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La FIFA y Haití: entre lo político y la cuestión colonial

El problema no es la politización de los mundiales, sino su instrumentalización en favor del borramiento histórico de la colonización, la exclusión xenófoba del migrante y la agresión militar imperial. Publicado en Diario Red el lunes 15 de junio de 2026.

La Copa Mundial de la FIFA 2026 acumula, desde sus primeros preparativos, unos cuantos escándalos. En primer lugar restricciones migratorias, desde la sufrida por el árbitro somalí Omar Artan, detenido, interrogado y expulsado de Miami de manera arbitraria, hasta la cancelación del visado por parte de Estados Unidos y Canadá al presidente de la Federación Palestina de Fútbol, Jibril Rajoub. También fue noticia el caso de la revocación de las entradas destinadas para los aficionados de la selección iraní, así como la prohibición de sus jugadores de permanecer y pernoctar en suelo estadounidense, medidas ridículas con un evidente regusto a revancha por los sucesivos reveses imperiales en su guerra conjunta con Israel contra la república islámica.

Y qué decir de la presencia del temible ICE, la policía migratoria trumpiana, desplegada en los mismos estadios del certamen, aunque con la promesa oficial de que no realizarán redadas ni deportaciones “masivas”. O de la prohibición de utilizar brazaletes que celebren la diversidad sexual, bajo pena de sancionar a los capitanes que osen saltarse la restricción. O de los precios astronómicos de las entradas, que pueden costar varios meses de salario a un trabajador latinoamericano y caribeño promedio. Pero quizás el más absurdo de todos los escándalos involucra a un actor inesperado: la selección de Haití.

Una gesta heroica y una humilde camiseta

Si hay una afición exultante por la posibilidad bien ganada de disputar el segundo mundial de su historia esa es la haitiana. 52 largos años debieron esperar desde su primera y única participación en el certamen organizado en 1974 en la República Federal Alemana. Haití es sin lugar a dudas uno de los países más futboleros del mundo, además de una excepción notable en un Caribe insular mucho más proclive al béisbol o el críquet; así, su hinchada se cuenta por millones, tanto dentro del país como en su nutrida diáspora.

Además, su clasificación tuvo no poco de gesta, no sólo por el medio siglo transcurrido desde su última cita mundialista y por haber dejado en el camino a favoritos como Honduras y Costa Rica, sino porque su selección debió enfrentar la eliminatoria de la CONCACAF —es cierto que menos competitiva por la clasificación automática de los tres anfitriones— sin gozar jamás de la localía, obligada a jugar en Curazao por la grave crisis securitaria que atraviesa el país.

Pero esta alegría desbordante hizo frente a su primer sinsabor desde incluso antes del debut. La FIFA decidió vetar la camiseta oficial presentada por el seleccionado haitiano, en donde aparecía retratada una escena de la conocida Batalla de Vertières, la gran victoria militar de los ejércitos revolucionarios contra la Francia napoleónica, sucedida en noviembre de 1803 en las planicies del norte del país. Vertières, el equivalente de lo que representa la batalla de Ayacucho para las repúblicas hispanoamericanas, no sólo selló el triunfo de la naciente Revolución contra la potencia militar más importante de su época, sino que dio paso a la construcción de la primera república negra del mundo, surgida de una rebelión antiesclavista y anticolonial exitosa.

Vertières, como se puede suponer, es un extendido motivo de orgullo, retratado profusamente en la pintura, la música y la literatura del país. Su sólo recuerdo constituye un acto fuertemente identitario de afirmación nacional, un hecho particularmente sensible en un momento en que el país lucha agónicamente contra la balcanización de facto operada por diferentes actores paraestatales y por grupos criminales (políticamente) organizados que controlan buena parte de la capital Puerto Príncipe, así como otros territorios del centro del país.

Según el fabricante Saeta, la camiseta fue prohibida porque la FIFA consideró que ciertos elementos podían ser interpretados de forma contraria a sus normas, es decir como mensajes “políticos”, rechazados celosamente por la Federación. No deja de ser curioso que la vestimenta incluya también el diseño de la palma real que figura nada menos que en el escudo de armas de la República, aunque ésta no fuera objetada, al menos en principio.

Para colmo de males, una errada lectura histórica circuló profusamente por redes sociales, cuando algunos usuarios creyeron ver en la camiseta de “los granaderos” —como se les conoce popularmente— un homenaje a la bandera polaca. No faltaron incluso quienes aseguraron que el motivo era que Polonia habría ayudado a los haitianos a liberarse del dominio colonial francés a comienzos del siglo XIX.

