberales —y de las articulaciones liberal-conservadoras— lo que sucede con las viejas y nuevas religiosidades, otro fenómeno igualmente emergente en la región: éstas suelen ser confundidas o englobadas bajo rótulos equívocos, contradictorios o demasiado genéricos. Así como no es lo mismo decir cristianismo, catolicismo, integrismo, protestantismo, neopentecostalismo o teología de la prosperidad, lo mismo debemos hacer el esfuerzo por reconstruir las semejanzas y diferencias en la constelación conformada por el liberalismo clásico, el neoconservadurismo, el neoliberalismo, la escuela austríaca, el populismo de derecha, el libertarianismo y parientes contemporáneos como los neorreaccionarios, los ecofascistas, los etno-nacionalistas y otros (Rodríguez Guerra, 1998; Losurdo, 2007; Stefanoni, 2021).
No vivimos, claramente, en los tiempos del fascismo clásico. Y, adelantándonos a ciertos exabruptos retóricos —o a invectivas que se confunden con caracterizaciones— ciertamente no es fascismo —ni neofascismo— lo que constatamos hoy por hoy en la Argentina. De hecho, las modalidades del liberal extremismo que vamos a analizar se oponen de manera frontal a lo que Emilio Gentile (2023) considera rasgos distintivos del fascismo de masas surgido en Italia a partir del año 1921: el totalitarismo, el imperialismo, la política como religión, la revolución antropológica y la guerra como fin principal de la vida humana. Pero acaso no por eso sean improcedentes algunas comparaciones entre “nuestras décadas del 20”. Hoy, como hace un siglo, la conjunción de múltiples crisis (en este caso la sumatoria de crisis económica, crisis de la estatalidad, crisis climática, crisis del orden geopolítico global —y todavía muy cerca del umbral de salida de la crisis pandémica—) parecen haber vuelto a poner en disponibilidad todas las ideas, incluso algunas que se encontraban relegadas a las mesas de saldo, que aparecían confinadas en pequeños grupos o sectas, o que se encontraban —parecía— definitivamente archivadas en los anaqueles de la historia. En este barajar y dar de nuevo todo puede volver a ser pensado, incluso con ideologías retrógradas y con la mutación novedosa de filosofías antiquísimas.
Es en esta encrucijada en donde se produce la recepción argentina de las ideas del libertarianismo (después hablaremos de las condiciones de su expansión y de su eventual arraigo), las que parecen haber encontrado aquí un éxito mucho más notable que en su propio país de origen; paradojas de las “ideas fuera de lugar”, al decir del crítico brasileño Roberto Schwarz (1977). Consideremos que, en apenas cinco años, los libertarios locales consiguieron una irrupción protagónica en la escena político-electoral, mientras que sus homólogos estadounidenses, en medio siglo de historia, nunca lograron superar pisos electorales de entre el 0 y el 3% Los libertarios son una corriente que reivindica —y disputa— los orígenes remotos de la tradición liberal, a través de figuras como Adam Smith o John Locke, retomando sus elementos más radicalmente individualistas, egoístas y propietaristas. Es natural confundir a las diferentes vertientes que abrevan en lo que Rodríguez Guerra (1998) sintetizó como la “corriente liberal-conservadora”. Aquí, los libertarios (y sus padres históricos de la escuela austríaca) son un grupo que debemos distinguir conceptualmente de los neoliberales (la llamada escuela neoclásica o escuela de Chicago), aunque hayan colaborado de manera conjunta en la aplicación de las políticas económicas que conocemos con ese nombre genérico, desde Chile hasta Indonesia, desde Brasil hasta los antiguos países del bloque soviético. También cabe distinguirlos a todos ellos de los neoconservadores, surgidos como corriente en la década del 60, hegemónicos durante los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido en los años 80 y 90, pero luego bien posicionados en casi todas las administraciones posteriores.
El fundamento económico y filosófico del libertarianismo encuentra sus cimientos en la llamada escuela austríaca de economía, fundada por Carl Menger en las últimas décadas del siglo XIX, aunque sus dos figuras más brillantes e influyentes fueron sin duda Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Hagamos una muy apretada síntesis de su ideario. Estos parten de un acentuado individualismo metodológico y de una concepción cientificista y praxeológica de la economía, posición que les valió el jocoso mote de “escuela abstracta” de parte de sus adversarios del historicismo alemán. Además, para ellos la sociedad sería poco más que una aglomeración mecánica de individuos (“la sociedad no existe”, supo decir Thatcher). Por otro lado, consideran a la libertad (y no a la igualdad o la democracia) como el fundamento excluyente y subordinante de la tradición, y reducen esta noción a la restringida concepción de “libertad económica”. La libertad, siguiendo la distinción popularizada por el filósofo liberal Isaiah Berlin (2014), es considerada sólo es su faz negativa, como ausencia de coacción externa y disfrute privado de la vida y la propiedad. La igualdad, a lo sumo, es admitida como igualdad formal ante la ley, mientras que toda forma de intervención estatal para corregir o atemperar la desigualdad es considerada una intromisión violenta y artificiosa en un orden considerado natural y espontáneo, un orden tan aparentemente perfecto que ni siquiera contempla lo que los neoclásicos llaman “fallos de mercado”, errores que en última instancia justifican algún grado mínimo de intervención estatal para, por ejemplo, evitar la concentración monopólica y el fin de la “libre competencia”. Pero el sistema no admite fallos para austríacos y libertarios: de ahí su feroz enfrentamiento con una amplia gama de sujetos e instituciones que van desde el Estado de bienestar, el keynesianismo y los bancos centrales, hasta el “populismo latinoamericano”, los sindicatos y los movimientos sociales, lo que Alberto Benegas Lynch (h) llama el “espectro estatista”. De ahí proviene también la denostación explícita de valores como el igualitarismo, la solidaridad y la justicia social. A partir de estos fundamentos van a deducir la propuesta de un Estado mínimo (limitado garante de la propiedad y la seguridad, tal como lo conciben los llamados minarquistas), o la radical abolición del gobierno y del Estado (en sus vertientes anarcocapitalistas).
El autodenominado “partido de la libertad”, por lo tanto, es una corriente, ante todo, liberal extremista. Sin embargo, un análisis detenido de los orígenes de la tradición liberal no resta razón a sus tentativas por considerarse herederos legítimos de los padres fundadores. Recordemos, de la mano del extraordinario trabajo del italiano Domenico Losurdo (2007),2 que el liberalismo clásico fue más propietarista que igualitario, que nació de un “parto gemelar” con la institución de la esclavitud que se expandió bajo su apogeo, y que la “comunidad de los libres” fundada por los propietarios blancos de las metrópolis y de las colonias, incluyó en sus orígenes y en sus revoluciones de referencia (la holandesa, la inglesa y la norteamericana) un agudo principio de exclusión que apartó del derecho natural y del disfrute de la libertad, la vida y la propiedad (incluso por vía legal y constitucional) a la inmensa mayoría de la población (esclavos, negros libres, pueblos indígenas, siervos por contrato, indigentes, mujeres pobres, presidarios, conscriptos forzosos, etcétera).
