Desde Gunayala, Panamá
¿Cuándo termina una revolución? Una respuesta posible, entre otras tantas, sería: cuando consuma sus objetivos. ¿Qué decir entonces de una revolución que comenzó por afirmar un efímero micro-Estado indígena, la República de Tule de 1925, pero que terminó por conquistar, para la posteridad, el primer régimen de autonomía y autogobierno indígena de todo América Latina y el Caribe? Por este, y por muchos otros motivos, el caso de los kunas –o gunas– de Panamá resulta absolutamente descollante, y el desconocimiento generalizado en torno a su historia y su presente, todavía más llamativo.
Panamá indígena
La imagen dominante de Panamá, casi excluyente, es la de aquellos inmensos rascacielos del centro financiero internacional, que empinan su larga sombra sobre las paradisíacas costas del trópico, y que albergan a las no menos paradisíacas guaridas fiscales. La de aquella pequeña Manhattan centroamericana que uno puede ver antes de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Tocumen; una ciudad alta, profusa, vacía y algo plástica, que como la Nueva York que cantara Rubén Blades, el panameño más universalmente reconocido, podría derretirse “si le da de lleno el sol”. O acaso una Miami a escala, claro que algo segundona, emplazada al fin en la zona tórrida que supo ser mundialmente famosa por sus marismas, sus pestes, sus mosquitos… y por la breve cintura de tierra que el capital –primero francés y luego estadounidense– buscó perforar, según reza la historia oficial colonial, pro mundi beneficio.
Uno puede, por tanto, asociar a Panamá a muchas cosas, sobre todo a varios indicadores superficiales y fácilmente controvertibles de Modernidad y progreso, pero casi nunca a la existencia constatable de un mundo indígena robusto, territorialmente extenso, poderosamente organizado y pionero en lo que respecta a la conquista violenta –¿existe otra forma acaso?– de la libertad y la autodeterminación.
Según el censo de 2010, la población indígena de Panamá representa el 12.3 por ciento de la población total, y se divide en ocho grupos étnicos diferentes: los propios Kunas, que con ser los más visibles no son los mayoritarios, los Ngäbe, los Buglé, los Wounaan, los Emberá, los Teribe/Naso, los Bokota y los Bri Bri. Lejos de los porcentajes y de la población total que ostentan países como México, Guatemala o Bolivia (que sí remiten fácilmente a un imaginario indígena y mestizo), la población originaria de Panamá se acerca sin embargo a la de Perú (cuna de la mismísima civilización Incaica) y supera la de países bien conocidos por sus altos niveles de conflictividad etno-social como Chile o Ecuador. Sin embargo, por algún motivo los indígenas panameños no suelen ser noticia.
Aún sin reconocimiento constitucional, pero como fruto de una larga historia de autonomías de facto, conflictos sangrientos y soluciones negociadas, Panamá reconoce legalmente en la actualidad un vasto régimen de autonomía y autogobierno indígena en las llamadas Comarcas (equivalentes a provincias) y también en otras demarcaciones territoriales menores, totalizando unos seis territorios reconocidos y otros tantos bajo demanda de reconocimiento.
La autodeterminación Kuna
El pueblo Kuna llegó al istmo centroamericano desde el Golfo del Uraba. Arrinconado en tiempos de la Colonia, emigró hacia lo que en 1870 se (re)conoció como la Comarca Tulenega y más tarde como San Blas, una franja de territorio continental y un fabuloso archipiélago de 365 islas coralinas ubicadas en una delgada franja de 375 kilómetros de largo en la zona nor-oriental de Panamá, que limita al sureste con Colombia y al noreste con el Mar Caribe.
Según el último censo, casi 39 mil kunas habitan las 51 comunidades de lo que hoy se conoce como la Comarca Gunayala, epicentro de la centenaria Revolución Dule, también conocida como la Revolución Kuna. De estas 51 comunidades, apenas 2 son de población mayoritariamente no indígena, y sólo 11 se emplazan en tierra firme. Pero los kunas habitan, además de Gunayala, otros dos corregimientos oficiales: Kuna de Madugandi y Kuna de Wargandi. Sin embargo, poco más de la mitad de la población kuna habita en la ciudad capital y en otras grandes ciudades como Colón, a veces en barrios propios y a veces mezclada y dispersa.
