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Palestina y el nuevo internacionalismo (II): una conversación con Thiago Ávila

Segunda parte de la entrevista a Thiago Ávila, coordinador de la Global Sumud Flotilla: las críticas a la misión, el “plan de paz” de Trump, la situación en los territorios ocupados y las próximas iniciativas. Publicado en Diario Red América Latina el 25 de enero de 2026.

Abordamos en la primera parte de esta entrevista los aportes y la importancia de las flotillas y de otras formas de solidaridad internacional, pero no quería dejar de preguntarte por las críticas, porque las hubo y las habrá. La mayoría provienen, obviamente, de Israel, Estados Unidos y sus aliados del Norte Global, desde las corporaciones privadas de prensa y el lobby sionista internacional. Pero hay otras que fueron formuladas, paradójicamente o no, desde lugares de enunciación que se asumen de izquierda o progresistas. Críticas a las estrategias de comunicación de las flotillas, a los altos perfiles de algunos participantes –influencers, parlamentarios, actores, etcétera– e incluso señalamientos que denuncian la presunta inutilidad o incluso el costo económico de desplegar una iniciativa civil y no violenta, de carácter político y simbólico, como forma de desafiar a un gran poderío militar y colonial como el que describías recién. ¿Cómo responderías a esas críticas? ¿Acaso estrategias de solidaridad como las flotillas son contradictorias con otras formas de resistencia?

– Lo primero es no perder nunca el foco de lo que hacemos. Las flotillas y las otras misiones buscan romper el cerco ilegal de Israel sobre la Franja de Gaza, un cerco que lleva ya 18 años de duración, así como van 17 años de tentativas de romperlo. Toda iniciativa política puede y debe ser criticada, y nosotros debemos ser los primeros en hacerlo, para mejorar nuestras tácticas y ser lo más útiles que podamos a la causa palestina. Esa es la pregunta que debemos hacernos cada día, no sólo con las flotillas, sino con toda nuestra militancia. ¿Cuál es la utilidad de lo que hacemos? Si me despierto hoy y tengo una cantidad limitada de energía y horas que colocar en la construcción revolucionaria, ¿cuál es la mejor manera y la más eficaz de aportar a la construcción de una nueva sociedad? Esa es la clave.

Las flotillas, por supuesto, no escapan a esa lógica. Hay que separar, como tú dices, los intentos de deslegitimación del sionismo y el imperialismo, de las críticas que hacen parte del mismo proceso, que invitan a la autocrítica, que buscan favorecer una síntesis del proceso dialéctico de construcción revolucionaria. La historia de las revoluciones no existiría sin esa capacidad de criticar los propios procesos.

Analizando las narrativas, podríamos decir que las críticas desde el sionismo y afines empiezan, invariablemente, por afirmar que los activistas humanitarios de las flotillas somos “terroristas” que llevamos armas a Gaza para atacar a Israel. Aunque parezca sencillo y por burda que sea, no siempre es tan fácil desenmascarar esa mentira, porque el sionismo tiene mucho alcance, cuenta con sus propios medios de comunicación, controla la big data, invierte en su propia justificación ideológica desde hace décadas, lo que les otorga cierta capilaridad social. Su capacidad de propagar mentiras es enorme. Por eso, cuando ellos nos acusan de ser terroristas traficando armas, nuestra manera de rebatir eso es contando la historia de las y los activistas. Si sólo hablamos de nuestra tarea militante, de Palestina, del sionismo, de la descolonización y la lucha contra el imperialismo, es decir de nuestras banderas políticas, somos más susceptibles a sus ataques y resulta más fácil para ellos criminalizarnos. Por eso, cuando ellos nos deshumanizan, nos orientamos a una comunicación más volcada a humanizar a las personas y sus razones.

Nosotros no queremos hablar de los activistas ni de las flotillas; la realidad es que ni siquiera quisiéramos que misiones así fueron necesarias. Son los gobiernos y los Estados los que deberían establecer un corredor humanitario, llevar comida y romper un cerco que es totalmente ilegal de acuerdo al derecho internacional.