Aprovechemos a desandar una confusión frecuente. El libertarianismo anarco-capitalista tiene poco y nada que ver con la tradición libertaria anarquista, más allá de un vago aire de familia anti autoritario y anti estatista. Como dice Rodríguez Guerra: “Las nociones de individuo, libertad e igualdad que ambos sostienen son ampliamente diferentes. Como distintas (e incluso contrapuestas) son también sus actitudes frente al Estado y, sobre todo, frente al capitalismo” (1998, p. 69). Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, una escuela tan radical y academicista, afecta a la praxeología, a los modelos económicos abstractos y al ríspido lenguaje de los matemáticos, fue durante mucho tiempo poco más que una secta particularmente intensa, conformada más que nada por intelectuales. Su relativo éxito comenzó gracias a otra figura clave del panteón libertario, el también economista Murray Rothbard. Este logró hacer de una corriente científica un movimiento político, teorizando y practicando una estrategia “populista de derecha” que permitió ir al encuentro del “pueblo estadounidense”, en particular hacia los hombres blancos de las clases bajas y medias bajas pauperizadas por la crisis económica y por la deslocalizacón de las cadenas de valor hacia el sudeste asiático y otras regiones del globo. Será Rothbard, quien co-fundó y luego abandonó el Partido Libertario, quien propondrá una síntesis del liberalismo propietarista a ultranza con los valores conservadores de la old right, llegando a una síntesis que definió como “radicalmente reaccionaria” e incluso como “paleolibertaria”, buscando diferenciarse de los hegemónicos sectores neoconservadores que, guiados por las aventuras civilizatorias del complejo militar-industrial, fortalecían los aparatos del Estado intra y extra muros. No disponemos de espacio para abordar en detalle el sinuoso y fascinante ideario de Rothbard (quien llegó incluso a coquetear con la izquierda y con el movimiento contra la guerra de Vietnam), pero queremos señalar que fue él quien logró sentar las bases de un programa basado en el combate al Estado de bienestar, a la criminalidad (ante todo la ejercida por los sujetos subalternos), a las políticas impositivas, a la Reserva Federal (el equivalente a nuestros bancos centrales), a las políticas de afirmación y discriminación positiva (leídas como “privilegios” y trato desigual frente a la ley), a la subversión de los principios de autoridad (patriarcal, religiosa, etcétera) y a la política exterior norteamericana. Esto, a su vez, se combinó con el hallazgo de un sujeto pero también de una estrategia: la disputa del Estado, en principio por vía electoral, para proceder al desmantelamiento radical de todas las formas de lo común. Recordemos aquí la definición de Karl Marx cuando hablaba del Estado como una “comunidad ilusoria”, pero como una forma de lo común al fin y al cabo, concepto que retoma en la actualidad el intelectual boliviano Álvaro García Linera (2023). Quien finalmente encarnaría de manera ecléctica este programa, desde las entrañas decrépitas del antiguo Partido Republicano, y quien se volvería una mediación clave en la divulgación del pensamiento liberal-libertario al sur del Río Bravo, no sería otro que el inefable ex presidente Donald Trump, peinado, como Milei, por la mano invisible del mercado.
3) Liberal-libertarios, ¿una flor exótica en el jardín argentino?
Sin negar el fenómeno de colonización pedagógica (Jauretche, 2015) que subyace a la implantación del libertarianismo en un contexto tan radicalmente diferente a aquel que le dio origen, no todo es exótico en este desembarco austral, como lo demuestra el hecho de que el injerto haya prendido con una velocidad inusitada. Digamos, como principio general, que la radicalidad de un proyecto político puede medirse por la extensión retrospectiva de la relectura de la historia que propone. En este sentido, los libertarios argentinos no dudan en ir directo a las fuentes. Así, rinden culto a Juan Bautista Alberdi, padre del liberalismo nacional e ideólogo de todo el ordenamiento socio-jurídico-territorial argentino, decodificado por ellos como una suerte de Thomas Jefferson de las pampas. De esta manera, reelaboran en clave radical un discurso decadentista al que siempre fueron afectas las élites argentinas. Para ellos el ocaso nacional no habría comenzado con el kirchnerismo (leit motiv de casi todo el espectro liberal.conservador contemporáneo), y ni siquiera con los “70 años de populismo” (un eslogan absolutamente contra-fáctico que repiten sin cesar, marcando el punto de quiebre en el advenimiento del primer peronismo), sino que la decadencia habría comenzado ya a fines del siglo XIX, es decir, con los primeros signos de crisis del orden liberal-oligárquico-exportador iniciado en 1853 y que convirtió al país en una nación desigual y excluyente, en una suerte de protectorado británico y en rica una potencia agroexpoertadora en apenas tres décadas. Claro que el “orden y el progreso” fueron posibles por la derrota de todos los “enemigos internos” de las clases propietarias locales (los “dueños de la tierra”, como los llamó en su conocida novela el ensayista David Viñas): las montoneras provinciales, la corriente federal en las guerras civiles, el gauchaje, los pueblos indígenas de la pampa-patagonia y el proyecto económico autocentrado del Paraguay de Gaspar Rodríguez de Francia y Francisco Solano López.3
Recordemos, por caso, el “principio de exclusión” de Losurdo, tan vigente para los liberales periféricos como para aquellos de los países centrales, e incluso más radicalizado aquí por la debilidad estructural de las clases dominantes neocoloniales. El problema de estos liberales criollos fue, de alguna manera, el de los neoconservadores contemporáneos a Rothbard. La guerra contra enemigos internos y externos requiere forzosamente de la coacción e hipertrofia del Estado. Ni la política de cercamiento de las tierras libres y la proletarización forzosa del gaucho, ni la “Conquista del Desierto” que exterminó y luego reclasificó a las poblaciones indígenas, ni la infame Guerra Guasú contra el Paraguay, fueron obra del mercado libre ni de emprendedores privados. Cuando la sutil pedagogía de la mano invisible no fue suficiente, allí apareció la garra armada del Estado. De allí proviene la singular articulación entre libertad (de la “comunidad de los libres”) y violencia estatal (genocida incluso) practicada aquí con tanto denuedo: Remington para los subalternos y libertad para los propietarios. Este es de hecho el origen inicuo de la familia (patriarcal) —recordemos que la primera apropiación de menores como botín de guerra fue la de niños indígenas, así como de mujeres para cumplir tareas serviles—, de la propiedad (privada) —cuyo origen violento y coactivo los liberales “antiautoritarios” nunca podrán explicar— y del Estado (fundamentalmente patrimonialista, oligárquico y pretoriano). Quizás por eso los ultraliberales argentinos deciden remontarse a las fuentes, y prefieren ungir como inspirador a un intelectual, soslayando un poco a estadistas más brutales y realistas, como Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento o Julio Argentino Roca. Incluso Milei llegó a afirmar que “hace cien años Argentina empezó a coquetear con el socialismo”) y, de hecho, la cantidad de ministerios que propone dejar en pie tras la poda es, significativamente, la misma cantidad que el Estado tenía hace un siglo. Pese a su sesgada canonización posterior, Alberdi sostuvo en vida amargas polémicas contra los otros campeones del liberalismo argentino, como se recoge ampliamente en sus obras póstumas (1990). Podríamos decir que este apuntaba sus dardos precisamente a una concepción no demasiado liberal del liberalismo, que no dudó en robustecer y centralizar el Estado y en suspender y negar el derecho natural y las libertades civiles cuando lo concibieron oportuno. Mencionemos aquí, sólo de paso, la contradicción flagrante de recuperar desde un liberalismo extremista y radicalmente antiestatista a los mismísimos constructores del Estado argentino, a aquellos que se encargaron de exterminar, precisamente, a todas las formas de vida y organización societal no estatales que habían coexistido (nuestros primeros desaparecidos los llamó David Viñas, con razón), con fronteras más abiertas y porosas de lo que es en general admitido, en los 70 años posteriores a las revoluciones de independencia.
