Desde las primeras horas resultó evidente que el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán daba paso a un conflicto cuantitativa y cualitativamente diferente a la llamada “guerra de los doce días” de junio del año pasado, que analizamos aquí en su momento. El encadenamiento posterior de los sucesos no ha hecho más que confirmarlo, transformando rápidamente a la agresión en una conflagración regional de perspectivas inciertas.
Así, la actividad militar se desarrolla por estas horas no sólo en territorio israelí e iraní, sino también en los territorios palestinos ocupados, así como en Emiratos Árabes, Jordania, Catar, Kuwait, Irak y Baréin, países del Golfo que tienen, sin excepción, bases e instalaciones militares norteamericanas que sirvieron de plafón a las operaciones que comenzaron en la madrugada del 28 de febrero. Pero también en Chipre, donde una base británica fue impacta por un dron iraní, y cerca de Omán, en cuyas costas fue atacado un buque petrolero.
Lo mismo sucede en Yemen y el Líbano, frentes siempre abiertos que se reactivaron rápidamente, mientras la guerra se articula de manera indirecta a otros conflictos en curso como los de Pakistán-Afganistán, Sudán y Somalia. La guerra, ya general, puede volverse total, mientras Donald Trump prevé que las hostilidades puedan desarrollarse a lo largo de muchas semanas. Cabe recordar que el último conflicto “limitado”, la Guerra de Ucrania, cumplió ya cuatro años desde su inicio.
“Martillo de medianoche”
Recapitulemos brevemente. En 2025, el ataque fue bastante más comedido de lo anunciado por Trump con total histrionismo. Bajo el imperativo de “escalar para desescalar”, la Operación León Creciente buscó entonces descomprimir la insistente presión sionista sobre la Casa Blanca, en un momento en que el aliado israelí sufría los embates de varias rondas de ataques como respuesta a la agresión original de Benjamín Netanyahu contra la nación persa.
El asedio con drones y misiles de producción masiva y bajo costo agotó pronto parte de las existencias del blindaje multicapa israelí, logró alcanzar objetivos militares sensibles y desmontó a los ojos del mundo el mito de la presunta invulnerabilidad de sus sistemas defensivos (la Cúpula de Hierro, los sistemas Arrow, etcétera). Pero sobre todo paralizó la vida social y económica de la entidad colonial por varios días y afectó a la población civil de manera inédita, estimulando el éxodo –temporal o permanente– de decenas de miles de colonos.
Lo que se buscaba era en todo caso, además de socorrer al aliado en apuros, estimular una baza negociadora en torno al recurrente asunto del programa nuclear iraní y la pretendida “amenaza existencial” que entrañaría para Israel y el mundo, pese a que el enriquecimiento de uranio alcanzado por la República Islámica está lejos de alcanzar los niveles requeridos para la fabricación de armamento nuclear, y pese a que la entidad denunciante, Israel, tiene ella misma en su poder varias decenas de ojivas no declaradas, siendo uno de los cuatro Estados no signatarios del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).
Pero desde ningún punto de vista se perseguía en junio de 2025 operar un cambio de régimen en el país de los Ayatolás ni redefinir los siempre inestables equilibrios regionales en Asia Occidental, equilibrios que se han transformado de forma vertiginosa desde octubre del 2023, desde la escalada del genocidio en Palestina y los duros golpes propinados al Eje de la Resistencia (Hamás, Hezbolá, etcétera), hasta la firma de acuerdos militares tan relevantes como el suscrito por Pakistán, Arabia Saudita y Turquía.
Acuerdo que incluye nada menos que a una potencia petrolera de fuste, a un miembro fundador de la OTAN y a una potencia nuclear que expande así el paraguas atómico a sus socios y que busca, entre otras cosas, contener a Israel y a Emiratos Árabes Unidos, países que promueven de manera conjunta la balcanización de los Estados periféricos ubicados en torno al Mar Rojo y el Estrecho de Bab al-Mandab (Somalia, Sudán, Yemen), territorios clave para controlar una de las principales rutas de transporte de hidrocarburos del planeta (precisamente la otra es el Estrecho de Ormuz, que Irán acaba de ratificar que está y permanecerá cerrado y bajo su control).
