El mejor texto de un argentino sobre Palestina fue escrito en el Líbano. Más concretamente en los suburbios meridionales de Beirut, entre los campamentos de refugiados (“el pueblo de las tiendas”, le llamará el autor). Lo escribió un periodista ya célebre por ese entonces. Su nombre: Rodolfo Jorge Walsh Gill, según reza su acta de bautismo. Un nombre que, como ya sospechaba de niño, “no le serviría para ser presidente de la República”.
La importancia de llamarse Rodolfo
¿Qué sí fue Rodolfo Walsh? Periodista de raza, cuentista de talento, novelista frustrado, criptógrafo autodidacta (su aportación fue clave durante la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba), esmerado ajedrecista, buen tirador, director del semanario de la CGT de los Argentinos y miembro fundador de la mítica agencia Prensa Latina en La Habana, entre los otros mil oficios que desempeñó como el auténtico buscavidas que fue, “siempre dispuesto a empezar de nuevo”, según sus propias palabras.
Creador –nada menos– que de todo un género literario, la “novela de no-ficción”, que aún muchos atribuyen erróneamente al Truman Capote de A sangre fría. Pero los honores corresponden, tanto en lo que hace a la fecha de investigación como a la de publicación –y ni hablar de su aluvional impacto político– a Operación masacre, mítica obra walshiana que, con la inestimable colaboración de la periodista española Enriqueta Muñiz, narró con todo rigor periodístico, pero también con inusual talento literario, los fusilamientos de la autodenominada “Revolución Libertadora” que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón a mediados de los 50.
En los 70, la década que nos convoca, Walsh fue también combatiente de la organización político-militar Montoneros; una extraña parábola para quien había empezado su quehacer político en el antiperonismo sanguíneo, incluyendo una efímera participación en las filas del nacionalismo católico y conservador. Allí, en la más importante guerrilla setentista, Walsh desempeñó sobre todo tareas de responsabilidad en el área de inteligencia, aunque fue muy crítico de su conducción en los años de la derrota –que en su lúcida lectura antecedió al Golpe en sí– y del repliegue que, de alguna manera, nunca llegó.
Incluso se las ingenió para construir, con algunos colaboradores, un instrumento totalmente sui generis: ANCLA, una “agencia de noticias clandestina” que en rigor funcionó como una usina de contra-inteligencia de Montoneros, que entre el 76 y el 77 se encargó no sólo de recopilar información sensible y secreta sobre el golpe y el amplio espectro de su terror, sino también de generar y difundir informaciones falsas entre los tres cuerpos de las fuerzas armadas, azuzando sus pujas intestinas.
Walsh, como muchos otros intelectuales –categoría de la que nunca renegó, ni en sus años de combatiente– fue tocado por la varita mágica de la Revolución Cubana y la resistencia peronista, y por influencias tan decisivas como las del dirigente sindical Raimundo Villaflor o la de Jorge Ricardo Masetti, jefe de “Prela” –como se conocía a la agencia cubana– y luego Comandante del desarticulado foco guerrillero instaurado con el auspicio del Che en las selvas salteñas.
Finalmente Walsh acabaría, también como muchos otros, militando en las filas del peronismo revolucionario: “peronista especulativo” le llamó con tino y quizás algo de sorna su amigo Osvaldo Bayer, para dar cuenta de la tensión nunca resuelta entre su confianza sincera en las masas peronistas y su potencia emancipatoria y su atávico recelo respecto del caudillo, a quien pudo entrevistar en su exilio en Puerta de Hierro en un año tan emblemático como 1968.
Pero el periodista, quien se definió “como un hombre lento” que “tardó 15 años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda”, actuaría entonces bajo una genérica influencia ideológica marxista –más empírica que teórica, en sus propias palabras– y con el horizonte estratégico puesto en la construcción de una “patria socialista” (“nadie sabe qué cosa es el comunismo, y eso puede ser pasto de la ventura” cantaría muchos años después el trovador Silvio Rodríguez, con versos con los que quizás Walsh hubiera simpatizado).