Llegados aquí debemos señalar una especificidad. Desde entonces Argentina, a diferencia de algunos otros países de la región, careció por completo de una tradición liberal-popular o de una corriente liberal de masas, como la que expresó en Colombia Jorge Eliécer Gaitán o en Ecuador Eloy Alfaro. En nuestro país, liberal y oligárquico han sido términos prácticamente intercambiables a lo largo de todo el siglo XX. Por eso las clases dominantes han recurrido de manera tan asidua a los golpes de Estado (seis desde el establecimiento del sufragio secreto y obligatorio en 1912) y a la toma del poder manu militari; pero también a la colonización de partidos nacionales de base popular (la Unión Cívica Radical desde la década del 40 y el Partido Justicialista en la apertura neoliberal de los años 90, por caso). De hecho, el último partido liberal en sentido estricto con cierto peso e influencia (en sentido laxo todos los partidos del establishment lo son) fue la denominada Unión del Centro Democrático (Ucedé), fundada en 1982 —en plena dictadura— por el economista, empresario y militar Álvaro Alsogaray,4 formado tanto en el pensamiento de la escuela de Chicago como en la corriente de los austríacos. La Ucedé tuvo un crecimiento efímero, particularmente a nivel estudiantil, y alcanzó su mejor desempeño electoral con un discreto 6,87% de los votos en las elecciones presidenciales de 1989, para acabar diluyéndose en el gobierno de Carlos Menem (1989-1999), quien de manera inesperada y desde una identidad anómala para el liberalismo terminó encarnando las políticas de liberalización comercial y financiera, privatizaciones, desindustrialización y flexibilización laboral, expropiando de esta manera el programa de la propia Ucedé. De aquí proviene la articulación de los liberales con los gobiernos militares, y también de sus intelectuales, como lo estudia en detalle Vicente Martin (2015). Alsogaray, por ejemplo, fue funcionario de la dictadura de 1955 que derrocó y proscribió al peronismo, embajador y ministro de economía de la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970), y celebró el accionar de las fuerzas armadas durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983) que dejó un saldo de 30 mil desaparecidos.
La otra figura clave de este tramo de la historia es Alberto Benegas Lynch (padre), considerado por el propio Milei como el máximo exponente del liberalismo argentino, y también partidario de las —por lo general— muy estatistas dictaduras argentinas. Benegas Lynch (inesperado pariente lejano del mismísimo Che Guevara, como el mismo reconoció) hizo en el campo intelectual liberal lo que Alsogaray en el político-partidario. De hecho fue el primer difusor en el país de la obra de los austríacos, y articuló la visita al país de Mises y Hayek en el año 1957, organizada por el Centro de Estudios sobre la Libertad (CEL), think thank que el mismo fundó, junto a la revista Ideas para la libertad (Martin, 2015, pp. 58-59). Luego fue él el invitado a sumarse a la selecta Mont Pelerin Society, entidad representativa de lo más granado de la renovación del pensamiento económico liberal, fundada en la segunda postguerra. Los numerosos Benegas Lynch (padre, hijo y nietos) conforman la estirpe que conecta las raíces mismas del liberalismo conservador con el fenómeno libertario en la actualidad, además de haber sido claves en la operación de reciclaje y puesta en valor del liberalismo tras su implicación orgánica en la última dictadura (de la que sin embargo se despegaron por no haber cumplido su programa anti-estatista y “anti-totalitario” de la manera que ellos esperaban).
Por cierto, la articulación entre extremismo liberal y dictaduras tiene una historia tan larga como el propio neoliberalismo. Al decir de Eduardo Galeano: “Las teorías de Milton Friedman le dieron el Premio Nobel; a Chile le dieron el general Pinochet”. Todos estos experimentos fueron precedidos de lo que Naomi Klein llamó “shocks” (espirales hiper-inflacionarias inducidas, crisis políticas agudas, golpes de Estado, violaciones masivas de derechos humanos e incluso el aprovechamiento de catástrofes ambientales). Esto se deriva de un hecho muy elemental. Una corriente que hace de la desigualdad y el egoísmo el punto arquimédico de su filosofía, que vuelve a excluir de la “comunidad de los libres” a las amplias mayorías sociales, y que impulsa políticas económicas draconianas solo puede implementar a la fuerza sus bruscos ejercicios de reingeniería social. También de aquí proviene la necesaria articulación de extremismo liberal e imperialismo: las mismas estrategias pretorianas son las que llevan a las clases dominantes locales a apalancarse en resortes del poder internacional y a cumplir a nivel local los mandatos del capital trasnacional, lógica de la que el Plan Cóndor (Calloni, 2016) fue el ejemplo más consumado.
4) El conservadurismo residual y la articulación de viejos y nuevos enemigos existenciales
Dicho lo anterior, no podemos negar que —ya sea por necesidad o por convicción— estas corrientes han vuelto al redil electoral y han decidido impulsar sus agendas a lo interno del sistema democrático (al menos de momento). Llegados a este punto, la novedad radical que parecía representar el fenómeno libertario en Argentina empieza a relativizarse, con sólo señalar algunos puntos oscuros de su extensa genealogía. Oligarcas, procesistas y neoliberales reconvertidos aparecen ahora como los antecesores inmediatos de una criatura que ha sabido trasvasar el vino viejo en odres nuevos. Esto nos permite empezar a entender la particular amalgama de sujetos, partidos e ideas que distinguen la que parece ser la última reconfiguración liberal-conservadora del país, en franca competencia con la que hasta el momento venía siendo hegemónica. Y no sólo la última, sino también en algún sentido la más exitosa, aquella que ha logrado introducirse exitosamente en capas populares y juveniles históricamente asociadas a identidades y militancias políticas peronistas o incluso de izquierda. De hecho, la biografía de Juan Luis González (2023) relata el conflicto sostenido entre las figuras decrépitas de los minúsculos partidos liberales tradicionales y el brío —y hasta la ingenuidad— de los recién llegados “jóvenes libertarios”.
En suma, liberales y conservadores residuales ven en Javier Milei una suerte de ariete, capaz de romper las compuertas de consensos mayoritarios que hasta hace muy poco les condenaban a la irrelevancia política y a la marginalidad electoral. Podríamos mencionar al menos cuatro grandes consensos (precarios, reversibles y parciales, como todos los consensos), desde los más recientes hasta los más antiguos. El primero tiene que ver con la irrupción masiva del movimiento feminista y de mujeres y diversidades en los últimos años, a partir de acontecimientos de masas como las movilizaciones del Ni Una Menos y la exitosa campaña que derivó en la despenalización y legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, ley que se suma la de educación sexual integral (2006) matrimonio igualitario (2010), identidad de género (2012) y a la Ley Micaela (2020), que establece la capacitación obligatoria en género para ejercer la función pública. Este portentoso movimiento logró masificar ciertas nociones sobre las violencias, el femicidio, los derechos sexuales y reproductivos, la diversidad sexo-genérica, la educación sexual integral y otros tópicos.