La confusión no podría ser mayor. Primero porque difícilmente Polonia estaba en condiciones de ayudar a nadie en 1803, dado que ni siquiera existía como Estado, tras haber sido invadida, desmembrada y repartida entre el Imperio Austriaco, el Imperio Ruso y el Reino de Prusia en un proceso de despojo que culminó en 1795. No sería hasta 1807, tres años después del triunfo de los revolucionarios haitianos, que Napoleón I rehabilitaría en parte de los territorios polacos históricos un seudo-estado satélite que se conoció como el Gran Ducado de Varsovia.

¿Pero cuál es el origen de la confusión? Se trata del singularísimo caso de los llamados “polacos negros”, mercenarios al mando de Napoleón Bonaparte y su cuñado el General Leclerc, que arribaron a la antigua colonia de Saint-Domingue, en la isla La Española, para aplastar a la joven revolución en curso (algo que de hecho sí llegaron a hacer en la vecina isla de Guadalupe, hasta el día de hoy colonia francesa). De hecho, además de su paga particular, Napoleón les habría prometido rehabilitar un Estado polaco a cambio de sus servicios. Anegar el doloroso parto de una nación ultramarina para reclamar una propia en el corazón de Europa; tal fue la insidiosa propuesta del Primer Cónsul.

Pero en uno de los episodios más apasionantes y más contradictorios de las historias gemelas del colonialismo y el internacionalismo, los polacos terminaron por rebelarse contra el mando napoleónico y por combatir contra sus antiguos camaradas de armas, pasándose al bando conformado por el “ejército indígena” de los haitianos. En un curioso caso de identificación y confluencia de los “condenados de la tierra” de los mas diversos orígenes, los antiguos mercenarios contrainsurgentes acabarían por convertirse en héroes del naciente Estado, llegando hasta el caso de ser nombrados y reconocidos por la primera carta magna del país, la constitución de 1805 del padre de la patria Jean-Jacques Dessalines, la más avanzada del mundo por ese entonces.

Naturalizados como haitianos, acogidos como ciudadanos, bautizados y celebrados como los “polacos negros” de Haití, estos blanquísimos sujetos se integrarían a la sociedad posrevolucionaria en una absoluta igualdad de condiciones —sociales, políticas y también raciales— hasta el punto de que les fuera concedido el derecho, negado a otros extranjeros, de casarse con mujeres haitianas y de adquirir propiedades fundiarias. Hasta el día de hoy uno puede encontrar en el país a sus descendientes mestizos o escuchar una inesperada polca resonando en algunas de sus comunidades rurales.

La confusión en torno al rol de Polonia y Haití puede parecer inocente, pero no deja de ser un síntoma de la ignominiosa ignorancia y del más profundo oscurantismo que rodea todo lo concerniente a la historia —y la actualidad— de la primera república soberana de nuestro continente.

La nación política y el hecho colonial

Lo verdaderamente paradójico del asunto tiene que ver con la definición de qué es “lo político” para la FIFA, una mega corporación global sumamente capitalizada que se asienta sobre decenas y decenas de federaciones nacional-estatales, incluso con un criterio más flexible, amplio y representativo que el de las propias Naciones Unidas. Mientras la ONU reconoce a 193 estados miembros (más dos observadores permanentes, el Estado Vaticano y Palestina), la FIFA cuenta con 211 asociaciones nacionales afiliadas, incluyendo a territorios no autónomos y pendientes de descolonización.

Así, tenemos el curioso caso de Reino Unido, que mientras ocupa una plaza en la ONU cuenta con cinco asientos en la FIFA, incluyendo a sus cuatro “naciones constituyentes” (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte), pero también a un enclave colonial como Gibraltar. O tenemos el estatuto, frecuente en algunos lugares de la Polinesia o en el Caribe insular, de “territorios no autónomos” que sí cuentan con federaciones propias, sin importar que se encuentren bajo dominio colonial informal de los Estados Unidos, el Reino Unido o los Países Bajos. El caso de Francia es distinto porque considera a sus colonias caribeñas como “departamentos de ultramar” y parte constitutiva de su territorio, por lo que carecen de una representación especifica frente a la federación mundial.

De hecho fue el brasileño João Havelange, el verdadero y polémico constructor del imperio FIFA, el primero que notó que el sistema de representación uninominal de la entidad hacía muy redituable la cooptación de pequeños países que, aún sin tradición futbolística ni grandes recursos, contaban con un voto —al igual que los más grandes— en el Congreso de la FIFA. Así, en la histórica disputa sostenida contra el ingles Stanley Rous en 1974, Havelange —famoso entre otras cosas por “cortar las piernas” a Diego Armando Maradona— inclinó la balanza a su favor con los votos caribeños y centroamericanos de la CONCACAF.