La revolución palestina
La obra a la que nos referimos es una serie de breves reportajes aparecidos en la revista Noticias –estrechamente ligada a Montoneros– entre el 13 y el 19 de junio de 1974, compilados y publicados luego bajo el título de La revolución palestina. Apenas 32 páginas de letra apretada en la edición pirata que conservamos, que incluyen una airada réplica de un funcionario de la embajada israelí en Buenos Aires –nada nuevo bajo el sol– y una breve respuesta del propio autor en tono absolutamente ratificatorio (quod scripsi, scripsi, como dicen que dijo Poncio Pilatos).
Cuando las notas aparecieron publicadas le quedaban a Walsh menos de tres años de vida. No, no le aquejaba ninguna enfermedad terminal. El mismo ejercicio de su oficio y su militancia que le condujo a Asia Occidental (con una interesantísima y novelesca trama que se relaciona con las redes de colaboración de los “Montos” con la Organización para la Liberación de Palestina) le costaría la vida a manos de los verdugos de la última dictadura cívico-militar argentina.
El 24 de marzo de 1977, en el primer aniversario del Golpe, fue desaparecido tras publicar y circular su célebre Carta abierta, histórico texto en donde, con el acervo de ANCLA y sin prescindir de la descripción documentada de los métodos y las cifras del terror en curso, realizó el primer y más convincente diagnóstico sobre los móviles últimos de ésta y otras dictaduras del Plan Cóndor: la instauración a sangre y fuego de eso que después sería convencionalmente conocido como las “políticas de ajuste estructural”, o políticas “neoliberales” a secas, todo bajo la coordinación estratégica de la CIA y los planes contrainsurgentes de los Estados Unidos.
Testigo presencial de un genocidio (el prolongado via crucis palestino y su diáspora perpetua), y luego víctima de otro, la figura del intelectual y combatiente Rodolfo Walsh parece capaz de conectar –y volver mutuamente inteligibles– dos memorias arrasadas: la argentina y la palestina. Su evocación parece aún más pertinente –e incómoda– en un país gobernado hoy por quien no sólo niega los crímenes de la dictadura y exalta su legado económico de «miseria planificada», sino que se denomina y actúa también como “el presidente más sionista del mundo”.
Dar testimonio
De genocidio en genocidio se fue enhebrando la historia de Occidente: incas, sioux, bantúes, bengalíes, malgaches, palestinos: la lista es extensa y antigua. Walsh lo sabía bien. Por eso el enfoque de sus reportajes tiene una carga historicista tan infrecuente como necesaria en el género. Por eso la vigencia inalterada de algunas de sus primeras líneas lacera hoy más de lo que sorprende: “Desde hace un cuarto de siglo la política oficial del Estado de Israel consiste en simular que los palestinos son jordanos, egipcios, sirios o libaneses que se han vuelto locos y dicen que son palestinos […] que son, en definitiva, terroristas árabes”.
Apenas el año pasado, recorriendo la misma huella, el Ministro israelí de “Seguridad Nacional” Itamar Ben Gvir declaró: “no existe tal cosa como un pueblo palestino: es una invención sin base histórica, arqueológica ni factual”. Walsh no dudaba, hace más de medio siglo, del origen histórico de todos los entuertos: “Si es ceguera no ver lo que existe, a esa ceguera debe atribuirse la sangre que ha corrido y seguirá corriendo en Palestina”.
En esa misma línea, el periodista colocó un gran énfasis en la minuciosa reconstrucción cronológica de un conflicto en general tan mal interpretado en estas latitudes. Y con una tesis absolutamente céseriana (por el martiniqués Aimé Césaire, autor del imprescindible Ensayo sobre el colonialismo), afirmó que: “Los europeos tienen una singular capacidad para proyectar los propios demonios a lejanos escenarios. Muchos franceses creen que las atrocidades de Hitler son distintas de sus propios crímenes en Indochina y Argelia: ingleses que no han oído habar de Kenya se asustan de las persecuciones de Stalin, y algunos italianos están convencidos de que el fascismo nació en la Argentina. De acuerdo con este esquema, el exterminio de los judíos iba a ser purgado no en el lugar donde ocurrió, sino en Medio Oriente: no por quienes lo ejecutaron o permitieron sino por gente que no tenía nada que ver”.