Nuestro mensaje es simple: los activistas no son terroristas. Son personas que creen en la libertad, en la solidaridad internacional, en el trabajo humanitario. Por eso, a mayor criminalización, más humanización y empatía. A veces es muy sencillo; era muy difícil, en los tiempos del pequeño Madleen, decir que Greta con su gorro de sapo o yo mismo con mi guitarra eramos terroristas temibles que amenazaban al Estado de Israel. Así, la narrativa antiterrorista perdió peso muy rápidamente. Pero cuando hablamos de una misión más grande, con una mayor diversidad geográfica, con más activistas de países árabes y del Sur Global en general, ellos lograron hacer un poco más de ruido con eso. Por lo tanto, nuestra necesidad de explicar y humanizar se vuelve tanto mayor.

Pero aquí viene la paradoja. Cuando buscamos humanizar a los activistas, hacer pedagogía con sus historias y explicar los motivos que guían la iniciativa, ahí viene la otra crítica del sionismo: que las personas hacen esto por su propio beneficio, que son actores, que sólo quieren likes, que viajan en el “bote selfie”, etcétera. De Israel y el sionismo esperamos siempre las dos narrativas, pero con la conciencia de que mientras más logren criminalizarnos mayor será el daño que puedan hacernos, como sucedió con los asesinatos del Mavi Mármara o con el bombardeo del Conscience en Malta. Si logramos ganar esa primera batalla, vamos a estar más seguros, incluso en un sentido físico, de autodefensa. Pero siempre quedaremos sujetos a la deslegitimación. Por eso, ante la contradicción, vamos a elegir una comunicación más humanizada. Como sea se trata de un equilibrio muy difícil entre los objetivos políticos y la pedagogía de la acción y la seguridad y autodefensa de la tripulación, pero intentamos orientamos por él.

Las otras críticas provienen de un lugar completamente diferente, las de quienes comparten con nosotros la voluntad de ver a Palestina libre. Aquí se manifiesta a veces la preocupación por los recursos utilizados o por la estrategia de llevar a personas como políticos e influencers de diversos matices ideológicos. O incluso la cuestión de los gobiernos que pueden verse beneficiados indirectamente con estas acciones. A cada una de estas críticas corresponde una reflexión distinta.

Abordemos, por ejemplo, el tema de los recursos. Yo estuve en Egipto en noviembre de 2023 cuando por primera vez desde el comienzo de la escalada del genocidio se intentó romper el cerco de Rafah con una comisión humanitaria que llevaba el nombre de “Convoy de la Conciencia Global”, que fue una pequeña semilla de lo que después sería la Marcha Global a Gaza. Allí estábamos el sindicato de periodistas y unas pocas decenas de militantes. Obviamente no logramos pasar los check points y entrar, ni siquiera al Sinaí. Fuimos impedidos por el gobierno de [el presidente egipcio Abdelfatah El-Sisi] y su junta militar. Pero logramos ver, en Ismailía y cerca del Canal de Suez, a miles de camiones pudriéndose en el desierto. La comida, la medicina, todo en proceso de deterioro.

Hasta el día de hoy podemos ver miles de camiones llenos, varados entre Ismailía, Suez, El Arish y Rafah, de la misma manera que hay muchos almacenes llenos de mercadería de la ONU, de organizaciones jordanas y de otros países, que pueden hacer llegar su ayuda a Gaza.

Si calculamos el costo de nuestras misiones (tomemos como ejemplo la última y más grande), ésta equivale al valor de unos 50 camiones de ayuda humanitaria como los que están allí retenidos. Si nuestra misión tiene entonces ese costo limitado, pero trae a cambio un mayor conocimiento global de la causa palestina y del genocidio que están sufriendo los palestinos en Gaza, si convoca a miles o a cientos de miles de personas nuevas a las manifestaciones que se suceden en todo el planeta, si trae aparejada una pequeña esperanza de que algún día ese asedio cruel e inhumano por fin se acabe, se trata, en nuestra opinión, de recursos justificados y bien utilizados. Se trata de una evaluación estratégica: por una pequeña fracción del costo de esos mismos camiones abandonados en el desierto, las flotillas logran colocar en la agenda pública la necesidad de la descolonización, debilitar a nuestros enemigos y fortalecer política y moralmente a la resistencia local e internacional, porque no tenemos dudas de que ese es el efecto que las flotillas logran.