El segundo consenso se relaciona al sistema democrático y al paradigma de los derechos humanos, cimentado en dos procesos consecutivos de intensidad variable: en primer lugar, durante el gobierno de Raul Alfonsín (1983-1989), con la primera condena social a la última dictadura cívico-miliar, con el informe de la CONADEP que investigó y certificó de manera oficial el terrorismo de Estado y con el trabajo infatigable de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; y en segundo lugar, y mucho más radicalmente, con la articulación Estado-gobierno-movimientos de derechos humanos del presente siglo, con los masivos juicios a los responsables militares (pero también civiles) de la dictadura, y con la política de memora, verdad y justicia, oficializada y popularizada durante los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015)
El tercer consenso es el antineoliberal. Tras las primeras políticas de liberalización comercial y financiera de la dictadura, la segunda oleada neoliberal se concretó a través del transformismo de buena parte de las estructuras del Partido Justicialista durante el gobierno de Carlos Menem. Sin embargo, la política de tierra arrasada, la destrucción de las capacidades productivas del país, el saqueo patrimonialista del Estado vía privatizaciones, el deterioro de todos los índices de bienestar e igualdad social y los niveles crecientes de desocupación, condujeron al crack del modelo de la llamada “convertibilidad”, a la confiscación de ahorros, y al estallido social más importante de toda la historia nacional en diciembre del año 2001. Desde entonces, el Consenso de Washington saltó por los aires, tanto a nivel local como regional, con la derrota a la propuesta del Área de Libre Comerci de las Américas en la ciudad de Mar del Plata, en el año 2005. Como sucedió con el movimiento de derechos humanos y la condena social a la dictadura, el consenso por abajo, fraguado en las calles y apalancado por los movimientos de jubilados, ahorristas y trabajadores desocupados, se convirtió luego en consenso por arriba y fue institucionalizado como política de Estado. Independientemente de la continuidad o discontinuidad de tales o cuales políticas neoliberales, no hay dudas de que el kirchnerismo construyó una épica antineoliberal que volvió a revalorizar una concepción soberanista del Estado, una mirada progresista de la sociedad y una orientación neodesarrollista de la economía (Katz, 2016).
El último consenso es el más antiguo y arraigado, y se relaciona, de manera evidente, con los dos grandes movimientos nacional-populares de la historia nacional: el yrigoyenismo, en las primeras tres décadas del siglo, pero ante todo con el peronismo, a partir del año 1945. De manera muy resumida, este estableció una definición soberanista del Estado, una concepción comunitarista y corporativa de la nación que propende a su organización en estructuras estables (la comunidad organizada) y prescribe políticas igualitaristas y redistribucionistas en términos económicos y sociales (la justicia social). Hay, por supuesto, otros rasgos, como una práctica carismática de los liderazgos, una geopolítica orientada por la integración regional y el no alineamiento, o una religiosidad popular-estatal de base sincrética y cristiana. Sin embargo, los antedichos son los trazos fundamentales de este cuarto consenso, el más difuso, sí, pero también el más arraigado en la cultura y en la política argentinas.
En resumen, son cuatro los consensos: el consenso feminista de los derechos de las mujeres y diversidades, el consenso democrático de los derechos humanos, el consenso antineoliberal de las políticas económicas y el consenso social de la soberanía y la justicia social. Frente a cada uno de estos consensos se ubican los liberal extremistas argentinos, definiendo, en oposición, a lo que consideran sus principales “enemigos existenciales”, en el sentido en que el concepto es utilizado en Bosch Carcuro y Calcaño Ortiz (2023). Frente al primero se ubican los grupos antiderechos (autodenominados “provida”), laicos o de inspiración católico conservadora, que han lanzado verdaderas cruzadas morales contra la “ideología de género”, contra el feminismo y contra la legislación expansiva que mencionamos; en particular en relación al aborto, cuya inminente sanción parlamentaria generó el movimiento de los “pañuelos celestes”, en los que fraguó una primera militancia, de signo más conservador que estrictamente liberal.
Frente al segundo consenso se emplazan las diferentes variantes del negacionismo y de la apología más o menos velada de la última dictadura. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) sintetizó muy bien algunos de sus ejes prioritarios: el paradigma de la “reconciliación” como alternativa a los juicios de lesa humanidad; la estigmatización de la justicia, leída como vendetta y secuela de una inexistente “guerra” entre el Estado y las organizaciones político-militares de izquierda; la victimización de los victimarios y el intento de lograr su impunidad, indulto o excarcelación; la relativización del terrorismo de Estado o su justificación subrepticia; y la construcción de una agenda de “memoria completa” que pretende igualar la acción terrorista estatal con la insubordinación armada (2017, p. 49). La figura descollante de este movimiento revisionista es Victoria Villaruel, fundadora y presidenta del CELTYV, una organización no gubernamental que busca disputar la categoría de “víctima”, centrando su trabajo en las víctimas de las acciones armadas de las organizaciones político-militares, y habilitando una recuperación menos directa y más hábil que sus antecesoras respecto del denominado Proceso de Reorganización Nacional. Casualmente, y como señala Ximena Tordini, Villaruel elaboró su instrumental político, jurídico y comunicacional a partir del propio movimiento de derechos humanos que busca combtir. Hoy se desempeña como legisladora porteña y es la candidata a vicepresidenta por La Libertad Avanza. De la síntesis liberal-conservadora que consagra el binomio presidencial, ella expresa, con claridad meridiana, el aspecto conservador, en un modelo similiar al de las “damas de hierro” que pueblan el espectro ultraderechista europeo. Así lo expresa ella: “sin importarme las etiquetas y sin tenerle miedo a los motes: si robarse todo en nombre de los pobres es ser de izquierda, soy de derecha. Si usurpar tierras al Estado y a la gente es de izquierda, soy de derecha. Si defender la impunidad del terrorismo es de izquierda, señores, soy de derecha” (citado en Tordini, 2021).
Si feministas y organizaciones de derechos humanos aparecen como los dos primeros enemigos existenciales, el consenso antineoliberal dibuja un tercero, mucho más amplio, en el que caben desde la izquierda trotskista y los movimientos sociales, pasando por los economistas neokeynesianos y neodesarrollistas, hasta los sindicatos y las formaciones políticas progresistas, peronistas, kirchneristas y de izquierda. Es decir que el enemigo es todo aquel que ose contestar, de forma práctica o meramente discursiva, al paradigma neoliberal. Además, este es el punto de intersección más claro entre el fenómeno libertario y la derecha más moderada y post-ideológica que expresa (parte de) la coalición Juntos por el Cambio, que gobernó el país con Mauricio Macri (2015-2019), impulsando una política económica marcada por la toma masiva de deuda, la fuga de capitales, la transferencia de ingresos desde abajo hacia arriba y el impulso —sin demasiado éxito— a la mentada “triple reforma” (laboral, previsional y tributaria). Es por eso que Milei puede considerar a Menem como el mejor presidente de la Argentina, ponderar de manera ambivalente el gobierno de Macri, o rodearse de armadores políticos y cuadros técnicos e intelectuales con terminales en el menemismo residual o en el gobierno de La Alianza que colapsó ante el estallido del 2001 (González, 2023).
