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Fidel Castro, arquitecto de la integración económica y política de América Latina y el Caribe

Analizamos en clave histórica y geopolítica el ideario y las políticas integracionistas impulsadas por Fidel Castro y la Revolución Cubana. Publicado en la edición #1 de «El monitor de la política imperial», el boletín del GT INPI de CLACSO.

Como todo gran líder revolucionario, Fidel Castro fue ante todo una personalidad profundamente historicista. Desde La historia me absolverá (2007), su conocido alegato contra la dictadura de Fulgencio Batista pronunciado en 1953 tras el infructuoso asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, hasta sus grandes obras conversacionales como Fidel y la religión (2014), sostenida con el teólogo brasileño Frei Betto; Un grano de maíz (2011), con el revolucionario nicaragüense Tomas Borge; o Fidel Castro, biografía a dos voces (2006), con el periodista español Ignacio Ramonet), es posible rastrear la profunda densidad histórica del pensamiento que animó su praxis política.

Algunos ejemplos de su recurrente obsesión historicista son el conocimiento al dedillo de todas las vicisitudes de la histórica lucha anticolonial en Cuba, el Caribe y Nuestra América; su interés en torno a la vida y obra de grandes personalidades como José Martí y Simón Bolívar; su rechazo a la búsqueda de gloria y trascendencia personal y a todo tipo de monumentalización post mortem (expresado en la simple roca en la que descansan hoy sus restos mortales en el cementerio de Santa Ifigenia); o incluso gestos aparentemente anodinos como escoger el nombre de Carlota –la negra lucumí que sublevó a los esclavos del Ingenio Triunvirato, en 1843– para bautizar la masiva misión internacionalista cubana en Angola y África Austral.

Cuba, pivote del mundo y crisol de tradiciones

En la praxis de Fidel Castro –profundamente dialéctica–, patriotismo, nuestroamericanismo y tercermundismo aparecen como momentos de una totalidad indisoluble, tal y como lo supo expresar el 4 de febrero de 1962, instantes antes de pronunciar la histórica Segunda Declaración de La Habana: “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina? ¿Y qué es la historia de América Latina sino la historia de Asia, África y Oceanía? ¿Y qué es la historia de todos estos pueblos sino la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero?” (2009, p. 62).

La cita no tiene nada de extraño, si nos remitimos a una genealogía que podemos rastrear hasta la figura del poeta, periodista y líder independentista cubano José Martí, quien a fines del siglo XIX supo escribir: “Un error en Cuba es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta en Cuba se levanta por todos los tiempos” (1894).

Esto no es casual, si nos atendemos a la peculiar trayectoria histórica de la formación nacional cubana, en particular a la moratoria soberana que junto a Puerto Rico la convirtió en la última colonia española en independizarse en la región, rezagadas casi un siglo respecto a los territorios continentales. Y en hacerlo, para colmo de males, de forma absolutamente tutelada tras la intervención estadounidense en la guerra cubano-hispano-americana y la imposición de la tristemente célebre Enmienda Platt, una suerte de cerrojo constitucional que consagró a la isla como un protectorado del “norte revuelto y brutal”, como supo describir Martí a la emergente potencia colonial hemisférica. 

La insularidad caribeña, de forma quizás contraintuitiva, fue un poderoso vector de universalización del pensamiento y la praxis política en y desde las Antillas. Sus más prominentes líderes políticos e intelectuales, obligados por la misma fatalidad geográfica, por la imposibilidad de desarrollar en territorios exiguos un proyecto autárquico –a esto se refirió explícitamente Fidel en la clausura de la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (2009, pp. 145-146)–, por la concurrencia de varios proyectos coloniales en el Gran Caribe –la “frontera imperial”, como lo definió Juan Bosch (2012)– y por su profunda dependencia de las vicisitudes de la geopolítica global, comprendieron como pocos la totalidad operante del sistema-mundo capitalista y colonial. Y empujaron, en ocasiones, algunos de los más audaces proyectos de liberación, cooperación, solidaridad e integración regional y mundial. Por eso, con ser descollante, la figura de Fidel Castro solo puede comprenderse en el cauce trazado por otras grandes figuras del anfictionismo latinoamericano (Rivara, 2025), el “antillanismo liberador” (Bedia Pulido, 2013), el marxismo de las islas, la tradición radical negra (Robinson, 2021), la teoría caribeña de la dependencia (Montañez Pico, 2020) y otras corrientes político-intelectuales emancipatorias.