En suma, el ataque de junio de los temibles bombarderos norteamericanos B-2 y sus poderosísimas bombas antibúnker, en particular en el emblemático complejo militar-nuclear de Fordo, así como en Natanz e Isfahán, no causó daños ni duraderos ni irreversibles. La respuesta de Irán fue también comedida, tendiente a desescalar la agresión de manera honrosa y definitiva, sin voluntad ni alicientes del lado persa para estimular mayores enfrentamientos, sobre todo frente a la principal potencia armamentística del planeta.
“Furia épica”
Pero el escenario para ajustar el torniquete se volvió más propicio por la confluencia de varios acontecimientos, en especial de dos. Primero por las protestas multitudinarias de diciembre de 2025. En enero, la Fundación de Veteranos y Mártires de Irán comunicó un saldo preliminar de 3.117 personas fallecidas o asesinadas en el marco de las protestas, que erosionaron fuertemente la imagen del gobierno.
En segundo lugar, por la nueva coyuntura derivada del bombardeo de Caracas, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y los nuevos y coactivos “acuerdos” suscritos en materia petrolera entre Estados Unidos y la República Bolivariana, que implican la virtual liquidación del antiguo régimen de sanciones. La disponibilidad garantizada del crudo venezolano permite ahora a la Casa Blanca especular con mayores niveles de incertidumbre al otro lado del mundo, una lógica que ya había anticipado Hugo Chávez al rememorar el golpe de Estado que sufrió en 2002, cuando se preparaba la invasión de Irak.
En esta ocasión, a diferencia de junio, se atentó directamente contra el alto mando político, militar y religioso de la nación persa en una operación conjunta largamente planificada que busca descabezar a la conducción estatal, reducir a su mínima expresión las capacidades militares iraníes, inducir un cambio de régimen (escalar para escalar) y destruir a la última potencia intermedia de la zona que funge como tabique de contención al proyecto irredentista del Gran Israel y al rediseño regional que Estados Unidos comenzó ya en la Guerra del Golfo. Por eso la guerra actual puede leerse como obertura (quizás de un conflicto de escala planetaria) y también como cierre (de tendencias y objetivos regionales de largo plazo que datan del siglo pasado).
Pero ningún Estado se suicida. Mucho menos uno sedimentado sobre miles de años de historia política y cultural compartida. La experiencia reciente en la región enseña de manera palmaria que los “cambios de régimen” en Asia Occidental no son límpidas transiciones del elenco político y gubernamental, sino violentísimos procesos de desintegración social y balcanización territorial que inviabilizan completamente la vida colectiva en sus formas estatales y no estatales; allí están los ejemplos del nunca recuperado Irak, de una Siria archipielar y en guerra perpetua o de la otrora próspera Libia, convertida hoy en un mercado de esclavos.
Por eso, pese a los usos y abusos de un término demasiado remanido en las relaciones internacionales contemporáneas, Irán considera la situación –y con razón– como una “amenaza existencial”. El reciente martirologio de su líder político y espiritual, el ayatolá Alí Jameneí, parece confirmarlo, además de soliviantar los ánimos de los musulmanes chiitas (y no sólo de ellos) en toda la región.
Otro dato saliente de la coyuntura actual, que patentiza la fractura del orden internacional “basado en reglas” e incluso la bancarrota del antiquísimo arte de la diplomacia originado en las antiguas civilizaciones mesopotámicas, fue la utilización de las mesas de negociación como una artimaña de Trump y Netanyahu para encubrir un ataque artero que ya había sido definido de antemano.
Así, la celebrada “Junta de Paz” se anotó ya su primera guerra en apenas pocos meses de “gobernanza”. Esto explica el desasosiego manifestado por el canciller de Omán, que anunció que de hecho se estaba muy cerca de alcanzar un acuerdo satisfactorio antes de los ataques, y que Irán siempre estuvo dispuesto a negociar (al igual que la bombardeada Venezuela).