El cuarto y último enemigo es tan dilatado y difuso como el consenso a que refiere, y también éste unifica a todo el amplio espectro del liberalismo-conservador argentino, desde el PRO y la Unión Cívica Radical hasta el emergente fenómeno libertario. En reiteradas ocasiones, Milei y otros exponentes de estas corrientes se manifestaron, desde la óptica decadentista que ya mencionamos, en relación a un necesario ejercicio de reingeniería social que busca retrogradar la sociedad hasta antes de la consolidación de lo que consideran verdaderas aberraciones como el estatismo, el igualitarismo o la justicia social, que algunos cifran con el advenimiento del primer peronismo y que otros señalan incluso antes, con las dictaduras militares de la década del 30 en la llamada “década infame”. El enemigo aquí no es tanto el Estado, instrumentalizado por los liberal extremistas con todo pragmatismo cuando fue preciso, sino todas las formas de lo común, profundamente arraigadas en la cultura nacional. El enemigo es, en esencia, lo popular subalterno, irreductible, como no sea por la fuerza, a una concepción fundamentalmente elitista y neocolonial de la sociedad. Los libertarios, que descreen de los “fallos de mercado”, parecen creer en los “fallos sociales”, incluyendo aquí a un amplio abanico de sujetos que contemplan a los sindicatos, los movimientos sociales, los pueblos indígenas, las colectividades migrantes, etcétera. Es aquí donde la lógica del enemigo existencial propende hacia la lógica de la aniquilación, al proponer desalojar, de manera violenta, a sujetos considerados anómalos al cuerpo social. Digamos, como hipótesis final, que de las cuatro vertientes liberal-conservadoras que comienzan a rearticularse, son los libertarios y antiderechos los que ofrecen la cantera de simpatizantes y militantes que vivifica al movimiento, mientras que las otras corrientes (procesistas, tecnocráticas, partidos decrépitos) parecen aportar los cuadros de dirección y ante todo los intelectuales.
5) Vivere incertamente: los tres desorganizadores colectivos
Hasta ahora, todo lo dicho tiene que ver con dilucidar lo viejo, lo histórico, incluso lo atávico, que subyace al fenómeno libertario argentino. Pero aún no hemos explicado ni sus condiciones de posibilidad ni trazado las principales hipótesis para explicar su ascenso (insistimos en esto, en su carácter hipotético, en relación a las previsiones metodológicas del comienzo). Ni la historia del liberalismo argentino, ni la recepción de ideologemas extraños, ni la última rearticulación liberal-conservadora, ni la definición de renovados enemigos existenciales, explican de por sí el vertiginoso salto de la marginalidad al protagonismo operado en apenas un lustro. Repasemos, aquí y en los próximos apartados, todo lo que hay de novedoso, imprevisible y disruptivo en el libertarianismo local.
En junio del 2021, el economista Adrián Piva escribía un artículo con un título anticipatorio: “Catástrofe económica sin crisis política”. Allí, señalaba la pertinente paradoja de que la Argentina que ya por entonces enfrentaba indicadores sociales y económicos más parecidos a la catastrófica coyuntura del 2001 que a los expansivos tiempos del kirchnerismo, no tuviera, como lo tuvo dos décadas atrás, una crisis política y de representación correlativa. La crisis política no devino en estallido o movilizaciones de masas, no sólo como había sucedido de manera recurrente en la historia larga del país, sino como había sucedido en el bienio 2018-2019 (e incluso hasta comienzos del 2021) en buena parte de América Latina y el Caribe —Haití, Ecuador, Chile, Honduras, Bolivia, Colombia, Perú y Paraguay— e incluso a nivel global. Esto se relaciona —coincidimos con Piva— en la construcción de una amplísima coalición político electoral constituida para desbancar, con éxito, al gobierno de Macri que buscaba su reelección; a la canalización institucional de la protesta social que puso en jaque la propuesta de reforma previsional en 2017; y al histórico rol de contención socio-estatal jugado por el pan-peronismo (que rebasa, con mucho, a las estructuras del PJ), sumado a la incorporación de casi todo el arco sindical y movimientista a la alternativa electoral del Frente de Todos.
Sin embargo, la presión social acumulada con un largo estancamiento económico, una alta inflación sostenida y una pérdida de poder adquisitivo que ya lleva ocho años consecutivos no hizo sino acrecentarse con los efectos alienantes, empobrecedores, precarizadores y desestructurantes de la pandemia, sobre la que el propio Milei junto a Diego Giacomini (2020) escribieron un libro con su lectura singular. Toda esta presión social terminó encontrando su punto de fuga, no como estallido social, sino como paradójico estallido electoral. En este sentido, la “insatisfacción democrática argentina” (país que acaba de celebrar los 40 años del período más largo de democracia ininterrumpida de su historia), puede ser leída de dos maneras contrapuestas pero complementarias: desde la alarma de constatar la presencia de discursos, agendas y partidos explícitamente antidemocráticos en la oferta electoral, o desde el optimismo muy relativo de certificar que —de momento— estos apelan a la vía democrática y no a las soluciones de fuerza a que ha sido tan proclive el liberal-conservadurismo local, no sólo a través del apoyo o participación en gobiernos militares, sino con la generación de organizaciones paraestatales, desde la xenófoba Liga Patriótica hasta la anticocomunista AAA. Esto, sin soslayar el opaco entramado de grupos reaccionarios, servicios de inteligencia y sectores del establishment económico y político que estuvieron detrás de la tentativa de magnicidio contra Cristina Kirchner, aún no esclarecida judicialmente.
Si el fascismo histórico convocaba a “vivir peligrosamente” la dinámica coyuntura de la primera posguerra, el neoliberalismo contemporáneo convoca a “vivir inciertamente”, haciendo de lo precario, lo móvil, lo inestable y lo impredecible sinónimo de autonomía y libertad. Célebre fue la invitación de un ex ministro macrista a “vivir y disfrutar la incertidumbre”. En este sentido, creemos que el caldo de cultivo más propicio para el surgimiento de los libertarios fueron lo que llamaremos tres grandes desorganizadores colectivos.5 El primero —el más universal y evidente— fue la pandemia, que implicó una primera y efímera revalorización del Estado como oferente de salud a través del extendido sistema público y como soporte material a través de la distribución de ingresos emergenciales; seguido de una nueva relectura a posteriori que enfatizó, en las narrativas de derecha, su carácter ineficaz y elefantiásico, el sentido presuntamente totalitario de la cuarentena, así como la inconsistencia entre la prédica moral oficial y el cuestionado rol de algunos funcionarios durante el aislamiento y la campaña de vacunación. Pero la pandemia implicó otro tipo de transformaciones radicales que son claves para nuestro enfoque: el aislamiento generalizado y obligatorio no sólo produjo un proceso radical de reclusión doméstica y aceleración tecnológica, sino que masificó formas de sociabilidad que antes eran apenas embrionarias. Nuestra hipótesis es que las nuevas formas de sociabilidad (digitales, insulares, fragmentarias) que permitieron producir y reproducir la vida en condiciones de aislamiento inéditas (trabajo, estudio, entretenimiento, etcétera) generaron un puente idóneo entre las subjetividades y la ideología liberal extremista de quienes siempre concibieron a la sociedad en forma atomista, como aglomeración de individuos movidos por intereses particulares, con una estatalidad considerada obsoleta, prescindible y negativa (quizás un proceso análogo explique las afinidades electivas entre el trumpismo y los llamados “preparacionistas” (survivalist) estadounidenses. De manera radical e intempestiva, millones de personas se convirtieron en Robinson Crusoe, el célebre náufrago confinado en su solitaria isla doméstica que tanto excitó la imaginación de los primeros liberales. ¿Cómo no empatizar o conectar entonces con las robinsonadas6 del liberal extremismo y con los cantos de sirena de la autosuficiencia egoísta y de la libertad —puramente— negativa? Quizás por eso la difusión de las ideas libertarias fue tan vertiginosa, en particular entre los centennials (nacidos a partir de año 2000), quienes ya habitaban, incluso en tiempos pre pandémicos, formas de sociabilidad preponderantemente digitales, e incluso algunas modalidades desconocidas para el resto de la población.