La otra cuestión es la de los influencers. Sin dudas se trata de una contradicción con la que lidiamos cada día, porque para nosotros nuestra militancia hace parte de un movimiento internacionalista de masas; ese fue nuestro proyecto desde el inicio. Nunca quisimos ser una táctica ni una iniciativa esporádica. Y para eso lo que hacemos debe tener un carácter militante. Pero el problema, como te decía, es que cuando esa misión resulta desconocida el resultado esperable es que nos ataquen y bombardeen. No hablamos de una hipótesis lejana sino de una realidad que constatamos, de una práctica concreta. Cuando nuestra misión fue rigurosamente secreta y disciplinada, para Israel fue un regalo. Nos bombardearon sin sufrir casi ningún costo político.

Por eso nuestra misión ahora es hacer crecer lo suficiente nuestras flotillas para que el costo político de atacarnos, bombardearnos, destruirnos o asesinarnos sea demasiado alto, y que Israel no lo pueda pagar. Por eso, traer personas de esas características, de distintos espacios y audiencias, es una manera estratégica de llegar a más personas, de acumular más fuerza social, de aumentar el costo político de un ataque. Así, la participación de influencers y personas de alto perfil está directamente relacionada con la seguridad y eficacia de la misión. Pero por supuesto que hay problemas, en relación a las formas en que algunas personas comunican la iniciativa, y ésta es una autocrítica que tenemos que hacer, porque a veces fallamos en dar directrices a las personas que participan, en dejar claro que todas y todos son bienvenidos, pero que la manera en que nos queremos comunicar es una, y que fue definida a partir de una larga experiencia colectiva. Nosotros no queremos presentarnos ni ser vistos como salvadores de nada, ni ponernos en el centro del asunto. El centro, lo tenemos muy claro, es Palestina, es Gaza.

Queremos actuar y decir con una perspectiva militante, y eso implica llegar a consensos sobre cómo cada influencer va por ejemplo a comunicar, considerando que esas personas también ponen en riesgo su seguridad, con la eventualidad de ser encarcelados y ver sus derechos humanos vulnerados, como cualquier otro activista. Se trata de construir una confianza mutua. Pero en general tengo un total acuerdo en que tuvimos experiencias que pudieron haber sido mejores. Si pudiéramos ir sólo con los militantes más dedicados y disciplinados, con las personas que hacen un trabajo increíble en sus propios territorios, lo haríamos. Pero la seguridad es una variable clave para nosotros.

La otra cuestión tiene que ver con los gobiernos. Unos 16 gobiernos del mundo firmaron diferentes documentos de apoyo a la Global Sumud Flotilla. Sabemos que en diferentes países algunos partidos políticos, de la derecha liberal o de progresismos muy limitados, hablaban de la Flotilla como si fuera una iniciativa que tenía una afinidad política con lo que ellos hacen en sus países, cuando lo que hacemos está guiado por ideales de liberación, en el marco de un proceso anticapitalista y antiimperialista. A decir verdad, si uno fuera a colocar a las flotillas en un lugar del espectro político, más allá de que se estén sumando ahora personas de diferentes creencias y orígenes, éstas estarían mucho más cerca de los ideales de una izquierda revolucionaria, que busca acabar con la explotación, la opresión y la destrucción de la naturaleza.

Sabemos que las flotillas son una iniciativa importante, y que para muchos gobiernos es muy difícil rechazarlas de plano. La Italia de Giorgia Meloni envió por ejemplo un buque militar para escoltar nuestros barcos. Después el PSOE, en España, hizo lo propio, con todas sus contradicciones, al igual que la Turquía de [Recep Tayyip] Erdoğan envío drones y dispuso buques militares cerca. Ninguno de ellos tiene mucha afinidad ideológica con el proyecto de mundo que queremos construir. Pero ellos actuaron, en el caso de Meloni obligada por una huelga general que impuso a su gobierno una política determinada, y otros lo hicieron con cierto oportunismo político, pero también comprendiendo que la situación en Gaza rebasó todos los límites. Eso, por supuesto, nos favorece. Nosotros queremos que todos los gobiernos, estén o no convencidos con lo que hacemos, sean o no oportunistas, se comprometan en acabar con el genocidio, porque necesitamos una correlación de fuerzas mucho más favorable que la que tenemos ahora.