La lucha de los pueblos árabes y la disolución del Imperio Otomano, las sucesivas aliyahs de colonos judíos, la Declaración Balfour, la abortada revolución de 1936, la tristemente célebre “Resolución de partición” de la ONU, la actuación de organizaciones paramilitares judías en masacres como la de Deir Yassin, el éxodo forzoso de la Nakba, el nacimiento de Al Fatah, la Guerra de los Seis Días, la batalla de Karameh; todo esta ahí, extraordinariamente sintetizado, y conserva aún hoy un inestimable valor pedagógico –y narrativo– para explicar al lector argentino o latinoamericano contemporáneo la verdadera génesis del conflicto, y para confrontar las viejas y nuevas baratijas ideológicas que quieren mistificar la realidad.
De hecho, una estrategia tan veraz y necesaria hoy como ayer es el recurso de Walsh a numerosas fuentes judías, israelíes y sionistas (tres términos que nunca debemos confundir): el ex Primer Ministro israelí Menájem Beguín, el judío emigrado Nathan Chowsi, el profesor de hebreo Moshe Menuhin, el intelectual comunista Isaac Deutscher; todos darán cuenta de lo hecho en nombre de su historia, su cultura, su religión o su Estado, según el caso. ¿Significa esto que las fuentes palestinas, árabes, musulmanas o asiáticas en general sean menos creíbles, o acaso censurables? No, significa tan sólo que la decencia o el cinismo de “los otros” sirve a veces como “confesión de parte” y agiganta el gravoso peso de las pruebas históricas presentadas por las mismas víctimas.
Se trata, y a eso se aboca el escritor, de destruir las mitomanías recurrentes, como la providencial victoria del pequeño e inerme David israelí contra el Goliat de “los poderosos ejércitos árabes”. De hecho podría sorprendernos el carácter antiquísimo y remanido de tantos otros mitos desgastados, como el siempre invocado “derecho a defenderse” de la entidad colonial (que de hecho cepillamos a contrapelo aquí mismo).
Escribía Walsh hace 52 años, pero podría haberlo escrito ayer: “Israel vive anticipando ataques, en perpetuo estado de represalia. Una propaganda que empieza a volverse torpe describe cada acción de sus fuerzas como respuesta a un acto de terrorismo. En cada oportunidad se resucita la historia de ese terrorismo, se invoca Maalot, Kyriat Shmoné, Lod, Munich. Entre esos actos y los campos nazis de concentración se establece una continuidad, se retrocede a los progroms zaristas, a la intemporal persecución del judío. En este proceso se ha perdido de vista toda la verdad: el palestino despojado de su patria se ha convertido en agresor, la víctima en verdugo”. El tropo, la coartada ideológica, la fatal inversión, sigue siendo en esencia la misma.
Pero el texto, con ser historicista, no es la obra de un historiador ni se detiene en las lejanas brumas del tiempo. Late ahí la irreductible proximidad del buen cronista, la voluntad pontificia (en su acepción original, la de “tender puentes”) del experimentado internacionalista, la insistencia casi asnal del hombre devorado por sus obsesiones, la curiosidad de quien ha recorrido miles de kilómetros para ver, tocar, conversar y sentir. La voluntad, en suma, de quien ha elegido “el violento oficial de escribir”, la vocación de “dar testimonio en tiempos difíciles”.
Por eso Walsh puede conmoverse en los campamentos de refugiados del sur de Beirut, y encontrar allí reminiscencias o analogías con la Villa de Retiro en Buenos Aires: “pequeñas casas de bloques con techos de chapa, pasillos de material con la canaleta por donde circula el agua, canillas colectivas […] igual que nuestro villero, el palestino pone una planta, aunque sea una maceta, en el mínimo espacio libre: recuerdo del campo al que uno y otro pertenecen”.
Pero analogía no es homología: lo peor que un cronista puede hacer es proyectar la mismidad en la otredad, incurrir en un tráfago cultural ilícito, venderle al lector –ya sea por comodidad o impericia– gato por liebre, aunque se valga de la comparación para volver una experiencia situada inteligible y comunicable.
¿Cuál es la diferencia entonces entre los escenarios evocados?: “son los hombres vestidos de caqui sentados en alturas estratégicas [que] vigilan con el fusil AK cruzado sobre las rodillas, es el jefe de la milicia local que sale a recibirnos, es la puerta de madera de una casa donde el refugiado que la habita ha pintado todo a lo largo la bandera roja, verde, blanca y negra de la Resistencia palestina, y adentro de la bandera su nombre en árabe”.