Como en Martí, Bolívar, José Cecilio del Valle, Francisco de Miranda, José de San Martín, Juan José Castelli, Bernardo Monteagudo y otros pioneros de la integración regional, vemos en Fidel desfilar y complementarse diferentes fundamentos a la hora de justificar la necesidad de la unión latinoamericana y caribeña. Ya en otro texto (Rivara, 2025), y refiriéndonos en particular a la figura de Bolívar, identificamos ante todo tres fundamentos que creemos operativos para comprender las formulaciones e iniciativas del líder revolucionario cubano en torno al unionismo y a la integración: el fundamento histórico-cultural (la unidad de origen, es decir el común tronco colonial, histórico y etno-racial de nuestras repúblicas, discutible desde ya), el fundamento geopolítico (la comunidad de destino, forjada a partir de la imposibilidad de garantizar proyectos autonomistas y liberacionistas a escala nacional-estatal) y el fundamento político-militar (el imperativo existencial de la defensa mutua frente a la amenaza de las potencias imperiales y sus recurrentes tentativas recolonizadoras o, en algunos casos, en relación a los territorios que aún no alcanzaron su “primera independencia”).

Uno de sus primeros abordajes más o menos sistemáticos sobre la unidad e integración regionales fue un discurso pronunciado el 5 de mayo de 1959 en Montevideo, pocos meses después del triunfo revolucionario, cuando Castro aún definía a la revolución como una “democracia humanista” (2009, p. 17). Allí sentó las bases de una concepción que sostendría toda su vida, cuando aseguró que la integración del continente solo será posible si se consuma en un sentido político y económico a la vez, teniendo esta segunda dimensión cierta prevalencia en un orden temporal y lógico: “Unámonos, primero, en pro de aspiraciones económicas; en pro de la gran ambición hacia la aspiración del desarrollo económico de América Latina, con economía propia; en pro del mercado común; después de las barreras aduanales, podremos ir suprimiendo las barreras legales que nos exigen visas y requisitos para movernos de un lugar a otro” (2009, pp. 21-22).

Aquí la idea de “comunidad de origen” resulta patente, así como la referencia al legado integracionista de los líderes independentistas y a la unidad colonial primigenia –“hispanoamericana”, en este caso–, previa a la fatal balcanización territorial del siglo XIX:

Es que hemos implantado barreras artificiales, es que hemos implantado fronteras artificiales y hemos creado diferencias donde no existen. […] Es que siendo uno en todo hemos vivido alejados, hemos vivido separados, hemos vivido divididos, hemos vivido al margen de lo que pudo habernos hecho grandes. […] Hemos vivido al margen de lo que fueron los sueños de nuestros libertadores, a los cuales hemos levantado estatuas […] pero no hemos seguido en la esencia más pura de su pensamiento” (2009, pp. 24-25).

De la comunidad de origen y la homología cultural, se deduce, desde ya, una comunidad de destino, en relación a lo que pudo y a lo que todavía puede hacernos grandes: “La América nuestra tiene un destino propio. […] La América nuestra, con sus características geográficas, con sus características espirituales, con sus características materiales, con la idiosincrasia de nuestros pueblos, con el carácter de nuestros pueblos, solo puede seguir un camino enteramente propio” (2009, p. 9).

Pero la integración no es solo una formulación espiritual o sentimental, sino que requiere de medidas y objetivos concretos y materiales: “Luego, la conclusión es que nos unamos para ser una nación grande y fuerte, para que no hagan falta pasaportes, para que no existen barreras […], para que nuestros productos tengan amplio mercado, para que la América Latina de los próximos 40 años […] sea un continente sembrado de fábricas, sea un continente sembrado de riquezas para los pueblos” (2009, p. 21).