Un dato revelador del régimen de autonomía conquistado por los pueblos originarios se desprende de la superficie del territorio nacional bajo su administración: de las 7.7 millones de hectáreas totales del país, nada menos que 2.5 millones se encuentran bajo autoridad comarcal, un hecho sin parangón. Además del reconocimiento de formas de autogobierno (en este caso de los saglas –o caciques locales– y del Congreso General Guna, la máxima autoridad político-administrativa), este régimen implica la asunción local de diversas competencias administrativas y el reconocimiento de los derechos colectivos sobre la tierra y sus recursos. No es de extrañar que el modelo de organización territorial y autogobierno kuna pronto se extendiera a otros pueblos indígenas del país, y que influenciara la legislación indígena de toda la región y el mundo.

La Revolución Dule
La desconocida Revolución Dule de 1925 tiene varios antecedentes. Los más importantes son el reconocimiento de la Comarca Tulenega en la antigua Colombia, pero sobre todo la separación de Panamá en 1903, azuzada por unos Estados Unidos que buscaban negociar más ventajosamente la construcción del Canal de Panamá con una flamante, pequeña y maleable república. Este hecho generó un cisma geográfico y político en el mundo kuna, que se escindió entre quiénes reconocían o privilegiaban el diálogo con Panamá y quiénes lo hacían con Bogotá, y entre quienes pasaron, forzosamente, a hacer parte de la delimitación territorial de una u otra república.
Independizada Panamá y firmado el tratado para la construcción del Canal con los Estados Unidos, poco antes de su inauguración llegó a la jefatura de Estado el liberal Belisario Porras, tres veces presidente de la República entre 1912 y 1924. Porras y su gobierno se propusieron “reducir a la vida civilizada a las tribus salvajes”, para lo que se envió a policías coloniales a San Blas, actual Gunayala, así como se fomentó la construcción de escuelas occidentales y el envío de misioneros.
Estos policías, junto a sus aliados religiosos –e incluso con el apoyo de algunos kunas conversos– generaron todo tipo de atropellos, abusando de las mujeres indígenas, apaleando a los hombres, imponiendo multas, encarcelando a los irreductibles, restringiendo las tareas de pesca y caza, persiguiendo el ceremonial indígena, despreciando la lengua (el dulegaya, un idioma de raíz chibcha) y prohibiendo la vestimenta tradicional, sobre todo las mundialmente conocidas y excepcionalmente bellas “molas” –hoy paradójicamente tan asociadas a la panameñidad–, así como los abalarios (wini), las narigueras (olasu) y los pañuelos (musue) tan característicos.
Con meses de preparación, y aprovechando la celebración del carnaval, un alzamiento cuidadosamente planificado por un liderazgo colectivo indígena se desplegó en comunidades isleñas como las de Uggubseni, Dadnaggwe Dubbir, Niadub, Digir, Yandub, Aggwanusadub y otras. Aquí fueron centrales figuras como las de los venerados Nele Kantule y Simral Colman, que contaron con el acompañamiento de un personaje tan rodeado de polémica como el norteamericano Richard Marsh, falsamente imputado, a posteriori, como el responsable único de la revuelta. Desplazándose por largas extensiones marítimas en pequeñas canoas a vela y a veces tan sólo a remo, en ocasiones con sigilo y en mitad de la noche, combatiendo con unas pocas armas de fuego o directamente con machetes y arcos y flechas, los insurrectos partieron desde Ailigandí y Cartí para atacar cada uno de los cuarteles coloniales, ejecutando en el camino a buena parte de los agentes policiales.

Pero además de la legítima violencia los kunas cultivaron una diplomacia audaz. Incidiendo en las pujas inter-estatales entre Panamá y Colombia y entre estos y los intereses norteamericanos en el istmo, los líderes indígenas lograron que los Estados Unidos movilizaran una embarcación de guerra que tenía el objetivo de disuadir la esperable contraofensiva gubernamental. Tras varias refriegas y víctimas fatales, y con la mediación del ministro estadounidense John G. South, las autoridades kuna celebraron con el gobierno de Panamá el Tratado del Porvenir de 1925, en virtud del cual aceptaron disolver la efímera República de Tule, reconocieron al Estado panameño y depusieron las armas. A cambio consiguieron el cese de la mayor parte de los atropellos y el reconocimiento oficial de su cultura y costumbres.