Por otro lado, quizás las consecuencias más certeras y previsibles del conflicto sean las económicas. El crudo Brent cotiza ya con una fuerte tendencia alcista; se elevan aunque de forma más moderada los precios de los minerales preciosos; aumentan los fletes y las primas de riesgo del transporte marítimo, y el gas se dispara un impresionante 40 por ciento en el mercado europeo como efecto directo del cese de operaciones de las ciudades industriales cataríes, afectadas por sendos ataques.
Además, se asoman de nuevo los negros nubarrones de la inestabilidad financiera y cambiaria, por lo general tan lesiva para los países periféricos, cuyas monedas podrían depreciarse. El cierre del Estrecho de Ormuz y la creciente inestabilidad en el Estrecho de Al-Mandab (“puntos de estrangulamiento” que concentran juntos más del 30 por ciento del flujo de hidrocarburos) dispararán el precio de los combustibles y la inflación global hasta niveles impredecibles. Si bien es cierto que el conflicto militar puede encapsularse regionalmente, como la Guerra de Ucrania, al menos en este sentido la guerra es ya un acontecimiento global que lesionará sobre todo a los países pobres, periféricos, no productores y paradójicamente no combatientes.
Perspectivas y preguntas
Todavía no queda claro hasta dónde profundizarán su ofensiva Estados Unidos e Israel, con el concurso de aliados históricos de la OTAN como Gran Bretaña o Alemania. ¿Se mantendrá el asedio aéreo para más adelante forzar a Irán a negociar en una posición de franca debilidad el otorgamiento de concesiones humillantes? ¿En ese caso, cuáles serían las exigencias “mínimas” de la entente agresora, partiendo del hecho de que la “amenaza nuclear” no pasa de ser un mero recurso propagandístico?
De no darse esta rendición con o sin atenuantes, ¿es concebible algún tipo de incursión terrestre e incluso una ocupación territorial convencional, al estilo de las guerras de Irak o Afganistán? ¿En ese caso, están los Estados Unidos preparados para librar una guerra total y asimétrica con sus correspondientes costos materiales y humanos, sobre todo de cara a una opinión pública local que se muestra sumamente reticente a este tipo de aventuras? ¿Lo que se pretende acaso es avivar las brasas del descontento local y estimular una nueva ronda de protestas opositoras que pueda propiciar un cambio de régimen con un componente interno preponderante, como lo mandan los –no tan nuevos– manuales de la guerra híbrida? En caso de que Trump aceptase recular, ¿haría lo mismo el gran ganador de esta guerra que es el Israel de Netanyahu? ¿Hasta qué punto podrán los países árabes involucrados sufrir ataques en sus territorios y mantenerse al margen de la contienda? ¿Presionarán los Estados Unidos en pos de un involucramiento directo de la OTAN en las hostilidades? ¿Repetirá la Unión Europea viejos y trágicos errores que derivaron en incontrolados flujos migratorios hacia sus propios territorios?
Y del otro lado de la moneda, ¿hasta donde llevará Irán su retaliación militar, que va ya por la decimo-tercera ronda de ataques y que se ha anotado triunfos indudables, aún sin haber utilizado de momento sus misiles más sofisticados? ¿Qué tipo de objetivo militar alcanzado podría “compensar” de manera real o simbólica el martirologio de su líder supremo? ¿Qué poder de fuego y de desestabilización conserva el “eje de la resistencia” y las milicias pro-iraníes? ¿Buscará Irán forzar a que sean las petro-monarquías aliadas de Estados Unidos, hoy sumamente vulnerables, las que obliguen al gran hegemón a volver a la senda diplomática? ¿Podrá Irán sostener un bloqueo efectivo y de largo aliento del Estrecho de Ormuz, y sus aliados los hutíes hacer algo análogo en el Mar Rojo y el Estrecho de Bab al-Mandab? ¿Será la guerra energética la carta decisiva? Y, por último, ¿quién está más capacitado para sostener una larga guerra de desgaste, no sólo en atención a las variables militares, sino a las de cohesión interna y viabilidad económica del esfuerzo de guerra?







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