El segundo desorganizador colectivo es la inflación. Ésta, que ha tenido una incidencia particular en la historia contemporánea del país, sigue siendo la preocupación principalísima de las clases populares argentinas; preocupación que no han podido desbancar ni la inseguridad, ni el narcotráfico, ni la corrupción, ni ninguno de los temas de agenda en que más cómodas se sienten las derechas locales, ni tampoco la violenta educación de varias generaciones en fenómenos que eufemísticamente llamamos de “alta inflación”, cuando para el resto del mundo son procesos hiper-inflacionarios en toda la regla. La diferencia entre una inflación anual del 5 o el 10 por ciento y una del 52.9 como la que dejó el gobierno de Macri o una muy superior al 100, como la del gobierno de Alberto Fernández, es una diferenciado de grado y no sólo de cantidad. Sea en perspectiva comparada regional, global o histórica, la inflación argentina es un fenómeno acuciante. Por eso, las más disparatadas teorías se vuelven seductoras cuando prometen acabar con un flagelo que no sólo licua de manera permanente los ingresos de quienes viven de su trabajo, sino que impide la más elemental previsión económica personal y familiar. Sólo así podemos entender la rápida instalación del la propuesta dolarizadora de los libertarios: no es sólo el fetiche de la divisa y su uso extendido como reserva de valor ante la quiebra de la moneda nacional, sino que la dolarización emerge como una infundada pero comprensible esperanza anti-inflacionaria.
El tercer desorganizador colectivo se vincula a fenómenos consustanciales al modelo neoliberal: la precarización laboral, la informalidad, el empleo no registrado, la existencia creciente de capas de trabajadores pobres (la desocupación en Argentina orilla el 6% pero la pobreza supera el 43%) y la ampliación de un precariado que inventa su propio trabajo a través de la llamada economía popular (“poetas sociales” les llama el Papa Francisco), pero que a duras penas logran redondear ingresos suficientes para reproducir su vida y la de sus familias. Entre estos sectores, bajos y medios bajos, y en particular entre la juventud y entre quienes recién ingresan al desregulado mercado laboral (todo un ideal libertario), circulan los discursos emprendedoristas que celebran la ausencia de relaciones patronales, haciendo de la necesidad virtud y clausurando el horizonte de otra economía posible. Estos sectores no vivieron ninguno de los hechos positivos asociados al estado de bienestar periférico, que en nuestro país expresó la sociedad salarial peronista, y que se sostuvo en sus trazos elementales, incluso bajo la égida de gobiernos militares desarrollistas, hasta mediados de la década del 70, con su desestructuración definitiva. Esta exclusión es persistente y de larga data. Cabe decir que ni siquiera la drástica reducción del desempleo a partir del 2005 ni el aumento del salario real hasta el año 2013, alcanzaron a integrar a todos los fragmentos rotos de la antigua sociedad salarial: la ausencia de empleos de calidad, salarios dignos y plenos derechos laborales sigue siendo una marca distintiva para buena parte de la población, estabilizando, de hecho, la presencia de dos sectores nítidamente diferenciados en la clase trabajadora, que tienen incluso diferentes representaciones gremiales y organizacionales (la Confederación General del Trabajo por un lado y la Unión de Trabajadores de la Economía Popular por el otro). Quizás uno de los punto de intersección más claros entre libertarianismo y precariado sea el caso de los “jóvenes Rappi”, trabajadores de plataformas que parecen haberse volcado en masa a apoyar la candidatura de Javier Milei (Vázquez, 2023).
En suma, el caldo de cultivo que propicia el desquiciamiento general de la vida económica, la continuidad y profundización de la precarización, la inflación desbocada y las nuevas formas de sociabilidad ligadas a la aceleración digital y el impacto de la pandemia, permiten entender, al menos, la afinidad electiva entre la realidad material de algunos sectores de las clases populares y algunos ideologemas libertarios. Como decía el gurú neoliberal Milton Friedman, “Solo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente” (citado en Klein, 2014).
6) Los profetas bizarros
En el que quizás sea uno de los primeros estudios clásicos de las extremas derechas contemporáneas, leemos este fragmento revelador:
Los espíritus ingenuos piensan que el título de rey reside en el rey mismo, en su capa de armiño y en su corona, en su carne y en sus huesos [pero] El rey es rey sólo porque los intereses y prejuicios de millones de personas se reflejan a través de su persona. Cuando el flujo del desarrollo barre esas interrelaciones, el rey parece ser solamente un hombre gastado […] el jefe es siempre una relación entre individuos, la oferta individual para satisfacer la demanda colectiva.
La cita pertenece a León Trotsky, y hacer parte de un texto escrito en el año 1933. Refiere, como es de imaginar, al ascenso de Adolf Hitler y el nazismo al poder. De nuevo, no queremos sugerir aquí ninguna comparación improcedente entre personalidades e ideologías que carecería de la más mínima rigurosidad, sino tan sólo comparar climas de época, utilizando a una como alegoría de la otra. En ese sentido, la cita nos permite otra justificación metodológica. Si relegamos hasta aquí el análisis de la figura de Javier Milei, protagonista descollante del fenómeno libertario, fue para no caer en la tentadora reducción individualista y psicologicista de una personalidad que, sin importar lo excéntrica que sea, representa al fin y al cabo una relación entre individuos y aparece satisfaciendo —al menos en términos electorales— una demanda colectiva (de qué colectivos, y en base a qué programa, en seguida lo veremos).
La teoría económica se ha vuelto, para los libertarios, aquello en lo que John William Cooke alertaba que podía degenerar la teoría política: en “una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos iniciados”. Ya desde la década del 70, los economistas que se volverían mainstream (desde los Chicago Boys en Chile hasta la conocida “mafia de Berkeley” en Indonesia) se convirtieron en los profetas del becerro de oro, cuyo lenguaje entre abstruso y mesiánico reclamaba para sí un incuestionable aura de legitimidad científica frente a la que los legos poco podían hacer más que someterse. Al fin y al cabo, pese a tratar con seres humanos, para Friedman la economía era una ciencia tan exacta como la física teórica. Y sus modelos societales derivados, una suerte de “máquina celestial”, un orden natural y espontáneo tan indiscutible como el mismísimo reino de Dios. Pero esto, que era cierto para la escuela de Chicago, se radicaliza cuando vemos a un personaje formado por los economistas de la “escuela abstracta” e inspirado en los libertarios norteamericanos. Este es el caso de Javier Gerardo Milei, un profesor y analista de riesgo que, en sus propias palabras, pasó de ser un neokeynesiano con tintes estructuralistas a convertirse en un “neoclásico recalcitrante”, para abrazar luego, con el mismo énfasis, el credo de la escuela austríaca y las ideas de la libertad (el “alma” que le faltaba a sus modelos matemáticos puros, según sus propias palabras) (Milei, 2022).
Desbaratando el gastado mito del self made man, Milei pudo, merced a la modesta fortuna de su padre —un chofer de colectivos devenido empresario—, desarrollar su carrera académica en diferentes instituciones privadas (consiguiendo una licenciatura y dos maestrías) para especializarse luego en crecimiento económico. Finalmente, su labor profesional lo llevó a trabajar para el grupo de Eduardo Eurnekian, uno de los empresarios más ricos y poderosos del país, con inversiones en aeropuertos, energía, agroindustria, infraestructura, finanzas y –he aquí la clave— medios de comunicación. Fue desde aquel plafón que este personaje irascible, histriónico e indudablemente carismático pudo, en 2015, pegar el salto que lo llevó desde las oficinas corporativas y las aulas universitarias a los estridentes programas televisivos de debate político, y de ahí a la política partidaria. Como notará quien lea sus libros, vea sus intervenciones en redes o escuche sus discursos públicos, se trata de una figura super-ideologizada, en las antípodas de la derecha tecnocrática y post-ideológica que encarnó desde su fundación el PRO del ex presidente Macri.