En resumen, todas las críticas, tanto las que vienen desde la izquierda como las que vienen desde el campo del enemigo, tienen que ser consideradas. Siempre hay que repensar cómo utilizar mejor los recursos limitados con que contamos, cómo tener una comunicación más directa y eficaz, cómo honrar nuestros principios y valores. Pero en nuestra opinión, y en esto hay que ser claros, la flotilla es una misión muy importante y está plenamente justificada ante la historia.

Quisiera que abordemos ahora el asunto del famoso “plan de paz” de Trump para Gaza. Un plan que evidentemente fue muy eficaz en algo: en desescalar precisamente esa enorme presión mediática y política que estabas describiendo, y que Israel venía sufriendo como nunca en su larga historia colonial, no solamente por la tenacidad de la resistencia palestina y la evidencia constatable del genocidio en curso, sino también por el efecto multiplicador del movimiento internacional de solidaridad que venimos analizando. ¿Cuál es, a grandes rasgos, el balance que hacés del irrespetado cese al fuego y de la situación actual no sólo en la Franja de Gaza, sino también en el resto de la Palestina ocupada, como en Cisjordania y Jerusalén?

– Lo que pasa en Palestina es de la mayor gravedad. Cuando nosotros miramos la situación, primero del falso plan de paz –y ya van casi tres meses desde su firma–, vemos que lo que llaman la “línea amarilla” avanza todo los días, dado que pasó de representar el 58 por ciento del territorio de la Franja al 65 por ciento actual, y que continúa avanzando sobre las comunidades. Cualquier palestino de cualquier edad que cruce hoy esa línea resulta asesinado. En estos meses ya fueron 400 las víctimas, en su mayoría infancias. Claro que es mucho menos del promedio de los últimos dos años, cuando un niño era asesinado cada 12 minutos, pero aún así es gravísimo que éste sea el balance del “alto al fuego”. Israel sigue realizando ataques nocturnos, bombardeos con drones, ejecuciones, etcétera.

Hasta la fecha el ingreso de ayuda humanitaria es también muy limitado. Hoy tenemos una media de 200 camiones al día, cuando las Naciones Unidas contaban antes de octubre de 2023 una media de entre 500 y 600 camiones, pero consideraban que mantener mínimos

estándares de vida digna bajo el cerco de Gaza exigía el ingreso de unos 1.500 vehículos. Incluso lo que se deja pasar tiene más valor de cambio que de uso. Entra mucha comida chatarra, caramelos, cosas sin ningún valor nutricional, que no tienen nada que ver con las necesidades actuales. Según el derecho internacional y el derecho internacional humanitario, aun cometiendo un delito, es la fuerza ocupante la que debe garantizar las condiciones de vida de la población ocupada. La política de Israel es clara: inviabilizar por todos los medios concebibles la vida en Gaza. Por eso lo que vemos es tan horrible.

En Cisjordania, por ejemplo, existe un proceso de anexión territorial cada vez más violento. En los primeros meses de escalada del genocidio [el Ministro de Seguridad Nacional de Israel] Itamar Ben-Gvir distribuyó 10.000 fusiles a los colonos en la Cisjordania ocupada, con los que están cometiendo las peores crueldades. Les vimos arrojando gas a niños de menos de seis meses, destruyendo casas, asesinando a discreción, embistiendo a las personas con vehículos, haciendo cosas realmente terribles. Y esto no sólo sucede en la Cisjordania ocupada, sino en todos los territorios de la Palestina histórica.

También en Jerusalén suceden cosas parecidas. Violencias, perjuicios y agresiones a los palestinos de 1948, a los que el Estado sionista niega su identidad palestina y considera legalmente como “árabes israelíes”, aunque de facto sean tratados como palestinos al momento de segregarlos y aplicarles la violencia colonial de siempre. Israel aún vive bajo un gobierno de crisis permanente, pero Netanyahu ha logrado mantener unida a su coalición política de extrema derecha, cuando dudábamos si lograría hacerlo al conceder a Trump el “acuerdo de paz”.

