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Brasil, el doble dique de la geopolítica regional

El país que supo ser un factor de moderación en tiempos de radicalidad regional, es hoy uno de los últimos diques de contención contra el avance de las fuerzas vasallas. Publicado en Diario Red América Latina el 2 de octubre de 2026.

Los contornos del gigante

Quizás sea un lugar común describir a Brasil como un gigante, pero no resulta para nada ocioso detallar contarle las pulgadas a su gigantismo. El PBI de Brasil, hoy por hoy la décima economía del mundo, equivale a la riqueza combinada de las 23 naciones más pequeñas de América Latina y el Caribe. Su comercio exterior, con saldos claramente superavitarios, moviliza unas exportaciones cercanas a los 350 mil millones de dólares. 

Esto, sin contar con su rol cualitativo y protagónico en la fundación de los BRICS, en el desarrollo de una arquitectura global tendencialmente multipolar (de ahí las fuertes críticas de Lula a la inacción del Consejo de Seguridad en la Asamblea General de la ONU) y en la creación de iniciativas específicas como el Nuevo Banco de Desarrollo, presidido hoy por Dilma Rousseff. 

Su tamaño total, prácticamente definitivo tras el conflicto cauchero de la Guerra del Acre y los Acuerdos de Petrópolis de 1903, equivale al 41.8 por ciento de la superficie de toda la región, mientras que un solo estado, el mayúsculo Amazonas, es por sí solo más grande que países intermedios como Perú, Colombia, Bolivia o Venezuela.  

Por motivos que sería extenso explicar aquí, y a diferencia de la América antes hispana, el antiguo virreinato portugués –luego imperio del Brasil– logró vencer las fuertes y recurrentes tendencias secesionistas de varios de sus estados constitutivos y preservar su colosal integridad territorial.  

Pero no solo se trata de la cantidad de kilómetros netos (Brasil es ni más ni menos que el quinto país más extenso del planeta), sino de lo que su suelo alberga, su subsuelo protege y su amplitud geoclimática permite. Así, el gigante sudamericano ocupa un lugar destacado en al menos cuatro grandes matrices de bienes comunes.  

En primer lugar la matriz energética, con abundancia de petróleo y gas, pero también grandes capacidades en energías renovables como la eólica, la solar o la biomasa, lo que lo vuelve un eslabón clave de la transición energética.  

En segundo lugar la matriz agroalimentaria, en virtud de la cual exporta casi un 60 por ciento de la soja y un 30 por ciento de la carne vacuna de todo el planeta, haciendo de Brasil una pieza importante para la seguridad alimentaria de algunas de las naciones más populosas del continente asiático (como dijera el célebre médico y sociólogo Josué de Castro, al fin y al cabo el hambre es un hecho geopolítico). 

En tercer lugar la matriz hídrica (y su rica biodiversidad asociada), con la disponibilidad asegurada de dos mega cuencas, la del Río Amazonas y la del Acuífero Guaraní, con un 13 por ciento de los recursos mundiales renovables de agua dulce.  

Y una cuarta matriz, clave para la transición geopolítica y la revolución tecno-industrial en curso, que es la de los minerales críticos y las tierras raras, de las que Brasil alberga un cuarto de las reservas globales conocidas y, junto con China, nada menos que el 76 por ciento. Y si hablamos de algunos metales en específico como el niobio, clave para las industrias militares, el 95 por ciento de este recurso se encuentra en la geografía brasileña.  

Por último, y aunque con una tendencia al estancamiento –e incluso a la baja en las próximas décadas– cabe destacar que sus 216 millones de habitantes superan con creces al segundo país más poblado de la región –México– y representan cerca de un tercio de la fuerza laboral regional.  

Ambivalencia histórica

Brasil es un gigante, sí, pero es un gigante anémico, que arrastra, como todos los países de nuestra región, la cruz de un largo historial de subdesarrollo, una matriz económica primaria y dependiente, y con una sociedad atravesada por grandes y explosivas inequidades sociales y etno-raciales que aún resumen, con cierta precisión, las metáforas freyreanas (de Gilberto Freyre, no de Paulo Freire) de la casa grande y la senzala de los tiempos coloniales y la economía de plantación.  

A estos datos duros hay que sumar las peculiares características de la burguesía brasileña, magistralmente descritas por Ruy Mauro Marini y otros teóricos marxistas de la dependencia, que podríamos resumir en su tendencia a la cooperación antagónica con el imperialismo estadounidense (la tesis, tan polémica como mal comprendida, del célebre “sub-imperialismo” brasileño); su dependencia de un Estado fuerte; y su tendencia a super-explotar la fuerza laboral local para compensar la baja productividad y la transferencia de valor hacia los países centrales. 

Todo esto puede ayudar a comprender por qué el rol regional del Brasil del PT a lo largo de las tres presidencias de Lula da Silva –y de la presidencia de Dilma Rousseff, abruptamente interrumpida por el impeachment del 2016– fue progresivo sin ser radical, necesario pero no suficiente, histórico en algún sentido, pero también geopolíticamente ambivalente. 