Sin esta revolución, radical e inédita, gloriosa y sangrienta, sepultada por la historia escrita y evocada cada día por la memoria oral indígena, es imposible comprender todo lo que sucedió después: la delimitación, en 1938, de los límites de la Comarca y, en 1953, el reconocimiento de su autonomía formal y de su autogobierno a cargo del Congreso General Guna, órgano paralelo al Congreso de Cultura, responsable de la gestión de los asuntos culturales, religiosos, ceremoniales, lingüísticos y artísticos. Más tarde, en 1987, la Comarca declaró y delimitó una serie de áreas de biosfera protegidas, y en 1998 fue reconocida con su nombre indígena oficial: Gunayala. Otros territorios, kunas y no kunas, seguirían luego este camino pionero trazado por la Revolución Dule.
Conmemorando
Por estos días, las 49 comunidades kunas de Gunayala conmemoran su gesta heroica en uno de los escenarios naturales más hermosos y mejor conservados de todo el continente, en un archipiélago de coral rodeado de frondosas selvas y franqueado por imponentes montañas bajo una casi perenne cortina de niebla y llovizna. Y lo hacen vistiendo exquisitos atavíos, con sus propios cantos, danzas, desfiles, juegos deportivos, concursos, fuegos artificiales, cometas, rituales, con repetidas teatralizaciones de los recordados hechos de violencia colonial y con el consumo de la sagrada “chicha brava”, fermentada con maíz y café.
Todo sucede, aquí, bajo dos grandes pabellones: la bandera roja, amarilla y verde de la Comarca, con los dos brazos cruzados que sostienen la flecha y el arco y sus ocho estrellas características. Y bajo la bandera amarilla y roja de la Revolución, cocida por una joven mujer indígena, con su cruz gamada o nuggurya al centro, que puede ser fácil y erróneamente confundida con la cruz swástica o esvástica nazi. Sin embargo, este antiquísimo símbolo, simultáneamente originario de América y de otros confines del mundo como la India, China, Japón, Mongolia o Corea, tiene sus aspas que apuntan a los cuatro puntos cardinales rotando en sentido inverso, contra las agujas del reloj, y representa hace siglos a una planta tradicional utilizada por los kunas, la aggebandub.

Así, con sus propios símbolos, los kunas celebran hoy nada menos que el centenario de una revolución en muchos sentidos fundacional. Y en el proceso recuerdan al mundo que nadie se cansa de ser lo que es, pero que de tanto ser uno mismo invariablemente se transforma en otra cosa. Que lo tradicional puede ser retrógrado, quién podría negarlo, pero que también puede revulsivo y rebelde, sobre todo en contextos y en sujetos coloniales. Que la autonomía, sin poder, es un mero gesto que sólo puede complacer a la burocracia estatal e internacional o a las ONG, a veces más peligrosas y eficaces que varios ejércitos coloniales reunidos. Que el futuro está adelante, es cierto, pero que también está detrás, sobre todo para quiénes descreen de los cantos de sirena del capitalismo y de la Modernidad colonial, y cultivan un ideal de vida fraterno, humano, igualitario, comunitario y que no propenda a incendiar la misma casa que habita.
Contra los coleccionistas de cultura –que la estudian para colocarla en los anaqueles– y contra los preservacionistas de faunas humanas, los kunas imaginan una modernidad propia en la que ser indígena no signifique ser pobre ni miserable, y en la que algún día el Estado puede ser el escudo y no el verdugo de los pueblos originarios ante un mundo incierto en el que colisionan de manera destructiva grandes magnitudes. Un mundo, el kuna, en donde las lanchas a motor conviven con los viejos cayucos, los cantos medicinales con el rap y el reggaeton, los pregoneros del pueblo con la internet satelital, la caza y la pesca con el turismo internacional, y el culto a Ibeler y sus hermanos con un dios de inequívocas reminiscencias cristianas.
Sin la posibilidad inmediata de aspirar a la conquista insurreccional del Estado, al control del gobierno por vía electoral, ni mucho menos a su eventual descolonización –como sucedió de manera incompleta en Bolivia o de forma mucho más marginal en Ecuador–, y sin contar con una gran demografía indígena a su favor como en la misma Bolivia o en Guatemala, los kunas han elegido, de forma realista y temprana, su propio camino. Camino que, con sus azares y contradicciones, que no son pocas, les ha permitido sobrevivir, recrearse y poner algún freno a la voracidad del capital y la ley del valor, que no es poco.








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