La diferencia es en suma la violencia, o al menos su gradación específica. La Argentina, ni siquiera la más empobrecida, excluida y periférica, conocía entonces ni conoce ahora umbrales de destrucción como aquellos de los que Walsh fue testigo en el año 74, cuando vio el campamento de Nabatiye bombardeado por la aviación israelí. “Vi las pequeñas casas arrasadas como por una enorme topadora, los utensilios de cocina desparramados, ropa de mujer colgando de los árboles calcinados. Eso no era una base”. Y sin embargo, qué exiguos parecen esos niveles de destrucción si los comparamos con la total devastación de Gaza desatada a partir de octubre de 2023.
Violentos eran los de antes
Algo que interesaba a Walsh en ese entonces era el debate en el seno de las organizaciones revolucionarias sobre el rol de la violencia armada. Quizás por eso el testimonio más extenso que se permita citar sea el de un combatiente de Al Fatah. Allí, el fedayin relata con detalle y no poco orgullo la batalla de Karameh, en Jordania, que “dio vuelta la taba” de la causa palestina luego del desastre árabe de 1967 y ofreció a la organización –y a la resistencia en su conjunto– un impulso vertiginoso.
“Para nosotros –relata el palestino– el resultado fue tremendo. Hasta entonces, Al Fatah era una organización estrictamente secreta, un puñado de hombres. La batalla de Al Karameh demostró a las masas que éramos sinceros, que podíamos convertirnos en el cuchillo y en la víctima como dice uno de nuestros documentos, ‘entrar en la batalla para crearlo todo de la nada’, que los palestinos podíamos cerrar el puño sobre la brasa ardiente, como dice nuestro hermano Abu Ammar (Arafat)”.
Pero más allá de los inocultables signos de la época (el voluntarismo militante, el optimismo armado), el miliciano no se engaña: “Si abordáramos solamente la lucha armada, estaríamos condenados al fracaso, porque en términos militares partimos de una situación de inferioridad. Pero si abordáramos solamente la lucha política, también estaríamos perdidos, porque tarde o temprano nos chocaríamos con la realidad de que el enemigo nos domina por la fuerza. La lucha armada es indisoluble de la lucha política, y el descuido de una u otra equivale a convertir la guerra revolucionaria en una aventura. En consecuencia, nosotros no diferenciamos entre acción política y acción militar, ni mandamos a combatir a nadie que no haya pasado por la organización política”.
¿Un mensaje que el hábil criptógrafo envía cifrado a la conducción montonera? Es muy arriesgado afirmarlo. Lo que sí está claro es que este testimonio parece avizorar las tensiones y peligros ya latentes en la propia organización de Walsh. A partir de aquí el intelectual abordará sin concesiones el candente problema de la violencia. Su primera premisa, innegociable, asegura: “Se discute sobre los métodos [pero] La discusión sobre los métodos es una de las formas de eludir la discusión sobre el fondo, de reemplazar el por qué por el cómo. Pero aún la discusión secundaria no debe ser rehuida”. ¿Cuál es la discusión “secundaria”? La del llamado “terrorismo”. Para eso va a explayarse, precisamente, en la nota titulada: “¿De quién es el terror?” Urticante hace medio siglo, a nadie podría dejar tampoco hoy indiferente.
Otra vez la historia asiste al cronista, como único instrumento capaz de convertir un viejo chantaje colonial en un debate serio y profundo sobre las implicaciones políticas y morales de la violencia. Para ello, Walsh recuerda el caso –reciente y muy vivo entonces– de Ma’alot, pero asegura que la cosas no empezaron el 15 de mayo de 1974, con la matanza de 22 estudiantes, 3 docentes y una familia israelí a manos del Frente Democrático para la Liberación de Palestina, sino en 1948, “cuando Maalot se llamaba Tarchiha y era una aldea árabe, hoy borrada del mapa, al igual que Deir Yassin y otros cientos de ciudades y aldeas”, entras la que citará Sheikh, Lydda, Qibya, Khan Yunis, Kafr Qasim y otras.