Así como Lula y el Brasil fueron piezas claves sin las que no hubiera sido concebible el entierro del ALCA en Mar del Plata en el año 2005, la creación de la UNASUR en 2008 o la formalización de la CELAC en 2011, estos mismos factores ralentizaron –o directamente vetaron– algunas de las iniciativas más radicales del ciclo propugnadas por el eje Caracas-La Habana, y en particular por Hugo Chávez. 

En primer lugar el ALBA-TCP, entendido no solo como una alianza política bolivariana sino sobre todo como un espacio de intercambio comercial no necesariamente monetario (bajo el viejo modelo de la CAME soviética).

Esto estaba estrechamente vinculado a la tentativa de impulsar una nueva arquitectura financiera regional, propuesta también por Rafael Correa y Fidel Castro, que incluía la creación del Banco del Sur y de una unidad de cuenta como el SUCRE, que debía contemplar mecanismos de compensación y eventualmente avanzar hacia una moneda común y –en el largo plazo– hacia la desdolarización de los intercambios regionales (cabe notar que este planteo se formalizó en 2008, un año antes de la primera cumbre de los BRICS).  

Chávez impulsó también –y también aquí Brasil se mostró reticente– una integración energética profunda que debía llevar a la creación de Petroamérica/OPPEGASUR y al Gran Gasoducto del Sur, que conectaría Venezuela con la Argentina y Brasil.

Respecto al espectro tecno-comunicacional, sí hubo un apoyo explícito a la idea del Anillo Óptico Sudaméricano así como más tarde lo habría a la creación de la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio y también una colaboración técnica inicial como Telesur, aunque el país nunca se incorporó como socio-accionario. 

Y ni qué decir de una propuesta tan radical, y hoy tan a contracorriente de las iniciativas dominantes y subalternas en el campo de la seguridad regional, como la creación de una suerte de “OTAN del Sur” propuesta por Chávez, que finalmente declinó, con el patrocinio del propio Lula, en un mecanismo de cooperación más laxo e intergubernamental, el Consejo de Defensa de la UNASUR, hoy extinto. 

Cabe destacar –y esto sea quizás un componente crucial de la génesis de los gobiernos petistas– que a diferencia de otros procesos progresistas y de izquierda, como el del propio Chávez, el de Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, o incluso Néstor Kirchner en la Argentina, que la llegada al poder del PT en 2003 no fue precedida por un estallido social o por un ciclo extendido de organización y movilización popular, sino en un momento de reflujo. 

Los gobiernos del PT nacieron –y se mantuvieron siempre–, bajo el signo de la coalición, el arbitraje y la concertación entre las élites tradicionales y las demandas más elementales de las clases populares; proceso que sin duda fue profundizado con el golpe parlamentario, el regresivo ciclo Temer-Bolsonaro, el encarcelamiento vía lawfare y posterior liberación de Lula, y la conformación de un amplio frente resumido en la figura del propio presidente y de su vice Geraldo Alckmin, representante arquetípico de las clases medias urbanas, la centroderecha política y los sectores empresariales.  

¿Cabeza de ratón o cola de león?

Hace algunos años nos preguntábamos si la recién estrenada tercera presidencia del histórico líder metalúrgico sería o no el fiel de la balanza regional. Ahora, la pregunta es si una cuarta y eventual podría llegar a enderezar la nave regional, profundamente escorada hacia la derecha y hacia esquemas cada vez más radicalizados de dependencia, alineamiento y neovasallaje.

Esto, con el telón de fondo de una batalla sorda y existencial, que representa el único desafío que el veterano y carismático líder no podrá derrotar; el de su propia y finita existencia biológica. De ganar los comicios, Lula cumpliría 85 años poco antes de abandonar el Planalto.  

Y es que esa es una de las paradojas de nuestro tiempo histórico: al menos desde hace un siglo que no había siquiera una parcial sincronía entre los gobiernos de los países de mayor peso específico de la región, Brasil y México, cuando los proyectos nacional-populares del Estado Novo de Getulio Vargas y el PRI de Lázaro Cárdenas en México coexistieron en la década del 30.

Los siguientes ciclos históricos, marcados por la segunda posguerra y la Revolución Cubana, el advenimiento del Plan Cóndor y las dictaduras de “seguridad nacional” (que el propio Brasil inauguró en 1964), las “aperturas democráticas” y la consolidación arrasadora de las políticas neoliberales y el Consenso de Washington, y finalmente también la primavera progresista e integracionista, encontraron siempre a los dos gigantes ocupando roles objetivamente distintos –cuando no antagónicos– en la geopolítica regional.  

Hoy, cuando 14 países de la región firmaron el nuevo estatuto del coloniaje que representa el Escudo de las Américas, y cuando aún quedan cuatro años para que finalice el segundo sexenio de la “Cuarta Transformación” que encabeza en México Claudia Sheinbaum, todas las miradas están puestas, desde Washington hasta Buenos Aires, desde Beijing hasta Nueva Delhi, en estos cruciales comicios brasileños. 