En los últimos años, cada vez que Netanyahu concedía un ligero aumento en el ingreso de ayuda humanitaria, o insinuaba siquiera un eventual alto al fuego, los socios más reaccionarios como Ben-Gvir o [el Ministro de Finanzas] Bezalel Smotrich amenazaban con abandonar la coalición. Pero hoy su bloque está ya mucho más estabilizado. Pese a enfrentar todavía procesos legales por casos de corrupción, hoy tiene mucho más control sobre la inteligencia interna, el Shin Bet, y tenía ya un control muy importante sobre el Mossad y otros organismos similares.

Vemos por ejemplo cómo se ejerce la censura a la prensa, cómo se prohíbe a la prensa internacional ingresar en Gaza y se dificulta su acceso a Cisjordania. Se prohíbe que circule información sobre cuestiones que ellos aducen que son militares, como las bajas, la tasa de suicidios entre soldados, y otras cosas que suceden en el régimen sionista. Pero ellos intensificaron, en suma, su control hegemónico sobre el país.

Este año [en octubre] habrá elecciones para el Knesset –el parlamento israelí–, y lo que históricamente hacen los sionistas más radicalizados es intensificar los conflictos para capitalizarlos como ventaja electoral. Entonces podemos suponer que pese a haber aceptado el falso cese al fuego, y aunque estén aún bombardeando Gaza o tomando nuevos territorios de Cisjordania, y pese a que aún no han relanzado una guerra total contra el Líbano o no han atacado de nuevo a Irán o Yemen, todos esos escenarios de conflicto se mantienen activos, y se encuentran en el horizonte previsible de un régimen expansionista. La coalición gobernante ha hecho a Trump una concesión táctica, que de hecho se mostró acertada en términos de desescalar la movilización, pero no se van a quedar así toda la vida. La extrema derecha sionista necesita de la crisis permanente y de la agresión constante para mantenerse en el poder. Eso, por supuesto, pone en riesgo a los palestinos, pero también a los libaneses, sirios, iraníes, yemeníes y a los pueblos de toda la región. Se trata, entonces, de un proyecto difícil de asimilar para el mundo.

Pero esto no está sucediendo sólo en Asia occidental. Vemos en todos lados un aumento de la conflictividad, a todos los países del Norte Global preparándose para una gran guerra, aumentando sus presupuestos militares y estrechando el control en sus bloques y esferas de influencia. Todos están en estado de alerta, preparándose para algo muy grande que está por pasar. Esto pone a todo el planeta en una situación muy difícil.

Lo vemos reflejado en América Latina con la invasión a Venezuela, con las amenazas a Colombia, Cuba y otros países, con la interferencia en los procesos políticos de nuestro continente, con el golpe que están imponiendo en Honduras, con el retroceso en Chile, y lo veremos también en las próximas elecciones en Brasil y Colombia. Sabemos muy bien que nos estamos adentrando en un período muy difícil. Yo me cuento siempre entre los optimistas de la voluntad, aunque mantenemos el pesimismo en nuestros análisis, como decía Gramsci, porque la situación real y concreta es que el mundo camina hacia peores escenarios de explotación, de opresión, de destrucción de la naturaleza y sobre todo de guerras, muchas guerras.

Pero la movilización popular, que ha demostrado su capacidad y su fuerza en los últimos dos años, puede cambiar eso. Si nosotros sostenemos este levantamiento internacionalista global, podemos forzar que este período de crisis genera una solidaridad activa en todo el mundo e incluso que dé lugar a situaciones revolucionarias.

Hablando precisamente de ese optimismo de la voluntad militante, la Global Sumud Flotilla acaba de anunciar una nueva misión para la primavera del hemisferio norte. Considerando este escenario global y la situación específica de Gaza, ¿cuál será esta vez la envergadura de la apuesta, y cuáles los objetivos específicos que tienen para este año?

– Cada vez que vemos lo difícil que está la situación en el mundo, nos viene la necesidad de hacer más, de trabajar más duro, de organizarnos más, de movilizarnos mejor, de dedicarnos por entero a la causa y colectivizar esta esperanza. En la Global Sumud Flotilla tomamos la decisión indeclinable de mantener la solidaridad activa con Palestina y de abrir un corredor humanitario, y de llevar más personas y ayuda de todo tipo hacia Gaza.