Segunda premisa walshiana, ya desarrollada antes en las notas: “en el balance del terror en Medio Oriente, Israel lleva una ventaja sobre todos sus adversarios, si el Estado mismo de Israel fue obra de organizaciones terroristas [se refiere a la Haganah, Irgún, la Banda Stern], si esas organizaciones inventaron o reactualizaron la mayoría de los métodos modernos de terror –recordar el asesinato del conde Bernadotte, la voladura del hotel Rey David, la ejecución de rehenes ingleses”.
Tercera premisa, y fundamental: “Para restituir el cuadro disociado, es preciso volver a relacionar los métodos con los objetivos. El terror es un método de lucha que han usado todas las revoluciones y también todas las reacciones. Hechas las reverencias de práctica a la actitud que prefiere condenarlo ‘en sí mismo’ (como si algo existiera en sí mismo), su humanidad o su inhumanidad dependen de sus fines”.
El intelectual coloca el dedo en la llaga. Ahora no hará más que presionar hasta extraer todas sus consecuencias purulentas: “Nuestra Revolución de Mayo fue terrorista. El general Aramburu [líder de “la fusiladora”, como se conoció al golpe antiperonista de 1955] también. Con esas precisiones es posible reenfocar el terror en Medio Oriente, superar las barreras de una propaganda que –casualmente– es la del imperialismo occidental, y decidir quién tiene la parte de razón que las circunstancias le permiten tener. El objetivo del terrorismo palestino es recuperar la patria de la que fueron despojados los palestinos. En la más discutible de sus operaciones, queda ese resto de legitimidad. El terrorismo israelí se propuso dominar un pueblo, condenarlo a la miseria y al exilio. En la más razonable de sus ‘represalias’, aparece ese pecado original”. Fanoniano en esto y en tantas otras cosas, el escritor hace constar en actas la inocultable asimetría estructural.
Rodolfo Walsh no sabía, no podía saber, que estaba detonando, una década antes de su formulación por parte de un conspicuo compatriota y colega suyo, la llamada “teoría de los dos demonios” consagrada en el prólogo de Ernesto Sábato al “Nunca más”, el histórico documento de la CONADEP. No quedaba ya resquicio en donde los cobardes, los neutrales y los enemigos abstractos de una violencia abstracta pudieran refugiarse.
Pero la pregunta no es sólo sobre el terror, su naturaleza y sus fines, sino sobre quiénes son capaces de imputarlo y condenarlo de manera legítima. El asunto fue zanjado apenas un año antes del viaje de Walsh en la autobiografía de la legendaria guerrillera palestina Leila Khaled, acusada y condenada, precisamente, por “terrorista”.
Decía Khaled en un libro que felizmente fue traducido al español y editado en Uruguay en 2024: “No veo cómo mi opresor puede ser juez de mi respuesta a sus acciones opresoras en mi contra. No está en posición de emitir un juicio imparcial o de acusarme de piratería aérea y secuestro, cuando él secuestró mi casa y me secuestró a mí y a mi gente fuera de nuestra tierra. Si el enemigo define la moral y la legalidad en sus propios términos y decide aplicar contra mí sus doctrinas éticas y legales porque tiene el poder y los medios de comunicación para justificar su inhumanidad, yo no estoy moralmente obligada a escuchar, mucho menos a obedecer sus dictámenes. Sin duda tengo la obligación de resistir y de pelear hasta la muerte contra la corrupción moral del enemigo. Mi accionar no puede ser evaluado sin examinar las causas que tiene por detrás. La acción revolucionaria que llevé a cabo el 29 de agosto de 1969 fue una afirmación de mi humanidad desdeñada, una declaración de la humanidad de los palestinos”. Lo que Khaled sugiere es que no sólo no hay demonios equivalentes, sino tampoco exorcistas calificados.
Obviamente, tal y como sucede hoy con el diligente lobby sionista y sus políticas de hostigamiento y censura para con todos los críticos de la barbarie israelí en la Argentina, Walsh fue públicamente amonestado por la embajada de la entidad colonial. El señor Mario H. Sejatovich, de la oficina de prensa, consideraba que el periodista expresaba “un testimonio dramático de lo que significa la educación para el odio [un tropo que la poeta palestina Rafif Ziadah confrontó magistralmente hace unos años], sin repudiarla”. Aparentemente, el periodista también “exalta el hecho de que los niños sean educados para matar. Y abunda en ejemplos parecidos para atribuir contenido revolucionario al desborde criminal del terrorismo árabe”.