Al proyecto de Brasil como potencia regional autónoma pero subordinada a centros de poder exógenos se le opone necesariamente el de Brasil como punta de lanza del proyecto unionista latinoamericano y caribeño. Quizás el veto al ingreso de Venezuela a los BRICS sea el síntoma más desgarrador de esta contradicción existencial, lo que nos dejará siempre rumiando, sobre todo después de la trágica madrugada del 3 de enero, cuando por primera vez en su historia Estados Unidos intervino de manera directa y manu militari en la masa continental sudamericana, aquel inevitable contra-fáctico: ¿qué hubiera pasado si…? 

La pregunta vuelve a ser: ¿elegirá Brasil ser “cabeza de ratón”, es decir encabezar a una región que hoy ocupa un rol modesto en el escenario internacional, pero que fácilmente podría proyectarse como bloque unitario (en virtud de sus recursos, extensión y mercados), a condición de encontrar un proyecto y un liderazgo regional, hoy fatalmente vacante?

¿O se contentará con ser “cola de león”, es decir una potencia regional autónoma de cierto calado, un electrón libre en la búsqueda imposible de un equilibrio geoestratégico en orden en acelerado proceso de disolución, y en un país que aunque sostenga una voz propia carezca de condiciones para incidir de manera decisiva en la transición geopolítica en curso? 

Es solo parcialmente cierto que América Latina y el Caribe necesitan más a Brasil de lo que Brasil necesita a América Latina y el Caribe (aunque la cuestionada inactividad del gobierno del PT frente al genocidio silencioso de los Estados Unidos contra Cuba parezca dar fe de ello).  

Pero también es cierto que Brasil no tiene un historial de protagonismo geopolítico, industrial y militar como el de Rusia, que no ha tenido como China una revolución ni cuenta con las extensas masas rurales que permitan sentar las bases de un despegue industrial fulminante, ni cuenta con los acumulados históricos de haber protagonizado un régimen de despojo colonial como el de los Estados Unidos o el de algunos países europeos.  

Brasil sigue necesitando, incluso de manera vital, de la cooperación con sus vecinos, de la concertación de estrategias frente a las amenazas comunes, de la gestión compartida de territorios vitales como el Amazonas, y del mercado regional latinoamericano para colocar sus productos industriales con cierto valor agregado (ningún país, en la historia de las transiciones hegemónicas, se convirtió en potencia vendiendo commodities agrícolas).  

El peor escenario

Del otro lado de la moneda, ¿qué podría significar para la región una victoria de Flávio Bolsonaro? Para países como México y Argentina, solo malas noticias; mayor soledad y mayor concentración de recursos intervencionistas contra la 4T en el primer caso, y un inestimable viento de cola para el gobierno liberal-extremista que buscará revalidarse el año entrante en el segundo. 

En segundo lugar, la segura incorporación de la primera potencia militar regional al Escudo de las Américas; poner los importantes activos militares del Brasil bajo un esquema de coordinación totalmente heterónomo e injerencista sería una pésima noticia para la región.

La industria militar brasileña es la más capitalizada de todo América Latina y el Caribe, con una tendencia exportadora en alza y activos estratégicos tan relevantes como la industria aeronáutica de Embraer. En cualquier esquema de integración regional defensiva y soberana, el complejo militar-industrial brasileño sería una piedra basal.

Además, no sería raro que ante una eventual victoria del bolsonarismo, uno de los primeros anuncios tuviera que ver con la incorporación de Brasil a la llamada Pax Silica, la iniciativa del Departamento de Estado de los Estados Unidos que busca controlar las cadenas de suministros de estos minerales raros y evitar los estrangulamientos en el acaparamiento neocolonial de energía, minerales, chips y centros de datos, claves, entre otros rubros, para la carrera desatada por el dominio de la Inteligencia Artificial, pero también para todo el espectro de las tecnologías armamentísticas. 

Sobre todo, la recolonización del gigante sudamericano significaría poner el último clavo en el cajón del ya de por sí alicaído proceso de integración regional que vio la luz a comienzos de siglo. Paradójicamente, el Brasil que acompañó pero también refrenó algunas de las tendencias más radicales del ciclo integracionista, es hoy casi el último dique de contención al ascenso de las fuerzas vasallas y a la recolonización completa de toda la región en virtud del repliegue hemisférico de los Estados Unidos. 

De ahí que el avezado animal político que es Lula haya decidido plantear esta campaña como un plebiscito entre los intereses del Brasil y los del neo-monroísmo de Donald Trump, sintetizado en la frase «o Brasil não cabe no quintal de ninguém» (Brasil no cabe en el patio trasero de nadie). 

Un extenso ciclo histórico que comenzó entre finales de los 80 y comienzos de los 90 (casualmente cuando un joven líder metalúrgico lanzaba la primera de sus ocho campañas presidenciales) comienza a cerrarse, pero no de forma inexorable. La última hendija, que con ser una no es nada pequeña, se llama Brasil. 

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