La precisión de ciertos objetivos trazables y mensurables resulta de interés si atendemos al hecho de que el ciclo integracionista latinoamericano y caribeño de comienzos de este siglo –del que el propio Fidel fue un actor protagonista– adoleció en ocasiones de ciertas mistificaciones espiritualistas, de varios excesos retóricos y de no pocas excrecencias burocráticas. 

“Tras la pleamar reaccionaria”: la integración posneoliberal

Con el cambio de etapa producido entre los años 70 y 80, marcado por el agotamiento de la estrategia insurreccional guerrillera, el fin progresivo de los regímenes militares de “seguridad nacional”, las primeras “transiciones democráticas”, el desplazamiento del eje de radicalidad de Sudamérica a Centroamérica y los primeros síntomas de desgaste de la Unión Soviética, el dirigente cubano se mostró cada vez más flexible a la hora de evaluar la coyuntura y de ponderar a diversos actores regionales: los cristianos de base y la teología de la liberación, los gobiernos militares nacionalistas y reformadores, e incluso algunos partidos socialdemócratas, considerados aliados potenciales en la etapa en desarrollo. 

En su óptica, de lo que se trataba era de afrontar dicha coyuntura con “métodos diferentes”, según lo estableció en un discurso pronunciado el 26 de julio de 1971, después del triunfo electoral de Salvador Allende y la Unidad Popular en Chile (2009, p. 161). Para ver el tránsito entre etapas, basta cotejar esta alocución con su discurso de clausura en la OLAS, pronunciado apenas cuatro años antes, en donde había aseverado enfáticamente que la estrategia guerrillera era la “vía fundamental” –y en algún sentido, insoslayable– en la lucha por el poder político y la construcción del socialismo, sosteniendo una amarga polémica con algunos sectores reformistas y con varios partidos comunistas y socialdemócratas de la región y el mundo. 

Esta actualización histórica y doctrinaria, por otro lado típica de un liderazgo ajeno a todo dogmatismo, terminó de afirmarse a mediados de la década del 70, como puede verse en el informe central presentado al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en diciembre de 1975. Allí, Fidel afirmó sin vacilaciones: “No está ahora la América Latina en vísperas inmediatas de cambios globales que conduzcan, como en Cuba, a súbitas transformaciones socialistas [aunque] es claro que estas no son imposibles en algunos de los países latinoamericanos” (2009, p. 170). En el siguiente Congreso, cinco años después, se refirió a la emergencia de “nuevas complejidades” que se añadían entonces a la lucha política de América Latina –ante todo, las vicisitudes de la segunda Guerra Fría y los actores y procesos emergentes que mencionamos– y ratificó la ampliación hacia “alianzas progresistas”:

Añadimos entonces la necesidad y conveniencia de estrechar los lazos con otras organizaciones revolucionarias y populares de tendencia progresista que actuaban en los ámbitos continental y mundial. […] En ese sentido, trabajaremos juntos con todos aquellos –no importa su carácter de clase, ideología política o religiosa– que estén dispuestos a hacer algo en favor de la paz y la distensión. Nos uniremos, asimismo, con todos aquellos gobiernos patrióticos y con los movimientos antiimperialistas que se enfrentan de un modo o de otro al dominio de Washington (2009, p. 189).

Cabe destacar que, pese a las permanentes y necesarias actualizaciones tácticas y estratégicas, Fidel Castro coloca a la integración y unidad regionales en un registro no coyuntural: “[…] para nosotros la unidad de América Latina y el Caribe es uno de los objetivos permanentes, y […] la estimamos el mejor instrumento para lograr los propósitos históricos de nuestra América y la consolidación democrática e independiente de cada uno de nuestros países” (2009, p. 191). Tal es así que la carta magna cubana de 1976 elevó a rango constitucional los principios integracionistas e internacionalistas, caso inédito en la región. 