Pero nuestro autor, irreductible, se reafirma: “Dije allí que apruebo la violencia de los oprimidos que luchan contra sus opresores. Eso significa que el terrorismo que se inscribe en esa lucha es –más allá del juicio particular sobre cada acción– tan legítimo en el caso de los palestinos como en el caso de la Resistencia francesa. Y que la insurrección de los palestinos frente a los ocupantes de su patria es tan legítimo como, por ejemplo, el alzamiento del ghetto de Varsovia contra los nazis”. Nuevo “cross a la mandíbula” y asunto cerrado.
¿Qué significa hoy desaparecer?
Argentina conmemora hoy medio siglo redondo de la más mortífera de sus muchas dictaduras militares, en un momento en que los otrora graníticos consensos democráticos sobre el “proceso” empiezan a agrietarse, si es que no son ya puro escombro: la pavorosa asimetría del terrorismo de Estado, la legitimidad de los juicios de lesa humanidad o la cantidad y cualidad de los “desaparecidos” es puesta en entredicho por el propio aparato estatal y su conducción ejecutiva.
Por eso no podemos cerrar este ensayo sin intentar balbucear lo inenarrable. ¿Qué significa hoy desaparecer? Hace pocos días se publicaron estas líneas de una investigación de esas que el mismo Walsh hubiera acometido con pasión y compromiso: “Israel utilizó armas en Gaza que hicieron desaparecer a miles de palestinos […] las municiones térmicas y termobáricas suministradas por Estados Unidos, que arden a 3.500 °C, no han dejado rastro de casi 3.000 personas”.
¿Qué eran, qué fueron, qué son nuestros desaparecidos? Ante todo una metáfora. ¿Una metáfora de qué? De su secuestro, tortura, vejación, violación, asesinato y enterramiento clandestino (en fosas comunes, en el desierto o arrojados al mar, lo mismo da la geografía de ese despojo que tan hermosamente poetizó la extraordinaria trilogía del documentalista chileno Patricio Guzmán). Los desaparecidos, claro está, no “desaparecen” en un sentido literal, sino figurado; o al menos eso creíamos hasta que leímos la investigación de Al Jazeera y sentimos que algo se rompía. En lo personal me sentí expropiado, como si nos hubieran robado la última metáfora: ahora desaparecer quería decir desaparecer.
En esta fase del capital, la secular maquinaria de guerra y muerte de Occidente (porque Israel no es más que el monstruoso compendio de toda su historia colonial y genocida) ha alcanzado la capacidad técnica –asistida como en los campos de exterminio nazi por la inestimable ayuda de la razón instrumental y la ley del valor– de desaparecernos en sentido estricto y ya no figurado. De hacer de cada uno de nuestros poros un géiser por el que podemos desinflarnos. De reducirnos a tegumentos dispersos y manchones azarosos. De volver lo que supo ser un cuerpo amante y combatiente apenas una sombra viscosa, una humanidad sin testimonio.
Rodolfo Walsh no desapareció, sólo “machacaron su sustancia humana”, como anticipó en su Carta abierta. Sólo escondieron su cuerpo sus cobardes verdugos, tan temerosos de sus restos físicos como de los cuentos, artículos, notas y otros papeles que fueron confiscados en la casa clandestina que habitó junto a su compañera Lilia Ferreyra en San Vicente. Pero los al menos 3 mil desaparecidos palestinos de los que habla el informe de Al Jazeera sí desaparecieron, y lo hicieron en el sentido más morbosamente literal de la palabra. Ya no “están en algún sitio / concertados / desconcertados / sordos / buscándose / buscándonos”, como decía el conocidísimo poema de Mario Benedetti. Simplemente no están. Se evaporaron. Ese es el último umbral que quedaba, esta es la gran tragedia de nuestro tiempo. De nuestro tiempo sin Dios y con drones. De nuestro tiempo con milmillonarios posthumanistas y tan poca humanidad “adornando la tierra”, como decía Lévinas.
Necesitaremos mucha violencia, organizada y lúcida, para hacerle frente a los nuevos desaparecedores.








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