Los libros e intervenciones de Milei son asombrosamente insistentes y redundantes, característica que quizás sea común a los conversos. Todos los tópicos de la escuela austríaca y de los libertarios estadounidenses aparecen allí, vulgarizados y repetidos hasta el hartazgo. El egoísmo filosófico, la crítica a la planificación económica, los impuestos como robo legalizado y el estado como estructura criminal, los monopolios como benefactores sociales (sic), la presunta superioridad ética y productiva del capitalismo, la justicia social como desigualdad frente a la ley, la crítica al paradigma de derechos, la envidia como presunto móvil y antivalor de los “colectivistas”, la crítica a la teoría marxista —pero también liberal clásica— del valor trabajo, la lectura paranoide en torno a una supuesta universalización del “marxismo cultural”, la ausencia de límites morales o sociales a la acumulación y la riqueza, la justificación natural de la desigualdad, la defensa de un anarcocapitalismo teórico y un minarquismo práctico, la definición de la clase política como oligarquía o “casta”, la idea del agotamiento de la batalla cultural y del necesario salto al “barro” de la política, el monetarismo radical, los bancos centrales como instituciones contraproducentes y delictivas, el rechazo a los últimos ¡miles de años! de instituciones tributarias, la defensa del “occidente civilizado” y la admiración por los Estados Unidos y el estado de Israel.7 Es decir, capitalismo en estado químicamente puro. Pero no sólo eso, sino una ofensiva, teórica al menos, contra todas las nociones y formas de lo común, y contra los valores humanistas más elementales.
También aparecen, una y otra vez, sus referencias intelectuales, dado que Milei no es un teórico, pero si un eficaz publicista. Adam Smith y La riqueza de las naciones, Carl Menger y sus Principios de economía política, Hayek y su Camino de servidumbre, Mises y La acción humana, Nozick y su Anarquía, Estado y utopía, los ensayos de la filósofa Ayn Rand, exponentes contemporáneos de la escuela austríaca como el estadounidense Israel Kirzner y los españoles Miguel Anxo Bastos y Jesús de Huerta Soto, sus venerados próceres locales desde Alberdi hasta los Benegas Lynch, para terminar con los influencers y divulgadores reaccionarios actuales, como la guatemalteca Gloria Álvarez y el argentino Agustín Laje, ambos con gran éxito de ventas. Esta constelación de influencers, economistas, comunicadores y outsiders (reales o presuntos, no importa) comparten algunos puntos en común. No son grandes teóricos ni cuadros eruditos, pero cumplen su función principal: sensibilizan, persuaden, dan sentido y contribuyen a movilizar a sus respectivas bases, es decir que cumplen a cabalidad las funciones dadas por Gramsci a las categorías intelectuales, definidas no sólo por su función, sino por el sistema de relaciones en que se inscriben (Rivara, 2019). Son, como dice Stefanoni, “intelectuales menores”, “pequeños intelectuales”, pero no por eso son menos eficaces. Dominan con experticia los nuevos lenguajes y recursos digitales, y son capaces de llegar a públicos masivos, particularmente urbanos y juveniles (de hecho, una clase virtual de Mile y Álvarez congregó a más de 10 mil personas en simultáneo en el año 2021).
Aunque Laje y otras figuras han hecho explícita su apropiación de la “batalla cultural” en clave gramsciana, poco se ha reparado en otra característica, si se quiere más estrictamente leninista: la utilización de los medios de comunicación (y en este caso las redes sociales) como organizadores colectivos, una formulación que ya estaba presente en un texto clásico como el Qué hacer, obviamente en relación a medios muy diferentes (la prensa partidaria en papel y clandestina). Es decir que, a caballo de la revolución digital, los medios ya no fungen como meros medios para la propagación de ideas, sensibilidades, juicios y prejuicios, sino como instrumentos políticos en sentido estricto: ejemplo de esto puede ser el armado de una compleja y masiva estructura para la fiscalización electoral, sólo asequible, por lo general, a los grandes aparatos partidarios, o la utilización de los grupos de WhatsApp como forma de organización de los núcleos bolsonaristas en el vecino Brasil.
Pese a este ideario (al que debemos intentar comprender como un sistema dotado de cierta coherencia, y no tanto como un mosaico de ideas delirantes), y pese a su eficaz estrategia comunicacional, los libertarios son conscientes de una flaqueza que deriva de su propia radicalidad: la ausencia de experiencias que puedan presentar como modelos y alternativas reales, dado que todos los experimentos de neoliberalismo realmente existente son descalificados, al menos por los más doctrinarios, como excesivamente estatistas e intervencionistas. Quizás por eso, desde los libertarios hasta el subgénero de los neorreaccionarios en Estados Unidos hayan manifestado un interés mórbido por Somalía, un país desintegrado por la guerra civil que atravesaría un “relativo éxito económico” en virtud de la pulverización del Estado, según Benjamin Powell (2008). Y también por la construcción de micro-naciones como la no reconocida Liberland en los balcanes serbo-croatas, el modelo de ciudades-Estado como Singapur, las regiones administrativas especiales de China como Macao o Hong Kong, o incluso de utopías reaccionarias en altamar, el ciberespacio o el espacio estatal (Stefanoni, 2021, p. 126-127). Dicho sea de paso, el dueño de la antigua red social Twitter y de Space X, Elon Musk, manifestó recientemente que Milei (de hecho una figura bastante elonmuskiana) “sería un gran cambio”. En el caso de los libertarios locales, estos pueden reivindicar, de manera aleatoria, aspectos parciales de exitosos modelos pro-mercado desde la India hasta Irlanda, o a la Argentina y a la Inglaterra ¡de hace siglos! (Benegas Lynch, 1989).
7) ¿Hacia un liberalismo popular? Conclusiones e hipótesis tentativas
Llegamos, por fin, al último segmento de nuestro trabajo. Lo que desarrollaremos a continuación tiene un carácter estrictamente provisorio, dado que el fenómeno electoral libertario no sólo es reciente sino que se encuentra a las puertas de sus principales desafíos.8 Esto nos lleva a otra hipótesis, que busca confrontar dos interpretaciones opuestas pero igualmente sesgadas en la compleja interpretación del fenómeno liberal-libertario en Argentina. Mientras que una primera reacción a su desconcertante éxito en las urnas fue la sobre-ideologización de su electorado (aduciendo que la sociedad argentina había virado masivamente hacia la derecha, y que importantes sectores de la población apoyaban ahora la dolarización, la repenalización del aborto, la ruptura de relaciones con China, la privatización de la educación o la eliminación del banco central, por caso), la reacción subsiguiente y contraria fue la completa des-ideologización del fenómeno, señalando que se trataba de una identificación puramente emocional e irracional, fundada en las spinozianas pasiones tristes, y que la única conexión entre Milei y sus votantes eran sus formas políticamente incorrectas, su estética punk o la manifestación de frustración o enojo. Por nuestra parte, creemos que si bien es imposible otorgar estatus ideológico a un compromiso por ahora meramente electoral, no podemos negar que las ideas liberal extremistas gozan hoy —si de forma duradera o efímera no podemos saberlo— de una circulación que no habían tenido en la historia reciente. Como sea, se trata de un fenómeno todavía larvario, pero que podría cristalizar en minorías aún más intensas y belicosas en el futuro.