La dimensión económica del integracionismo propuesto por la Revolución cubana tomó mayor relevancia en la coyuntura derivada de la crisis de la deuda externa y la universalización, en todo el continente,  de las políticas neoliberales a partir de los años 80 y 90. La propia proyección imperial hemisférica, tras el derrumbe de la URSS y el campo socialista y el triunfo arrasador del unipolarismo, volvió aún más sincrónicas las regresivas dinámicas regionales latinoamericanas y caribeñas, permitiendo alumbrar algo parecido a un programa económico mínimo y común. Este era por ese entonces el diagnóstico de Fidel:

[…] se unieron, en los últimos años, el intercambio desigual cada vez más abusivo, las medida proteccionistas, el dumping, las fugas de capital hacia los centro de poder económico y las manipulaciones monetarias y financieras que están en el origen de la deuda y dieron lugar a la actual catástrofe económica y social que aflige a estos países” (2009, p. 206).

Ante este panorama desolador, el líder cubano decidió postular la “impagabilidad de la deuda”, así como proponer la reinversión de un 12 por ciento de los gastos militares en la amortización de la misma, pero sin desconsiderar que, en su opinión, anular la deuda no resolvería la crisis económica del Tercer Mundo (2009, p. 207). Para ello haría falta acabar con los fenómenos antes descritos, intrínsecos al intercambio desigual y a las dinámicas históricas de la dependencia y el neocolonialismo. 

Fidel Castro, suerte de profeta en el desierto entre finales de los 80 y los primeros años 90, comenzó a encontrar mayores y mejores interlocutores con el correr de la década. En particular, la emergencia de los nuevos movimientos sociales –campesinos, indígenas, urbanos periféricos–, la proyección internacional de Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores en Brasil y la construcción de novedosas instancias de articulación internacional fungieron como una importante caja de resonancia para sus reflexiones y propuestas. Así, en su discurso al IV Foro de San Pablo, el líder cubano se abocó a desarmar cada uno de los presuntos indicadores económicos promisorios propagandizados sin descanso por los tecnócratas del mainstream neoliberal. 

En su opinión, “el neoliberalismo no es una teoría del desarrollo [sino] la doctrina del saqueo total de nuestros pueblos” (2009, p. 225), y en ese sentido habría que comprender su campaña sistemática de descrédito y demolición de los Estados (2009, p. 227). Bajo la misma idea de las “nuevas complejidades” y amparado en la razón estratégica de conformar “alianzas amplias”, postuló una orientación estratégica unánime: “creo que hoy en la América Latina la batalla prioritaria es […] derrotar al neoliberalismo, porque si no derrotamos al neoliberalismo desapareceremos como naciones, desapareceremos como Estados independientes, y vamos a ser más colonias de lo que nunca lo fueron los países del Tercer Mundo (2009, p. 229). 

A lo que añadió, desde una mirada geopolítica y geoeconómica, y pensando sobre todo en la colisión de grandes magnitudes:

Han pasado casi 170 años de la independencia y todavía América Latina está dividida, está balcanizada. No es una cuestión sentimental, es una cuestión de supervivencia, estamos viviendo en un mundo de grandes gigantes económicos e industriales, de grandes comunidades económicas y políticas. ¿Qué perspectivas de independencia, de seguridad y de paz, qué perspectivas de desarrollo y de bienestar tendrían nuestros pueblos divididos? Claro que es una tarea dificilísima, basta analizar los esfuerzos aislados de integración para comprender que tenemos la necesidad de la integración económica, de la integración política y de vencer todos los obstáculos. No son las trasnacionales las que nos van a integrar y las que nos van a unir (2009, p. 235).

Un elemento muy importante es que Castro consideraba entonces que la unidad y el integracionismo eran un imperativo amplio y transversal, que incumbía a todos los sectores progresistas, reformistas, soberanistas y de izquierda, y no solo a las vertientes socialistas o comunistas:

¿Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Esto debería estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo. Aquellos que piensen que el socialismo es una posibilidad y quieren luchar por el socialismo, pero aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración (2009, p. 236). 