En síntesis, no hay nada más político que la construcción de una nación, y mucho más si se trata de una nación de origen poscolonial, como lo son la inmensa mayoría de las entidades políticas del planeta. Recordemos que la ONU fue fundada con apenas 51 Estados miembro en 1945, y que cuando culminó el proceso de descolonización asiática, africana y caribeña tres décadas después, tenía 144.


Todo esto nos lleva a considerar cuál es la simbología y la heráldica que atraviesa la construcción nacional-estatal, y que a partir de allí contagia toda la parafernalia comercial que tan hábilmente rentabiliza desde hace décadas la federación internacional de fútbol. Si la FIFA se propusiera de verdad vetar todos los símbolos políticos de las camisetas de sus seleccionados o de los escudos de sus federaciones, debería barrer con todas y cada una de las referencias a hechos históricos, matrices culturales y confesiones religiosas, e incluso —por qué no— a la fauna local o a los accidentes geográficos característicos que señalan y delimitan una territorialidad precisa.

Pensemos en el águila sobre el nopal de los indigenas mexicas que vemos en la bandera mexicana, o en la Piedra del Sol que inspira el diseño actual de su camiseta titular. O en los rayos rectos y flamígeros del sol incaico—apropiado como símbolo anticolonial por los sectores jacobinos de las Provincias Unidas a comienzos del siglo XIX—, hoy inscrito en las banderas argentina y uruguaya y en toda su iconografía deportiva.

O en el muy político lema de “orden y progreso” que los republicanos positivistas inscribieron en la bandera brasileña en 1889 o en los colores partidarios respectivos —el rojo y el azul— que los liberales y los conservadores panameños colocaron en la enseña nacional. Pero no todos los símbolos son tan antiguos. Consideremos la camiseta de los sudafricanos, que llevan con orgullo el emblema nacional de la protea real, una flor que simboliza la muy política resistencia contra el Apartheid y el renacimiento del país en el período de la transición.

Un caso, menos conocido pero muy interesante, es el de Ghana, cuya solitaria estrella remite a la tradición panafricanista y a la historia de la Black Star Line, la compañía naviera del mítico líder jamaiquino Marcus Garvey, construida para conectar a la diáspora negra con la madre África. En la vestimenta oficial ghanesa para la temporada 2026/2027 la estrella nacional aparece, en gran tamaño, estampada en el pecho de las camisetas.

Ni hablemos de las múltiples profesiones de fe religiosa, desde la antigua medialuna y la estrella de origen bizantino presente en los pabellones de Túnez, Marruecos y Argelia y asociadas universalmente al mundo musulmán, en la Shahada de la bandera saudita, en los cinco pilares del islam representados en la bandera iraní, o en el símbolo taoísta del Ying y del Yang y en los trigramas presentes en la bandera de Corea del Sur.

Pero lo mismo vale para la heráldica católica y colonial de las antiguas potencias europeasmblemática resulta la bandera portuguesa, que celebra no sólo la expansión colonial marítima del viejo imperio, sino también sus victorias militares contra el islam, así como el caso de la omnipresente cruz nórdica (que atraviesa de punta a punta la camiseta de Noruega), originada en los estandartes de guerra de las Cruzadas. Pero América Latina tampoco es la excepción, como lo demuestra la Cruz de la Orden de Cristo presente en el logo de la Confederación Brasileña de Fútbol.

Uno de los argumentos al uso para justificar tal tipo de censura “antipolítica” es evitar los diferendos o las ofensas que podrían producirse. Llevando la lógica al absurdo, un nostálgico del Mariscal Tito podría sentirse incómodo al ver el escudo de la federación de fútbol de Bosnia y Herzegovina, por el simple hecho de que plasma en su logo el mapa del país, uno de los tantos fragmentos en que estalló el antiguo mosaico yugoslavo. O alguien podría poner el grito en el cielo porque la selección alemana siga utilizando el Bundesadler, el águila federal, un antiquísimo símbolo que si bien data desde los tiempos del Sacro Imperio Romano Germánico, fue intensamente apropiado por el Tercer Reich.

La FIFA, como siempre, ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. Así, un humilde homenaje a la fundación anticolonial de una República negra y periférica puede ser censurada como un hecho político mientras se niega la politicidad intrínseca —y reaccionaria— de otorgar un premio a la paz (en rigor un pobre sucedáneo del ya de por sí desprestigiado Nobel) al presidente más guerrista del planeta, embarcado, mientras rueda la pelota mundialista, en políticas de agresión colonial contra buena parte Asia Occidental y de América Latina y el Caribe.


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