El segundo apunte tiene que ver con constar no sólo la mayor circulación de estas ideas, sino su inserción en segmentos etarios y categorías sociales en donde antiguos partidos liberales como la Ucedé o el PRO no habían llegado antes (ni mucho menos habían generado corrientes activas de simpatizantes y militantes). No se trata ya del tradicional electorado “antipopulista” de los grandes centros urbanos y de sectores medios altos y altos. Partiendo desde el arraigo inicial en votantes jóvenes, masculinos, de sectores medios y bajos precarizados del área metropolitana de Buenos Aires, el fenómeno electoral libertario irradió ya hacia las mujeres (es cierto que en proporción mucho más baja que hacia los varones), hacia las ciudades del interior del país (con ratios que llegan hasta el 40 y el 50 por ciento en algunas provincias), hacia todas las franjas etarias (aunque con una inserción todavía marginal entre jubilados y pensionados) y hacia todas las categorías ocupacionales, como se desprende del revelador estudio de Balsa y Liaudat (2023). Los autores aseguran allí que “sus perfiles son mucho más diversos no solo en términos sociales, sino en las formas en que piensan” y que “un tercio de sus votantes es, en términos ideológicos, cercano a posiciones nacional populares”. Lo mismo parece indicar, desde un enfoque cuantitativo, la investigación del CIAS (2023) que correlaciona ingresos y preferencias electorales en el conurbano bonaerense, evidenciando cómo los sectores bajos y medios bajos dividen sus preferencias electorales entre el peronismo y los libertarios, mientras que los medios altos y altos se inclinan masivamente por Juntos por el Cambio.
La tercera hipótesis tiene que ver con las condiciones políticas que abren cancha al hecho libertario. Una que resulta un consenso a nivel local, tiene que ver con la crisis de las dos coaliciones que organizaron el espectro político argentino en las últimas dos décadas y que supieron captar hasta casi 9 de cada 10 de los votos emitidos en 2019; coaliciones representadas, respectivamente, por la crisis y fracaso de los últimos gobierno de Juntos por el Cambio (2015-2019) y el Frente de Todos (2019-2023). La desafección política creciente, la merma en la participación electoral y la configuración de un esquema electoral tripartito es un hecho cierto pero no es aún una tendencia consolidada. La pregunta pertinente es: ¿asistimos a una crisis de los partidos mayoritarias o a una crisis de todo el sistema político? En ese sentido, lo que ha sido menos estudiado es la relación habida entre la irrupción libertaria y la crisis de representación del 2001. ¿Podemos pensar acaso al libertarianismo como un hijo tardío y deforme de aquel estallido social que fue suturado por arriba con la reinstitucionalización (quizás más imperfecta de lo que creíamos) de la política y el Estado? Al respecto parece resultar indicativa la recuperación de LLA de lo que supo ser una consigna callejera contestaria: el “que se vayan todos”.
Por otro lado, el que la “catástrofe económica” que mencionamos con Piva se canalice de momento como “estallido electoral”, no significa que un escenario mucho más explosivo esté descartado, considerando la amenaza de default, el ajuste fiscal promovido por el FMI, la inflación que amenaza con espiralizarse, la conflictividad social en ascenso en las provincias (el hilo se corta por lo más delgado) y la incertidumbre que genera, incluso entre el gran empresariado, la expectativa de un imprevisible gobierno libertario. Esta imprevisibilidad se relaciona con un programa a todas luces impracticable, contrario incluso a los intereses más concentrados (pensemos por ejemplo en la propuesta de eliminar la millonaria pauta publicitaria, de interrumpir las relaciones con China, o de dolarizar al país en desmedro de quienes producen con costos en pesos y ganancias en dólars). Cuánto de retroutopía y cuánto de pragmatismo se impondrá en la estrategia libertaria es una incógnita fundamental. De todos modos, no cabe duda de que, hasta el momento, el experimento Milei se ha revelado extraordinariamente útil para las clases dominantes, y que lo será aún más en términos legislativos, al otorgar una base parlamentaria lo suficientemente amplia como para imponer las reformas estructurales que persigue el capital concentrado.
Otra pregunta se relaciona con cuánto podrá profundizarse la insatisfacción democrática, y si el continuo hostigamiento al que es sometido el régimen electoral podrá resistir las presiones. Hace un año, en un editorial colectivo (ALAI, 2023) nos preguntábamos si la democracia latinoamericana se estaba muriendo de odio o de hambre, y nos inclinábamos más bien por la segunda hipótesis, en relación al efecto decisivo que la degradación persistente de las condiciones materiales de vida de las mayorías populares tiene sobre la legitimidad democrática, especie de última frontera frente al avance de los fenómenos mórbidos. Creemos que la política no crea las pasiones tristes, sino que a lo sumo las manifiesta, azuza, encauza y moviliza. Quizás, para responder a los motivos y alcances de la derechización, debamos volver a mirar la situación regional a través de dos ejes cartesianos: el horizontal de las identidades políticas (de izquierdas a derechas) y el vertical de la inclusión/exclusión económica y de la representación/desafección política.
La última pregunta, en clave de historia larga, tiene que ver con la pregunta que titula este apartado: ¿es posible un liberalismo popular en la Argentina? Pese a la carga de pesadumbre y derrotismo que envuelve el humor nacional, esto resulta todavía bastante improbable. En primer lugar por la abstracción constitutiva de estas corrientes que siguen pensando en términos de lo que Simón Bolívar llamó hace dos siglos las “repúblicas aéreas”, imaginadas por “filósofos y sofistas”. Algo de eso señalaba Alberdi a los “liberales” al estilo de Mitre o Sarmiento. Estos, decía, “son amantes platónicos de una deidad que no han visto, ni conocen. Ser libre, para ellos no consiste en gobernarse a sí mismos, sino en gobernar a los otros. La posesión del gobierno: he ahí toda su libertad. El monopolio del gobierno: he ahí todo su liberalismo […] La constitución, es decir, la libertad, la autoridad, no se escriben, se hacen; no se decretan, se forman, se hacen por educación. No se hacen en el Congreso; se hacen en la casa, en el hogar. No viven en el papel; viven en el hombre” (Alberdi, 1990). En segundo lugar, porque los principios de exclusión que están en la mismísima esencia del liberalismo clásico son dificiles de reeditar con la radicalidad que proponen los libertarios, más en un país que aún tiene un portentoso movimiento social y sindical, una comunitariedad robusta, un Estado garante de derechos, tradiciones nacional-populares arraigadas, y reflejos de movilización y insubordinación social muy espontáneos, que sin embargo están siendo carcomidos por la pauperización social y la extensión de la criminalidad altamente organizada y las narco-estructuras. Lo más probable es que un nuevo fracaso del liberalismo (radical o moderado) en sus intentos de operar una violenta reingeniería social (“La economía es el medio, el objetivo es cambiar el alma, decía Thatcher”) siga alimentando el peligro consenso de élites que consideran que la democracia es una concesión demasiado onerosa en los catastróficos tiempos por venir. Al fin y al cabo, al decir de Alberdi (1900), “el liberalismo como hábito de respetar el disentimiento de los otros es algo que no cabe en la cabeza de un liberal argentino. El disidente es enemigo; la disidencia de opinión es guerra, hostilidad, que autoriza la represión y la muerte”. ¿Quiénes serán entonces los libres si llegase a gobernar el partido de la libertad?
El artículo fue publicado como capítulo en el libro colectivo «El auge de las derechas en América Latina y el Caribe. Teorización del problema y casos de estudio». Puede descargarse de manera libre e íntegra aquí.








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