Creo que avanzamos mucho en los procesos de conciencia, en llevar al imaginario de las personas que es posible desafiar a los poderes más oscuros, a las fuerzas imperialistas del mundo, con la verdad, con coraje y determinación. Ahora es momento de insistir hasta tener éxito. Las flotillas ampliaron el rango de nuestras acciones; incluso elevaron la moral y la combatividad de las personas, y las predispusieron a desafiarse a más. Todo esto es muy importante, pero somos muy conscientes de que necesitamos victorias concretas. Nuestro objetivo fue, es y seguirá siendo romper el cerco a Gaza. Con las últimas 42 embarcaciones con las que partimos en agosto llegamos muy cerca, ¡a apenas 24 millas náuticas! Con más botes sin duda llegaremos a tierra. Por eso esta vez no serán 40 embarcaciones, sino más de 100, y queremos llevar al menos una persona de cada país del mundo, a una tripulación diversa que tenga obreros, estudiantes, defensores de derechos humanos, pueblos indígenas, mujeres y diversidades, que canalice todas nuestras luchas por una sociedad libre de explotación, de opresión y de destrucción de la naturaleza.

Navegaremos con todo el apoyo que podamos dar al pueblo palestino que lucha por su liberación. Queremos estar a la altura de las generaciones que lucharon en la Guerra Civil Española, contra el Apartheid, contra el nazismo y el fascismo. Pero no sólo viajarán personas. Iremos con embarcaciones de carga con muchísima ayuda humanitaria, con materiales de construcción. Llevaremos brigadas de bioconstructores, equipos médicos, trabajadores de la salud, etcétera. Queremos dejarle muy claro a Trump y Netanyahu que son los propios palestinos y los pueblos del mundo los que van a reconstruir Gaza con una perspectiva popular y anticolonial. No aceptaremos esa falsa paz, ese falso cese al fuego. El mundo no va a aceptar la anexión de Gaza, y los pueblos ya demostraron que son más fuertes que ellos.

En nuestra última misión, cuando estábamos ya próximos a Gaza, los sionistas nos amenazaban por la radio. Nos decían las peores cosas: que estábamos en una zona de guerra, que eramos responsables de lo que nos pasara, que íbamos a ser encarcelados, etcétera. Pero nosotros respondimos que no nos detendríamos, que los sionistas no tienen autoridad aquí, y que hacemos lo que la conciencia del mundo demanda, que es avanzar sin pausa.

A Greta, a mí y a otras personas nos prohibieron entrar a la Palestina histórica por 200 años. Pero en menos de 200 días volveremos, y lo haremos una y otra vez si es necesario. Les dijimos, en la prisión, que ellos podían tener sus armas, sus bombas, su violencia y su odio, pero que nosotros tenemos la solidaridad, la cooperación de los pueblos y una larga historia de lucha anticolonial que demuestra que cuando un pueblo inicia su marcha hacia la libertad se vuelve indetenible. Y que cuando las personas abren los ojos y comprenden las estructuras del sistema capitalista, su etapa imperialista y el fenómeno del sionismo –esa ideología odiosa, racista y supremacista que tanto daño ha hecho–, las mentiras ya no surten efecto. Ellos pueden gastarse casi un trillón de dólares en sus intentos de manipulación ideológica, en los procesos de control de masas, en las políticas de censura, en sus departamentos de informaciones. Pero es dinero tirado a la basura, porque nadie aceptará jamás que asesinar a un niño está bien, o que bombardear un hospital sea lo correcto.

El mundo va a cambiar. De hecho ya está cambiando a partir del mundo unipolar que conocimos, obviamente que con las dificultades y reveses que implica cualquier transición de la hegemonía global. En este contexto el pueblo palestino hizo al planeta un regalo muy valioso: la enseñanza de que la organización y la resistencia rinden sus frutos.

Thiago, muchísimas gracias por tu tiempo y sus reflexiones. Comparto tu optimismo y se qué más temprano que tarde caerá ese cerco infame. Mucho éxito con la nueva misión.

– Muchas gracias Lautaro. Estamos juntos mi hermano.


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