Todo lo antedicho permite comprender a la perfección la oposición pionera y tenaz que Castro y Cuba opusieron a la iniciativa de la llamada Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Su discurso en la Plaza de la Revolución, el primero de mayo de 2001, da cuenta de ello:

Para Cuba es absolutamente claro que el llamado Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, en las condiciones, plazo, estrategia, objetivos y procedimientos impuestos por Estados Unidos, conduce inexorablemente a la anexión de América Latina a Estados Unidos. Tal tipo de asociación entre una gigantesca potencia industrial, tecnológica y financiera con países que padecen un alto grado de pobreza, subdesarrollo y dependencia financiera respecto a instituciones que están bajo la égida de Estados Unidos […] impone tales condiciones de desigualdad que solo implicará la absorción total de la economía de los demás países de América Latina y el Caribe por la economía de Estados Unidos (2009, p. 247).

Además de la anexión, el ALCA implicaría una reprimarización de las economías y una precarización creciente de la fuerza laboral regional; en suma, más neoliberalismo, menos industrias, más desempleo y mayores flagelos sociales (2009, pp. 247-248). 

Coda

La importancia histórica de la Revolución cubana consiste en que se trata del proceso ininterrumpido de transformaciones sociales radicales más extenso de nuestros cinco siglos de resistencia anticolonial y nuestros dos siglos de vida republicana. En particular, el pensamiento y praxis de su longevo líder histórico han servido como el principal vector de trasvasamiento generacional de nociones y políticas unionistas e integracionistas, oficiando además en Nuestra América como una bisagra continental-insular y como un auténtico pivote internacional entre Nuestra América, el extinto campo socialista, el antiguo Tercer Mundo y el vigente y actuante Sur Global. 

No se equivoca el señor Marco Rubio (Departamento de Estado, 2026), cuando más allá de las mentiras groseras y las afirmaciones infundadas, considera a la isla como una suerte de reserva política, intelectual y moral de todas las inclinaciones radicales de la región, ya sean de índole social, económica o geopolítica. Sin Cuba, y sin Fidel Castro, el siglo XXI latinoamericano y caribeño no hubiera existido tal y como lo conocimos. Todo lo que vino después, llámese Hugo Chávez, Revolución Bolivariana, “NO al ALCA”, ciclo progresista, políticas redistributivas, ALBA-TCP, UNASUR o CELAC, tendrá para siempre su huella indeleble.


Referencias

Bedia Pulido, José Antonio (2013). Hostos y Martí: Antillanismo liberador. La Habana: Ediciones Boloña, Centro de Estudios Martianos.

Betto, Frei y Castro, Fidel (2014). Fidel y la religión. Madrid: Ruth Casa Editorial.

Borge, Tomás y Castro, Fidel. (2011) Un grano de maíz. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.

Bosch, Juan (2012). De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial. Santo Domingo: Ediciones Fundación Juan Bosch.

Castro, Fidel (2007). La historia me absolverá. Buenos Aires: Ediciones Luxemburg.

Castro, Fidel (2009). Latinoamericanismo vs. Imperialismo. Querétaro: Ocean Sur.

Departamento de Estado de los Estados Unidos (2026). Cuba: The Capital of 21st Century Communism. U.S. Department of State. https://www.state.gov/cuba-the-capital-of-21st-century-communism

Martí, José [1894].  «El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América.» Patria, 17 de abril de 1894.

Montañez Pico, Daniel (2020). Marxismo negro: Pensamiento descolonizador del Caribe anglófono. Ciudad de México: Akal.

Ramonet, Ignacio y Castro, Fidel (2006). Fidel Castro, biografía a dos voces. Madrid: Debate.

Rivara, Lautaro (2025). “El anfitictionismo latinoamericano y caribeño: dos siglos de praxis multipolar autónoma”. En José Guadalupe Gandarilla Salgado (coord.). De Monroe a Trump. Del «expansionismo estadounidense temprano» al «imperialismo tardío». Buenos Aires: Ediciones Herramienta, Huella del Sur.

Robinson, Cedric J. (2021). Marxismo negro: La formación de la tradición radical negra. Madrid: Traficantes de Sueños.

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